Las recientes elecciones regionales celebradas en Meclemburgo-Pomeramia consolidaron la tendencia al alza de la extrema derecha en Alemania. El partido Alternativa para Alemania (AfD) consiguió alrededor del 21% de los sufragios emitidos y 18 asientos en el legislativo de esta región, mientras que el resto de las formaciones políticas que se presentaban, desde la derecha gobernante hasta los verdes pasando por la izquierda, perdían votos y escaños.

Los resultados son un duro golpe a la política migratoria de la canciller Angela Merkel, pues la formación ultra es claramente contraria a la misma y refleja el hastío de la sociedad alemana ante un fenómeno que parece haberse escapado de las manos al ejecutivo. Pero tampoco los resultados han sido mejor para los socialdemócratas y también perdieron en votos y asientos en el parlamento, pasando del 35% de los sufragios que tenían en los anteriores comicios al 30% y de 28 a 26 diputados, respectivamente.

El resto de las formaciones, como los verdes, la izquierda  e incluso el ultraderechista el Partido Nacional Demócrata (NPD), perdieron también votos y escaños. Los liberales, por su parte, continúan con su camino descendente y quedaran fuera del parlamento al haber obtenido tan solo un 3% de los votos -la barrera para entrar es el 5%-, mostrando así su  escasa relevancia en el sistema político alemán. Las elecciones regionales no son una encuesta, como las que señalan el ascenso de la extrema derecha y el hundimiento de los partidos tradicionales -el SPD y la CDU/CSU-, sino que muestran el voto real y el sentir de los alemanes hacia su clase política.

La conclusión  básica que se puede extraer de estos resultados es que la extrema derecha roba votos de casi todos los partidos, pero especialmente de las fuerzas de izquierda y progresistas. La extrema derecha alemana de AfD obtuvo casi un 21% y 18 asientos, unos resultados sorprendentes teniendo en cuenta que en las anteriores elecciones no se presentó y que sus siglas eran absolutamente desconocidas en la política alemana hasta hace unos meses.

Este porcentaje de votos proviene de los socialdemócratas (perdió el 5%), la democracia cristiana de Merkel -el CDU- (el 4%), el partido de izquierda de los poscomunistas (5,2%), los verdes (4%) y el NPD (3%). La mayor parte de esos sufragios, como se observa, proviene de la izquierda (14%) y roba pocos votos a la derecha (apenas el 7%). Si contamos con que la participación ha sido muy parecida y el número de votantes también, hay que reseñar que la extrema derecha subió a costa de las formaciones progresistas y consiguió arañar pocos votos de los votantes descontentos con las políticas de Merkel; la abstención suele ser un fenómeno estructural y suele tener un segmento fijo del electorado que no varia de una elección a otra, afectando poco, en este caso, al resultado final arrojado por las urnas.

Fenómeno repetido en Austria, Francia y Reino Unido

En Austria el avance de la extrema derecha en las últimas elecciones presidenciales, de la mano del Partido de la Libertad, se hizo a costa de los votantes de los dos partidos tradicionales: el Partido Socialdemócrata, que ha gobernado con la derecha durante algún tiempo, y el Partido Popular Austríaco. La izquierda ha desaparecido del escenario político y los verdes se mantienen al alza, habiendo ganado la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, y los socialdemócratas muestran un notable desgaste electoral.

En Francia, no lo olvidemos, el Partido Comunista Francés (PCF), que en tiempos obtuvo entre el 20 y el 30% de los votos, ha desaparecido casi totalmente y, en su lugar, algunas fuerzas de izquierda residual tratan de ocupar un espacio que, finalmente, quedó en manos de la extrema derecha. El Frente Nacional (FN) ha destruido las bases electorales de la izquierda francesa y los antiguos bastiones comunistas hoy son de esa formación ultra, mientras la derecha salva los muebles y se mantiene como segunda fuerza tras la extrema derecha.

En el Reino Unido, sin que el fenómeno sea comparable con los dos casos descritos anteriormente, el laborismo británico, en tiempos una fuerza de gobierno y siempre alternativa frente a los conservadores, atraviesa una de las más graves crisis de su historia reciente. En las últimas elecciones generales y locales, celebradas en 2015 y 2016, respectivamente, el Partido Laborista ha perdido votos, representantes en el legislativo y los consejos locales y se mantiene a una gran diferencia porcentual con respecto al Partido Conservador. En Escocia, por ejemplo, su espacio político ha sido absorbido por los conservadores y los nacionalistas del Partido Nacionalista Escocés (SNS), mientras que en el resto del país los extremistas del Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP), los verdes e incluso los conservadores les han robado votos y representantes políticos. Su crisis, por no decir su crónico declive, como le ocurre al resto de la socialdemocracia europea, es evidente.

Como resumen final, y tras el análisis de los resultados de otras convocatorias electorales celebradas en otros países, se puede sostener que la extrema derecha no solo recala en los caladeros habituales de la derecha, el abstencionismo y el voto nacionalista, sino que se nutre de los votantes de la izquierda tradicional descontentos con el funcionamiento del sistema  y la crisis de las democracias occidentales. O sea que estamos ante un cambio profundo del modelo que afecta a los partidos tradicionales, a la estabilidad del régimen político democrático y a la legitimidad del mismo en términos de representación, en tanto y cuanto fuerzas antisistema que utilizan las formas y medios democráticos lo hacen, simplemente, para hacerse con el poder y desarrollar programas populistas desde las instituciones, cuando no la destrucción de las mismas al estilo de lo que hicieran los partidos fascistas en los años treinta.

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