En menos de lo esperado tendremos sesenta y siete, o setenta si llegamos, y acudiremos entonces a por nuestra vida laboral para ordenar los papeles con el banco –no con el Estado porque por entonces ya no habrá pensiones–, y al revisar dicho documento veremos que contiene más onomásticas, bautismos y defunciones que un Calendario Zaragozano.

Por cada reencarnación una cruz.

Nuestro habitáculo será compartido, pero no con nuestra pareja. Las relaciones afectivas, finalmente, se pudrirán por la larva de ese “Caballo de Troya” al que llamaron crisis (es el fin del amor, escriben ya en alguna parte). Es decir, que en veinte, treinta años, viviremos con un “vecino” o una “vecina” para afrontar gastos. Y lo cierto es que habrá muchos otros que estén solos, como nosotros, como nosotras… Y esa soledad será un lujo insostenible bajo la dictadura inmobiliaria heredada de los fueros bancarios, fenómeno extendido en las grandes ciudades sobre todo. Por eso compartiremos piso y no estaremos jubilados, aunque tengamos sesenta y siete, o tal vez más.

Para abundar en esta panorámica –catastrófica a conciencia– diría además: no querremos estar jubilados para poder alargar así nuestro periodo digno de vida, concepto que acuñará el mismo imbécil que nos venda nuestra rendición. No lo olviden.

Pocos niños. Pocos parques. Habrá más barbas que ahora, pero no serán de barbería… Volver al campo, que decía Houellebecq en El Mapa y el Territorio, será la opción póstuma de algunos; pero el campo también habrá cambiado; no habrá campo; no hay lugar donde volver, ni tampoco donde esconderse.

Después de este panorama –tan desolador como excesivo, repito a conciencia– hablaré ahora del tema del amor –o de las relaciones afectivas si lo prefieren– en mitad de la crisis.

Económicamente –improvisando una definición muy optimista– la vida en pareja es la unión de intereses para el sostén y desarrollo económicos, así como para la emancipación de cierto fenómeno químico-espiritual que llamamos amor, que incrementa a su vez nuestra productividad y capacidad de consumo.

En un plano metafísico, las relaciones afectivas son la mera preparación para la muerte. Esto es, para no morir solos. Es el infinito al alcance de los caniches, que diría Celine… Hay que ser cínico…

Cuando la crisis económica golpea uno de estos dos pilares (la unión socio/económica, así como la unión amorosa) es innegable que la constructio se resiente. La mayoría de ustedes lo ha podido comprobar durante los últimos años: la cuestión socio/económica, de pronto, impone su preponderancia en casi todo.

Si el cónyuge A comienza a depender económicamente del cónyuge B, este simple cambio de roles (venial si lo comparamos con cuestiones más complejas) ya tiene sus primeras consecuencias.

Si el cónyuge B arrastra el pufo de un compromiso adquirido anteriormente con otro cónyuge, en este caso el cónyuge C, nuestro análisis será incompleto si olvidamos que hay además un D, igualmente lastrado.

Dimensión geométrica del asunto: puede haber un E, F, G, H, I… cuando además hay hijos de por medio.

O de modo más gráfico, cuando las cosas se ponen realmente feas en lo más elemental, cuando la vida en pareja es simplemente imposible porque desaparece el habitáculo mismo, y ambos se quedan en la calle… O en el plano recreativo, cuando nadie saca fuerzas porque no las hay, para dedicarle un solo minuto al amor. Porque cada vez hace falta más entereza para amar –ya sea en la distancia corta o a la larga– mientras el día a día nos desmenuza; y porque resulta imposible esto del amor cuando una y otro se pasan la vida luchando, ya sea para morder o para evitar ser mordidos…

Las estrecheces nos vuelven más cínicos. Esto es innegable.

Se prefigura así una nueva suerte de “eterno retorno”: el de la precariedad y la incertidumbre, el que hará que la vida se convierta en una suerte del Juego de la Oca sin ninguna clase de recompensa: expulsados una y otra vez por el tiovivo del mercado laboral y recomenzando todo de nuevo, una y otra vez, hasta el hartazgo… Pero cada vez con menos esperanza.

Seremos Absolut Beginers… pero con mochila.

Desde el punto de vista legal, el amor puede formalizarse en un contrato si así lo deciden las partes. Un contrato en gananciales que, sin embargo, acaba suponiendo deudas, cada vez más a menudo.

Este endeudamiento apenas se tiene en cuenta en el análisis político –no me cabe duda–, pero es el contrato más habitual que suscribimos como ciudadanos, aunque no lleguemos a formalizarlo por escrito en todos los casos. Porque la mera convivencia es un primer acuerdo en este sentido, aunque luego existan más grados de compromiso… Como en todas las sectas, si me permiten.

 Por eso, a los sesenta y muchos viviremos con otra persona. No le llamaremos mi vida, no le haremos mimos, no tendrá los pies fríos y no se meterá tanto en nuestros asuntos. Se preocupará por nosotros, eso sí, pero sólo lo justo.

El descenso de la natalidad es otro claro síntoma de que acabaremos entre extraños. Y así será como moriremos solos, bajo la mentira última de sentir que morimos acompañados.

Escribo esto durante la última simpleza que se ha puesto de moda. El blue monday: el día más triste del año.

La buena noticia es que aún podemos hacer algo al respecto.

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Julio Fuentes González nació en Linares, Jaén, en 1976. Es licenciado en filología hispánica por la Universidad de Córdoba y ha publicado relatos en diversas revistas literarias. En el año 2000 publicó Una cucharilla partida por el agua en la editorial Círculo de Lectores, en volumen conjunto con la obra Manaos de Alberto Vázquez-Figueroa, siendo seleccionado para este proyecto de la mano de Sergio Gaspar y Silvia Sesé. Es técnico superior en prevención de riesgos laborales y ha desarrollado una intensa actividad sindical. En la actualidad está finalizando Perímetro Flexible, su primera novela.

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