“El hombre más poderoso es el que es dueño de sí mismo” Séneca

 

El poder es un gran afrodisíaco.

A través de la historia hay multitud de ejemplos sobre la excitación que produce a quien lo posee.

Por él se mata y, también, debido a él se muere.

Aunque no existe mayor poder que el no-deseo de poder, germen de la auténtica libertad y autoestima.

La competición, tan introyectada en nuestra gregaria sociedad, es el anzuelo venenoso del ansia de poder como fin en sí mismo que justifica todos los medios, especialmente aquellos deshonestos e ilícitos.

Sin embargo, competir es lo contrario de la paz interna necesaria para tomar acertadas decisiones, y lo antagónico de “ser”.

Julio César y Cleopatra fueron el paradigma del grandísimo poder que tenían en sus manos, y en él sucumbieron tras el vino y las rosas.

¿Es bello el poder?

¿Hace emerger lo mejor o lo peor de quien lo detenta?

La subjetiva belleza y atracción con la que otras personas “ven” a los “poderos@s” en cualquier ámbito, es una idealización nacida de la carencia y de la escasez de autoestima.

Desean tener lo que suponen que les falta y el otro tiene.

Despliegan, como acólitos que son, un halo de misterio envuelto en virtudes ensalzadas desde su fantasía infantil.

Mas es condición de la carencia no satisfacerse nunca del todo y menos con lo ajeno.

Por otro lado, la persona con poder es complementaria por su narcisismo con sus entregados pretendientes, inflada de vanidad y con una autoimagen magnificada.

Ambas partes se apoyan en la debilidad del otro.

Pero ay, el poder corrompe, y el poder total, corrompe totalmente.

Para que esto no pase, el poderos@ debe ser alguien muy fuerte, seguro de sí mismo y con un sentido de la ecuanimidad fuera de lo común; cuya única ambición sea hacer lo más conveniente para los demás, dejando a un lado su ego.

Difícil, pero no imposible.

Ojalá cayeran todos los ídolos y las relaciones se volvieran igualitarias, como así son realmente, si no fuera porque perviven aquellos que inventan constructos para esclavizar con engaños al resto.

Nadie podría entonces decirnos elocuentemente quiénes somos, porque ya lo sabríamos.

Quien no se conoce, está condenado a la servidumbre.

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