En el año 2014 la organización no gubernamental OXFAM INTERNACIONAL dio a conocer un informe titulado “GOBERNAR PARA LAS ÉLITES”. En él se destacaba un dato estadístico escalofriante: 85 personas en el mundo concentraban la misma riqueza que 3.570.000.000.

El informe presentado a principios de 2016 por la misma organización, ahora nominado “UNA ECONOMÍA AL SERVICIO DEL 1%”, refleja un empeoramiento vertiginoso en términos de desigualdad y concentración unipolar de la riqueza: En 2015 sólo 62 personas poseían la misma riqueza que 3.600 millones. La riqueza en manos de las 62 personas más ricas del mundo, según ese informe, se ha incremento en un 44% en apenas cinco años (2010 – 2015); en tanto que el mismo período la riqueza en manos de la mitad más pobre de la población se redujo en un 41%. Esto datos vienen a confirmar la inhumana inequidad de un régimen económico, político y social en el cual para que pocos tengan mucho es necesario que muchos tengan poco.

LA FALSIFICACIÓN DE LA DEMOCRACIA

Los antiguos griegos consideraban que el contenido de la democracia se asentaba en tres pilares indispensables: la isegoría que significaba la igualdad de expresión de los ciudadanos en la deliberación sobre asuntos comunes, la isonomía que era igualdad ante la ley y, finalmente, la isocracia, es decir, la igualdad en la distribución del poder político entre los ciudadanos.

Visto desde aquella perspectiva ¿podemos hablar hoy de democracia sustantiva cuando la desigualdad, en aquellos aspectos que señalaban los griegos, es tan marcada y cada vez expande más la distancia entre los extremos?

Esta situación pone en debate entonces el tema de cuánta desigualdad puede soportar una sociedad democrática.

Ahora bien, si comprendemos que para la democracia lo más importante son los ciudadanos (a diferencia de los mercados en lo cual lo significativo son los consumidores), se deduce rápidamente que la concentración en una exclusiva minoría de un inmenso poder económico abre un abismo de desigualdad que pone en crisis el contenido de la democracia como sistema político de convivencia organizada entre ciudadanos libres e iguales. Especialmente en un tiempo como el que vivimos en el que las sociedades, en todo el mundo, están sumergidas en un sistema en el cual el consumo y la posesión de bienes materiales ordenan los objetivos vitales de las personas.

Frente a esta realidad cabe pregúntanos si alcanzan loables declaraciones de principios para frenar la agudización de la desigualdad. Evidentemente no. Quizás sirvan para calmar angustias existenciales o haga parte del discurso “políticamente correcto” propender ayudas paliativas a sectores sociales en coniciones de vulnerabilidad, ya sea desde el caritativismo religioso, el asistencialismo estatal, el clientelismo político, la cooperación internacional o la filantropía empresarial. Acciones estas, que, lejos de remover las causas de la desigualdad tienden a perpetuarlas.

DEMOCRATIZAR LA ECONOMÍA

¿Qué hacer entonces? Ineludiblemente hay que poner en debate, en primer término, ya no la pobreza de los excluidos sino la riqueza de quienes la concentran en descomunal cuantía.

¿Qué hace falta para poner esto en marcha?

Una democracia con poder y autoridad moral para intervenir en la distribución equitativa de la riqueza. Ese proceso, para ser ecuánime, debe estar limpio de corrupción y guiado por pretensiones de igualdad en sus fases arquitectónicas y agonales. Este proceso requiere una imprescindible democratización de la economía. Es una perversa inmoralidad permitirle a sectores que concentran la riqueza reducciones, desgravaciones, diferimientos y compensaciones impositivas con el argumento que son ellos quienes, mediante inversiones de capital, crean riqueza y generan fuentes de trabajo mientras, simultáneamente,  se deja caer el mayor peso de la carga tributaria en los sectores de menor capacidad económica, que la absorben directa o indirectamente.

La otra parte de esa discusión está en el sistema financiero, basado en un esquema lúdico de especulación, que reproduce el dinero para sus poseedores sin ningún vínculo con el sistema productivo. Las exorbitantes ganancias generadas por este régimen económico – financiero no derraman si no gotas entre las primeras capas de una masa de millones de seres humanos que solo pueden aspirar a subsistir. Mientras un racimo de multimillonarios ganan sumas escandalosas de dinero,  una multimillonaria cantidad de personas sobreviven sin acceso a un plato de comida diaria, agua potable, educación, salud, vivienda o sin siquiera cubrir las más elementales necesidades humanas ¿en qué idioma, entonces, se le explica a esas legiones de excluidos las virtudes de la democracia, la necesidad de participar en el debate de los asuntos públicos o las nociones básicas de derechos humanos?

RECUPERAR LA DEMOCRACIA DESDE LA CIUDADANÍA

Repensar la democracia con criterio democratizante implica abrir batalla contra el poder de las corporaciones trasnacionales que la han capturado y la han vaciado de su potencialidad trasformadora, reduciéndola al ejercicio periódico de elecciones de candidatos preseleccionados que garantizan, sin mayores turbulencias, el orden establecido. Los Partidos Políticos tradicionales han sido cooptados y han abdicado de sus rasgos de identidad ideológica. Sin excepción, son homologados en sus formas, discursos y acciones; y aquellos que no se allanen se verán privados de las vías de financiamiento que requieran las cada vez más costosas campañas electorales. Los grandes medios de comunicación han tomado el centro de la escena, dominando la disputa de la opinión pública, y se han convertido en verdaderas formaciones políticas que responden a la línea editorial dictada por los intereses de sus accionistas. Las organizaciones sindicales han sido golpeadas fuertemente en su legitimidad por el neoliberalismo; y el Estado, cada vez más debilitado, se limita a concentrar esfuerzos en aguantar los embates de “los mercados”, cuya única lógica es la rentabilidad y el lucro voraz.

Es aquí, entonces, donde cobra valor superior el concepto de ciudadanía, el cual no puede quedar reducido simplemente a expresar sentimientos espontáneos en las redes sociales o elegir representantes en comicios periódicos. El concepto de ciudadanía, desde Pericles a nuestros días, conlleva una voluntad explícita para intervenir colectivamente y transformar la realidad dentro de una democracia participativa y plural. Por lo que el compromiso ciudadano debe convertirse en un arma de defensa masiva, asumiendo el ejercicio cotidiano de derechos y obligaciones y removiendo pautas culturales enraizadas en el individualismo. Para renovar el concepto y la práctica de la ciudadanía hace falta una verdadera revolución democrática, que promueva la cooperación y la ética de la solidaridad, animando la complementariedad de talentos y esfuerzos, el asociativismo en proyectos comunes y el respaldo a quienes se encuentren en situación de desventaja.

La generación del siglo XXI puede cambiar definitivamente nuestro destino si logramos combinar conciencia, decisiones y acciones colectivas; capital social con una justa y equitativa distribución de la riqueza; democracia pluralista y participativa con ciudadanía activa y movilizada.

Los próximos años serán determinantes. No hay margen para la indiferencia. Aun podemos evitar que manos anónimas se lleven la esperanza que nos prometió la democracia.

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Rodrigo López Tais es abogado, egresado de la Universidad Nacional de Córdoba de la República Argentina. Actualmente cursa su doctorado en Ciencias Políticas en el Centro de Estudios Avanzados de la misma Universidad. En el ámbito académico es adscripto en la cátedra de Derecho Político en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Córdoba y en el espacio curricular Derecho a la Información y Ética Periodística, correspondiente a la Licenciatura en Comunicación Social dictada por la Universidad Nacional de Villa María. En los últimos años ha escrito columnas de opinión para diversos medios gráficos de la República Argentina y ha realizado, como colaborador periodístico, entrevistas a personalidades relevantes de la escena política y cultural. A lo largo de 25 años desarrolló una intensa actividad política en el plano local, regional, nacional e internacional. Entre 2010 y 2012 fue Vicepresidente de la Unión Internacional de Juventudes Socialistas [IUSY], siendo el representante de dicha organización mundial ante Naciones Unidas para asuntos de Democracia Global y Derechos Humanos. En el plano institucional participó como observador internacional de la Organización de Estados Americanos [OEA] en misiones de observación electoral en países de América Latina. También participó como invitado por la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos de la CONSULTA MUNDIAL SOBRE GOBERNANZA GLOBAL Y AGENDA DE LOS OBJETIVOS DE DESARROLLO DEL MILENIO POST 2015 realizada en Johannesburgo, Sudáfrica, en 2013. Fue participante también del WORLD FORUM ON INTERCULTURAL DIALOGUE realizado en 2011 en Bakú, Azerbaiyán, invitado por el Departamento para la Alianza de Civilizaciones de Naciones Unidas [UNAoC]. En 2010 fue seleccionado para participar de la 10° edición de “CARTA JOVEN”, evento organizado conjuntamente por la Organización Iberoamericana de la Juventud [OIJ], la Agencia Española para la Cooperación Internacional y el Desarrollo [AECID] y la Fundación Carolina en Cartagena de Indias, Colombia. Entre 2010 y 2012 se desempeñó como Jefe de Departamento de Relaciones Institucionales de la Comisión Parlamentaria Mixta Revisora de Cuentas del Congreso de la Nación Argentina. En tanto que entre 2008 y 2010 fue Asesor Legislativo de la Comisión de Modernización Parlamentaria de la Honorable Cámara de Diputados de la Nación Argentina. En la actualidad se despeñada como Presidente de la FUNDACIÓN INICIATIVA PARA LA DEMOCRACIA SOCIAL.

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