La emergencia y éxito del populismo en el siglo XXI

0

El discurso populista, bien sea de derechas o de izquierdas, asegura que los partidos políticos tradicionales no son ya capaces de dar las respuestas adecuadas a los problemas de nuestro tiempo. Los líderes populistas, como Donald Trump o Marine Le Pen, cabalgan sobre el descontento de la gente y sostienen que la democracia occidental ya no garantiza bienestar y estabilidad a todos. Con un discurso simplista y básico, argumentan que los inmigrantes quitan los puestos de trabajo a los nacionales respectivos y que las empresas que se globalizan, es decir, que invierten en el exterior, se llevan la riqueza a otras latitudes.

Porque “el populismo en ascenso de hoy es poco más que una reacción racista y xenófoba contra los partidos de la clase política tradicionales en general, pero los partidos de centro izquierda son los que han sufrido las mayores bajas. Esto ocurre, principalmente, por su propia culpa. En Estados Unidos, el Partido Demócrata ha adoptado un liberalismo tecnológico que es más del agrado de las clases profesionales que los votantes obreros y de clase media, quienes en el pasado se constituyeron en su base de apoyo. El Partido Laborista británico enfrenta un dilema similar”, resumía en una aguda reflexión el profesor Michael J. Sandel.

Contrarios a la globalización, el multiculturalismo y todo tipo de iniciativas multinacionales, como la Unión Europea (UE), los populistas defienden un proteccionismo primario, el cierre de las fronteras, el aumento de los controles con respecto a la llegada de los inmigrantes y el final de la solidaridad hacia lo que consideran problemas sin solución, como la pobreza en el Tercer Mundo. El populismo es la expresión colectiva del egoísmo como integrante de un corpus político que hace del rechazo al diferente, incluyendo aquí su cultura, su principal bandera.

Los movimientos populistas alternan propuestas de izquierda y de derecha, a veces al mismo tiempo, ya que en su contradicción permanente está la clave de su éxito. Mientras menos alternativas muestran nuestros sistemas políticos y económicos actuales frente a la crisis, más éxito tienen los populistas, que se mueven como peces en el agua en los momentos de descomposición.

Porque, en definitiva, el populismo consiste en «saber y no saber, hallarse consciente de lo que es realmente verdad mientras se dicen mentiras cuidadosamente elaboradas, sostener simultáneamente dos opiniones sabiendo que son contradictorias y creer sin embargo en ambas, emplear la lógica contra la lógica, repudiar la moralidad mientras se recurre a ella”, tal como sostenía George Orwell en su novela 1984, tan actual hoy en día como el máximo líder populista global: Donald Trump.

La principal diferencia entre los populismos de izquierdas y de derechas estriba en la elección de a qué otros atacar y excluir. Los primeros suelen apuntar a las grandes corporaciones y oligarcas, mientras que los segundos eligen a las minorías étnicas y religiosas. “Aunque no se culpa solo a las élites. Sí, han traicionado a la gente, pero una manera en que lo han hecho es imponiendo la igualdad de derechos y oportunidades para las minorías, los inmigrantes y los extranjeros que “roban” trabajos, amenazan la seguridad nacional y socavan los modos de vida”, aseguraba la profesora de la Universidad de Oxford Ngaire Woods.

 

INFLUENCIAS DEL FENÓMENO MIGRATORIO

Sin el fenómeno migratorio en alza y descontrolado tras las numerosas crisis sociales, políticas y económicas en Oriente Medio y África nunca hubieran tenido éxito los partidos extremistas en Europa. El populismo en boga en el continente europeo, sobre todo muy exitoso en Europa del Este (Hungría, Polonia y República Checa, especialmente), mantiene que los extranjeros y los inmigrantes reciben ingentes ayudas sociales sin aportar nada y, encima, socavan los modos de vida tradicionales.

“A diferencia de los partidos conservadores o socialistas tradicionales, el nuevo populismo no apela a la clase socioeconómica, sino a la identidad y a la cultura”, señalaba la profesora de la Universidad de Oxford Margaret Macmillan. El populismo utiliza a los símbolos y los manipula a su antojo, construyendo una retórica y  un discurso nacionalista estridente que apela a la recuperación de una supuesta soberanía perdida y a la idealización de un pasado idílico y mitificado en su léxico político. “Hagamos grande a los Estados Unidos, otra vez”, es el resumen perfecto de esta doctrina que exhibía el ahora presidente  Trump en su campaña hasta la Casa Blanca.

En nombre de este discurso, junto con el regreso a un autoritarismo que bebe en las aguas de su propia herencia política, Hungría y Polonia han desmantelado las garantías constitucionales y han convertido a la democracia representativa en una mera caricatura, un cascarón vacío sin contenidos sociales y ajeno a los principios morales y éticos establecidos como tales hasta ahora.

Cuando los populistas llegan al poder utilizan todos los resortes a su alcance, incluido el Estado, al que ven como un “botín” de guerra, para destruir las instituciones democráticas. Igual está ocurriendo en Turquía, pero es un caso más complejo y diferente a los reseñados.

También hay una marejada de fondo, un descontento que va en alza por la desconexión profunda entre la clase política y la ciudadanía, entre los representantes y los representados, tal como ocurrió en el Reino Unido con el Brexit; golpearon a sus políticos y expresaron su malestar al Gobierno de la única forma en que podían: a través de las urnas.

Tampoco la socialdemocracia y los partidos conservadores clásicos han sabido dar una respuesta a la demagogia populista, sino más bien lo contrario: con muchos de sus comportamientos, como la corrupción sin castigo, han avalado las tesis más catastrofistas de los populistas, tal como ha sido los casos de España, con Podemos, y Grecia, con la gobernante Siriza. Y, en cierta medida, este fenómeno europeo en sus orígenes tuvo su resonancia en los Estados Unidos, donde un candidato antisistema y crítico con las formas de hacer política hasta entonces, Trump, ganó las elecciones presidenciales contra todo pronóstico y se convirtió en el nuevo inquilino de la Casa Blanca.

La historia parece repetirse y esta era que vivimos tiene grandes similitudes con los años veinte y treinta del siglo pasado, en que los fascismos se hicieron con el poder sobre las ruinas de las débiles democracias de entonces. Los xenófobos que acabaron con la democracia no lo hicieron mediante la fuerza de los partidos antidemocraticos, sino por el hecho de que los líderes democráticos no lograron defender las constituciones de sus países. Estas ideas llevan a la pensadora Ngaire Woods a concluir que “el atractivo del populismo es simple. Frente a unos salaries estancados y el declive de la calidad de vida, la gente se siente frustrada, y más todavía cuando sus gobernantes siguen diciéndoles que las cosas están mejorando. Entonces aparece el populista con sus promesas de removerlo todo para defender los intereses de la “gente”, ofreciendo algo presumiblemente más atractivo que soluciones factibles: chivos expiatorios”.

Estamos ante un grave crisis del sistema, no cabe duda, como ya apuntaba el historiador Josep Fontana en una entrevista reciente: “Los ciudadanos que veían como su situación empeoraba han acabado perdiendo la confianza en las élites que les gobernaban, incluyendo a los miembros de una socialdemocracia que ha acabado integrándose en el sistema. Ante la ausencia de una izquierda independiente con la suficiente fuerza, han sido los partidos de extrema derecha quienes han recogido esa ira colectiva. Es un movimiento que empezó en la Europa del Este, adquirió fuerza con el Brexit y ahora toma una nueva dimensión con Trump”. El tsunami político apenas ha comenzado y va para largo.

Para terminar, se puede concluir, que el fenómeno populista, en emergencia y con notables éxitos políticos en todas las latitudes, tiene mucho que ver con la crisis global que afecta al individuo, que ve perder su identidad en un mundo globalizado, y conel ocaso de una forma, casi un estilo, de entender la democracia tal como se ha conocido hasta ahora.

Los populistas tratan de dar respuestas, aunque sean básicas, simples y construidas sobre medias verdades, que son peor que las mentiras, a la crisis de un sistema político y económico que ya no tranquiliza de la zozobra a millones de ciudadanos.

Y la lección es bien clara: los populistas cuestionan la democracia, como los nazis en los años treinta, y las reglas de juego existentes, pero utilizan los medios democráticos para hacerse con el poder, y una vez instalados en el mismo, subvertir el orden preestablecido y fundar un nuevo régimen ya “ajustado” a sus demandas e intereses políticos. El peligro, como ya se ha dicho antes, tiene más que ver con la falta de una respuesta rotunda y contundente en defensa de la democracia por parte de los partidos tradicionales que con la fuerza real de dichos movimientos populistas. El peligro real, el que nos acecha, es la pasividad de todos los demócratas frente a lo que está ocurriendo. Algo tendremos que hacer aparte de contemplar la ruina de nuestra democracia.

 

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

cuatro × dos =