Así como el gran Eric Hobsbawn escribió sobre la Era del Imperio o la Era del Capital, cuando en el futuro los historiadores se refieran a esta época que nos está tocando vivir seguramente no tengan otra opción que catalogarla como la era del gran latrocinio.

Si empezamos a partir del 2008, podemos ver como a grandes rasgos, con el crash de aquel año se inició una época de intervención estatal y de nacionalizaciones encubiertas que, como acertadamente señala Varoufakis, ha sido el mayor de la Historia y supera con mucho a lo acometido por el mismo Lenin. En una serie de acciones iniciada por Bush, y continuada por sus homólogos europeos, los distintos Estados acudieron al rescate de los grandes bancos y de las grandes corporaciones con dinero público, gastando centenares de miles de millones de dólares y de euros en salvar unas entidades que alimentaron y se beneficiaron de una orgía especulativa repleta de hipotecas basura y de CDOs que se sabía que tarde o temprano estallaría. ¿Quién pagó ese programa de nacionalizaciones encubiertas, de intervención masiva con dinero público? Pues evidentemente, lo pagamos usted y yo, lo pagamos los ciudadanos de a pie, y lo pagamos con un aumento de impuestos indirectos, con recortes brutales en los servicios públicos y en el Estado de Bienestar, con recortes de derechos sociales y laborales, con paro, pobreza y precariedad. Y mientras, los grandes responsables del desastre no sólo se salían de rositas; es que veían reforzados su posición y su poder. Los ciudadanos de a pie, sufrimos la fiesta especulativa, la hemos pagado, y lo que es igualmente grave; nos han dicho y nos dicen en nuestros morros que nos olvidemos de que reclamar ni una mínima devolución. El gran latrocinio. El latrocino perfecto.

El saqueo había empezado antes, sin embargo. Y es como dice Varoufakis, con el “goteo inverso”, con la titularización de las deudas de alto riesgo de los pobres (como la conversión de las hipotecas subprime en CDO), los poderosos crearon su propio dinero ficticio y “habían descubierto otro ingenioso método de hacerse más ricos: comerciar con activos de papel que envolvían los sueños, aspiraciones y la eventual desesperación de los sectores más pobres de la sociedad”. Así, conviene recordar que en el 2007, una publicación poco sospechosa de izquierdista como es The Economist afirmaba que “si en los últimos años los beneficios empresariales han crecido en Estados Unidos un 60 %, los ingresos salariales lo han hecho en un 10 %”. De resultas de eso, según los cálculos de Stiglitz la media de los ingresos norteamericanos había descendido entre el 2000 y el 2008 un 4 %. Así, no es extraño que como afirma Varoufakis, los salarios reales norteamericanos se mantengan por debajo de lo que eran en 1973, mientras que la productividad de los trabajadores se ha duplicado. Y todo ello con una reducción de impuestos a los más ricos, y una acentuada desigualdad, que se ha traducido en que si en Estados Unidos en 1980 el 1 % de los más ricos recibía el 9 % de los ingresos totales, en el 2007 ese 1 % recibiese el 23,5 %. Dicho en plata: las clases medias y los trabajadores fueron animados, convencidos y casi obligados a endeudarse para mantener una ficción de calidad de vida que encubría un descenso de su poder adquisitivo real, y que servía además para generar una masa monetaria y financiera ficticia que servía para enriquecer a los ricos, y que cuando estalló tuvo además el salvamento del Estado que hizo recaer además el peso del mismo en las propias clases medias y los propios trabajadores. El círculo del latrocinio perfecto.

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