En este mundo que habitamos, cada vez más global y más aldeano, se da a menudo un fenómeno de transculturación que los sociólogos conocen como “efecto pizza”. Toma su nombre de un caso paradigmático: hará cosa de ciento y pico años, un inmigrante italiano tuvo la ocurrencia de abrir en Nueva York la primera pizzería de la historia. ¿Y por qué apostó este emprendedor por la pizza, oscura receta de su Nápoles natal, comida de pobres mediterránea, prima de la coca catalana? Quizá supo anticipar su potencial para la incipiente industria de fast food, quizá fue pura chiripa, pero el caso es que el invento no pudo tener más éxito. Por tanto, la popularización de la pizza a escala mundial tuvo su epicentro en Manhattan, donde se publicitaba como un producto típico italiano. Esto generó una inesperada demanda en Italia, donde los turistas americanos esperaban encontrar la auténtica pizza italiana, de modo que a los restauradores del Viejo Mundo no les quedó más remedio que aprender a hacer pizzas copiando la receta de sus compatriotas de allende el charco. Hoy, como todos sabéis, es el plato nacional italiano: los caminos de la globalización son inescrutables. Pues bien, en Egipto sucedió algo muy similar con la danza del vientre.

En los artículos anteriores hemos visto cómo durante las décadas de la Belle Époque se desarrolló en Occidente, por obra y gracia de cabareteras y feriantes, una reinterpretación sicalíptica y cargada de clichés orientalizantes de la ancestral danza de las ghawazi, cuyas raíces están en el folklore romaní de Egipto. La danse du ventre llegó así a convertirse en un fenómeno internacional, popularizada por un variopinto plantel de entertainers, desde Farida Mazar a Mata Hari. El cine sirvió para estandarizarla aún más, abundando en todos los tópicos de exotismo, seducción y morbosa languidez asiática que se asociaban a los contoneos del hoochie coochie. Y mientras tanto, ¿qué pasaba en Egipto? Fresca aún la carroña de la Gran Guerra, los egipcios, como tantos otros súbditos de la Corona británica, comenzaron a coquetear con el proceso de descolonización; para hacer méritos frente a la metrópoli, aspiraban a modernizarse y occidentalizarse sin descuidar la singularidad de su imagen en el nuevo orden mundial (lo que un publicitario sin escrúpulos llamaría la “Marca Egipto”). A tal fin quisieron ofrecer a Occidente el rostro que Occidente les demandaba: el de un Oriente de parque temático, con sus ruinas faraónicas y sus ombligos enjoyados.

Fachada del Casino Opera (El Cairo) en una fotografía de los años cuarenta.

Fue en esta coyuntura cuando la artista y empresaria libanesa Badia Masabni se embarcó en gestionar una cadena de night clubs en El Cairo y Alejandría. Siguiendo el formato del teatro de variedades, los establecimientos de la Masabni se distinguían por ofrecer un modelo de entretenimiento escasamente compatible con los rigores de la sharia: bebidas alcohólicas y espectáculos en vivo de música, monólogos y danza. Y no cualquier danza, sino un nuevo estilo, enérgico y sensual, de danse du ventre, cuya estética estaba inspirada de arriba abajo en los estereotipos de orientalismo marcados por el Hollywood de la época. Lo llamaron raqs sharqí, “danza oriental”, denominación tramposamente etnicizada que transparenta su condición de fenómeno transcultural: el raqs sharqí es producto de esa carambola global que hemos clasificado como efecto pizza. Y es que el local más emblemático de Badia Masabni, cantera de todas las divas de la edad de oro del raqs sharqí, no se llamaba Casbah ni Souk ni Khan al-Khalili, sino Casino Opera: un nombre pragmático, neutral y cosmopolita (¿o deberíamos decir cosmopaleto?). En su fachada se leía “American Bar Restaurant Cafe and Music Hall”. Y la primera de las estrellas de su plantilla que triunfó en la gran pantalla eligió el nombre artístico de Tahia Carioca, que suena más a sambista de Río de Janeiro que a bailarina cairota. Era la época de Carmen Miranda, del Tico-Tico, del Continental… y esas eran las referencias de aquella generación.

Armas de seducción masiva: Samia Gamal y Farid al-Atrash en un fotograma de “Afrita Hanem” (1949).

Hablar de raqs sharqí clásico es hablar de Samia Gamal. Esta artista irrepetible comenzó su carrera bailando en los garitos de la Masabni, donde despuntó inmediatamente por introducir en su número de danza oriental guiños constantes al ballet y a los bailes latinos de moda y por salir a escena con unos taconazos vertiginosos, rompiendo con la costumbre de bailar con los pies desnudos (los zapatos de tacón, que no cualquiera podía permitirse, eran símbolo de estatus social en la sociedad egipcia de la época). Precedida por su sempiterna sonrisa, con veintipoco añitos Samia Gamal se abrió un hueco en la industria cinematográfica local, participando en nada menos que ochenta y cuatro películas. Las más apreciadas por el público egipcio las protagonizó haciendo pareja con el cantante Farid al-Atrash; juntos eran considerados el Fred Astaire y la Ginger Rogers del mundo árabe. Entre ellas, no puedo dejar de recomendaros Afrita Hanem (Henry Baraket, 1949), una inverosímil comedia de teléfono blanco en la que Samia Gamal hace de genio de la lámpara, protagonizando descaradas escenas de seducción de una explicitud impensable, por ejemplo, en el cine español de la época. Entonces el nuestro era un país oprimido por el fanatismo religioso; ahora la situación es la inversa y son los egipcios quienes viven bajo la espada damoclea del integrismo. No estoy seguro de que una película como Afrita Hanem, tolerada por su condición de clásico, pudiera estrenarse hoy en Egipto.

La edad de oro del raqs sharqí tenía fecha de caducidad. A lo largo de la segunda mitad del siglo XX, el pulso entre la occidentalización y el fundamentalismo en la sociedad egipcia ha sido fuente inagotable de conflictos, con los Hermanos Musulmanes como actores políticos a favor de las posiciones más retrógradas. Este sector, como cabía sospechar, no oculta su ojeriza a los bailes pecaminosos. Visto lo visto, tengo que decir que estoy completamente de acuerdo con los Hermanos Musulmanes cuando argumentan que los espectáculos de danza del vientre son fruto de la contaminación de la sociedad islámica por el imperialismo occidental y sus indecentes valores culturales. En lo que seguramente no coincidiremos estos señores y yo es en mi apreciación de la indecencia, así como del derecho a ser indecente, como una de las más grandes conquistas de nuestra civilización. ¡Recojamos firmas para que la indecencia sea declarada patrimonio de la humanidad por la UNESCO! Creo que la danza oriental es gozo y es belleza, y no, como aseveran los aguafiestas integristas, un artificio del Maligno que degrada por igual a la mujer que mueve las caderas y al hombre que la mira. Sin embargo, extirpar el raqs sharqí de la sociedad egipcia ha demostrado ser un arduo trabajo para los Hermanos Musulmanes, ya que los espectáculos no solo siguen proliferando en los clubes de Giza y en los salones de los hoteles multiestrellados, sino que se han hecho imprescindibles en las bodas de postín. Aun así, pertinaces grupos de fanáticos llevan décadas intimidando con amenazas a las bailarinas de la escena local y enviando matones a las bodas para boicotear el número de raqs sharqí.

Samia Gamal en todo su esplendor en la producción estadounidense “El Valle de los Reyes” (“Valley of the Kings”, Robert Pirosh, 1954).

Para congraciarse con los mulás más intransigentes, el gobierno de Mubarak prohibió la emisión de danza oriental en la televisión egipcia. En 1991, la popular bailarina Fifí Abdou fue acusada de “movimientos depravados” por un tribunal de El Cairo y sentenciada a pasar tres meses entre rejas. En 2015 también metieron en la cárcel bajo cargos de obscenidad a Suha Mohammad Alí, alias “la Shakira egipcia”, y a otras dos artistas, cuya fusión de danza oriental y perreo afrocaribeño parece ser que no resultó grata a las autoridades morales. Con panorama tan poco halagüeño, el arte del raqs sharqí ha ido declinando en Egipto, pero, al mismo tiempo, se ha esparcido por todos los rincones del planeta, convenientemente filtrado y destilado por el alambique globalizador. Del mundo vienes y en mundo te convertirás: desde Helsinki a Hong Kong se han multiplicado las escuelas, talleres, eventos y convenciones de danza del vientre. Los manierismos de Samia Gamal y Tahia Carioca han sido meticulosamente estudiados y calcados por las bailarinas de nueva generación: canadienses, ucranianas y dominicanas, mañas, charras y alcarreñas, reproducen sudorosas los pasos de baile de las leyendas de la danza oriental.

Permitidme dudar que la danza oriental haya sido genuinamente oriental alguna vez. Acaso patrimonio de un Oriente líquido y ubicuo, un Oriente interior del que todos participamos y que a todos está vedado: inalcanzable país del sol naciente, igual que ese caldero lleno de monedas de oro que se encuentra al final del arco iris. Al fin y al cabo, todos los lugares son el Oriente de un Occidente, como día tras día nos demuestra mamá Tierra en su danza circular, rota que te rota en su redondez. “El mundo es tan redondo como el piercing de tu ombligo”, que decía el Lichis.

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