(Fotografía: Ricard Pons)

En la parte baja de la Via Laietana de Barcelona se ha exhibido desde 1884 (un año después de su muerte) la estatua de Antonio López, Marqués de Comillas(1), un empresario que dio trabajo a miles de personas, que puso la base para la modernización de las infraestructuras del país, que fundó una universidad, que fue mecenas de las artes consiguiendo incluso que una de las principales obras de la literatura catalana, el poema épico L’Atlàntida(2), le fuese dedicada.

Ah, también fue un negrero.

Este domingo 4 de marzo el Ayuntamiento de Barcelona retirará esta estatua en el curso de una fiesta popular.

No pienso disculpar a Antonio López. Mi educación y mis principios me lo impiden. Tampoco pienso defender la continuidad de un monumento que conmemore su persona en Barcelona.

Lo que sí me gustaría hacer es reflexionar sobre la naturaleza de nuestro espacio público.

Nuestra historia es compleja. Europa se ha ido forjando a base de guerras y regímenes absolutistas y grandes represiones y matanzas y malas decisiones y colonizar medio mundo, oprimirlo y esclavizarlo. También somos la cuna de las libertades y los Derechos Humanos. Lo uno y lo otro es nuestro legado. Borrarlo, ni que sea en parte, es condenarse a repetir sus partes chungas más temprano que tarde.

Nuestro espacio público también se ha forjado de esta manera. En Barcelona podemos seguir el rastro de dinero del tráfico de esclavos por casi toda la ciudad. El tráfico de esclavos tiene incluso un estilo artístico propio. Lo mismo os suena. Se llama Modernismo(3). El dinero esclavista está en casi todas las casas principales del Paseo de Gràcia. Está en las intervenciones urbanísticas que sanearon el casco viejo. Está en la obra de Gaudí. Está en buena parte de nuestros museos. Está en el Hospital de Sant Pau, así llamado porque otro negrero, Pau Gil, lo pagó a condición de que llevase su nombre. También lo encontraremos tras buena parte del tejido económico del país, desde bancos a fábricas y colonias textiles con sus escuelas y ambulatorios y bibliotecas y teatros públicos. Lo encontraremos en las carreteras, en vías férreas, en puertos. Lo encontraremos tras las Exposiciones Universales que nos internacionalizaron.

La democracia ha supuesto una realización colectiva que ha traído una nueva manera de usar este legado. Cuestión de actitud: dudo mucho que a sus promotores les gustase lo que hacemos con ello. Y este es nuestro triunfo.

Se puede borrar un monumento, pero todo el resto de este legado seguirá estando ahí sin que podamos hacer otra cosa. Insisto: esto no es en ningún caso ni una disculpa ni una justificación de los actos de Antonio López o de cualquier otro de las decenas de negreros que hubo en este país.

El Ayuntamiento de Barcelona quiere celebrar una fiesta de despedida. ¿Una fiesta? Antonio López mató gente. Su nombre es sinónimo de desgracia para miles de personas, lo sepan o no. No sé si todas estas víctimas estarían de acuerdo con que su memoria se celebrase mediante una fiesta popular sin memoria ni contexto.

Soy firme partidario de conservar el monumento convertido en un antimonumento(4). Es fácil hacerlo: basta con disponer una placa donde se explique quién fue Antonio López. Basta con proporcionar información. Con explicarlo todo. Con no olvidar, porque de hacerlo estaremos olvidando también cómo se han formado o reformado o ensanchado parte de las principales ciudades españolas.

La gestión del pensamiento complejo nos hará entender mejor quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos. Derribar una estatua puede llegar a suponer el principio de la fabricación de una historia edulcorada más perjudicial a la larga que la verdad desnuda.

 

(1) Esa costumbre tan castiza de ennoblecer a cualquiera que tuviese un pasado más o menos oscuro nombrándolo algo (barón, conde, duque), en este caso de Marqués Comillas porque nació allí. También Grande de España, lo que (con una cierta perspectiva histórica) retrata como nada a la Monarquía. Sigue sucediendo, aunque muchísimo menos publicitado porque ya no cuela tanto como antes.

(2) Obra de Mossèn Cinto Verdaguer, personaje absolutamente apasionante (entre otras cosas llegó a practicar exorcismos), máxima figura del Modernismo literario, escritor y poeta de talento excepcional (nivel premio Nobel, para entendernos). Verdaguer escribió L’Atlàntida a bordo de uno de los barcos de la Compañía Transantlántica de Antonio López donde ejercía de capellán de a bordo.

(3) Matizo esta afirmación. Hay negreros desde el siglo XVI y el Modernismo es de finalísimos del XIX. Sus promotores fueron los indianos de origen plebeyo (a veces con títulos nobiliarios otorgados a dedo o comprados) que volvían a casa después de su aventura americana enriquecidos con dinero sucio. Aunque no siempre. Lo más preciso es afirmar que buena parte de las principales manifestaciones del Modernismo (las que de hecho lo caracterizan) se pagaron con dinero esclavista.

(4) Quitar el monumento nos hace chocar de nuevo con la gestión del patrimonio. Éste fue obra del arquitecto Josep Oriol Mestres en colaboración con cinco escultores de renombre. Seis si contamos la intervención posterior de Frederic Marès (que, oops, fue uno de los escultores principales de Franco). El monumento tiene su valor, que ha sido borrado de la ecuación para evitar una vez más gestionar la complejidad. Para comprender mejor el poder de un antimonumento solo tenéis que investigar lo que pasó con el que el poeta Brossa le hizo a Porcioles. Es una historia interesante.

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Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.

2 Comentarios

  1. Estamos reinventando la Historia. Aquello que no les gusta a unos van y lo quitan y ya está no existió. Es como aquella historia de la foto de los capitostes del Kemlin en la que quitaron a Troski porque cayó en desgracia para los demás capitostes.
    Si quitamos “lo malo”de nuestra historia corremos el riesgo de volver a repetirlo.

  2. Hacer una Historia a nuestro gusto es un fruto más del buenismo, que postula que lo que nosotros consideramos bueno, es lo bueno, y lo demás, como es malo, hay que eliminarlo. Esa es la historia buenista.

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