Desde el pasado mes de octubre, el subcontinente americano asiste al camino de miles de hondureños que andan al margen de las carreteras rumbo a Estados Unidos.

Al tratarse de un fenómeno que afecta a diferentes países, cada uno de ellos – y, antes de nada, los Estados Unidos – no ha dudado en “ofrecer” su punto de vista al respecto.

Si por un lado el gobierno de Honduras no deja de buscar excusas de tema político, con tal de no enterarse de lo mucho que sufren sus ciudadanos a diario, por el otro, esta marcha hacia el “sueño americano” se ha convertido en una herramienta que ha permitido al presidente Trump azuzar el voto republicano. Sin embargo, y dejando de lado las implicaciones políticas, sería necesario plantearse el problema desde una perspectiva distinta: la de quienes van huyendo de su país en busca de una mejora que, quizás, incluso tarde en llegar.

Aun habiendo trascurrido un año exacto desde que escribí, por primera vez, sobre la inmigración centroamericana, parece que nada ha cambiado: la doble cara – política y social – del fenómeno sigue vigente y, en perjuicio de esta última faceta que la identifica; quienes pagan el pato siguen siendo los inmigrantes; y yo, con el mismo desánimo que hace un año, al notar que aún no se ha puesto en marcha ni una solución que como tal pueda definirse.

 

Agnese Dotto

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