Foto: Gacetín Madrid

La abdicación de Juan Carlos de Borbón fue un punto de inflexión en la percepción que tenían los españoles de la institución que heredó de Francisco Franco la Jefatura de Estado. El crecimiento de los republicanos es sintomático y ha provocado, por ejemplo, que el CIS lleve más de cinco años sin preguntar por la Monarquía. El debate está en la calle, sin embargo, es fundamental comenzar a crear un proyecto de III República realizando un estudio del modelo que mejor se adapta a la realidad de los ciudadanos y las ciudadanas españolas.

Para plantear un cambio en el modelo estatal hay que saber desde un principio hacia dónde se quiere ir para que el pueblo tenga una idea de lo que se pide y no quedarse en la dicotomía de «rey o presidente». Este es uno de los puntos débiles del movimiento republicano español ya que dejar el debate en un mero cambio de figura sin saber cómo se ejecutará dicha modificación hace que la indecisión o la falta de proyecto concreto provoque una idea de continuismo con lo que hay respecto a lo que cada vez más españoles piensan que es un derecho que se les hurtó con la coartada del consenso y de la paz tras la muerte del dictador.

¿Qué modelo de República se plantea? ¿El de Alemania, donde el presidente tiene el mismo papel testimonial que el que puede tener la Monarquía española? ¿El de Francia, donde el presidente tiene poderes ejecutivos? ¿El de Estados Unidos, donde tiene casi poderes absolutos? Modelos republicanos hay muchos y prácticamente cada país tiene un modelo propio. ¿Cuál es el adecuado para España? Veamos los sistemas de nuestro entorno democrático y analicemos la realidad española.

El presidente de la República Federal de Alemania, Bundespräsident, tiene poderes prácticamente simbólicos y de representación política. No dispone de poder ejecutivo, poder que reside en el Bundestag, en el Bundesrat y en el Gobierno Federal. Es decir, que se trata de una figura muy similar a la que representa el actual Rey de España. Aunque dispone de algunos poderes políticos, éstos están muy limitados. Por ejemplo, puede negarse a firmar una ley si tiene dudas de su constitucionalidad, sin embargo, tanto el Bundestag, como el Bundesrat y el Gobierno Federal pueden impugnar dicha decisión ante el Tribunal Constitucional. En caso de que éste reafirme la constitucionalidad de la ley, el presidente se verá obligado a dimitir o a firmarla.

El presidente de la República Francesa, a diferencia de la mayoría de los Jefes de Estado europeos, tiene amplios poderes, a pesar de que el Primer Ministro y el Parlamento ostenten la gran mayoría de los poderes ejecutivo y legislativo. El presidente de la República Francesa puede, entre otras cosas, disolver la Asamblea, promulgar leyes tras la aprobación del Parlamento (en los momentos de cohabitación, cuando el partido mayoritario en la Asamblea es distinto del que pertenece el Presidente, se pueden producir discrepancias, como las ocurridas durante la primera cohabitación, cuando François Mitterrand se negó a promulgarlas), puede vetar leyes para consultarlas al Tribunal Constitucional, preside todas las semanas el Consejo de Ministros y los Consejos Estratégicos, dispone de lo que en Francia se llama «Fuego Nuclear».

El presidente de la República Italiana tiene también un papel de representación sin apenas funciones ejecutivas. Es elegido por el Parlamento por un periodo de 7 años, cuando lo habitual oscila entre los 4 y los 5 años.

Estos son los modelos más importantes de Europa. Podríamos entrar a analizar al presidente de los Estados Unidos como ejemplo de República presidencialista, pero tiene tanto poder acumulado y es, a mi modo de ver, un modelo no aplicable en Europa que no me detendré mucho en ello.

La República es el modelo de Estado más democrático, ya que la Monarquía, por mucho que sus defensores afirmen que fue legitimada en el Referéndum de 1978, no fue votada por los españoles, más bien fue metida con calzador junto con la legalización de los derechos civiles y ciudadanos de la Constitución. Los españoles votaron el texto constitucional, no el modelo de Estado y se aceptó la voluntad de Franco.

¿Qué modelo sería el más adecuado para España? El ideal sería el francés, esa bicefalia entre el Jefe del Estado y el Gobierno en un país cainita como España sería la solución para resolver las deficiencias democráticas actuales. En caso de haber cohabitación el propio Jefe del Estado controlaría la acción de gobierno evitando los desmanes de una mayoría absoluta o la imposición de una dictadura parlamentaria como la ejercida por el Partido Popular en la primera legislatura de Mariano Rajoy. Dar poderes al presidente de la futura República Española sería la reafirmación de la soberanía popular y la profundización en el sistema democrático.

Sin embargo, el cambio de Jefatura de Estado también lleva a la modificación del modelo de Estado, sobre todo en lo concerniente a los modos de elección de los parlamentarios y a la política territorial. Evidentemente el cambio sería profundo y la apuesta debe ir orientada hacia el federalismo, pero ese es otro debate.

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