“Si no sabes dónde vas, cualquier camino te llevará allí”, afirma sabiamente uno de los personajes de Lewis Carroll. Es la patología que en España padece la izquierda dinástica o estatal, que ha pasado de ser un proyecto a convertirse en una situación, es decir, una circunstancia sin posición ni función en la sociedad. Esta inmunodeficiencia ideológica la sitúa en parecido dilema al del joven Werther de Goethe cuya tragedia fue la de no encontrar un camino cuando su propia historia lo puso ante lo imposible. El resultado es una mala inteligencia de la acción en la vida pública. Teniendo en cuenta que no hay fenómenos políticos sino la interpretación política de los fenómenos, cuando esa interpretación no existe se adopta una actitud cercana al diván del psicoanalista.

Ello resulta realmente gravoso por cuanto en la ideología de la derecha se presentan sus intereses de clase como el interés del conjunto de la sociedad, para lo cual inculca esa falta de perspectiva que niega la naturaleza esencialmente política de los problemas de las mayorías sociales y donde la izquierda, convertida en situación, sólo representa un matiz a las consecuencias ideológicas de la hegemonía social conservadora. Es el corolario de la ortopedia de un régimen político que solo acepta las alternancias gubernamentales pero nunca las alternativas.

La izquierda institucionalizada, apóstata ideológica, es un exceso de pretextos, prejuicios y escasa de relato como consecuencia de haberse vertebrado ad hoc a un sistema que sólo pueda admitirla desde su desnaturalización e inautenticidad. La fragmentación de la izquierda en el posbipartidismo es la consecuencia más plástica del carácter cainita que impone el sistema a las fuerzas de progreso en la lucha que mantienen por conseguir zonas de influencia a cambio de renunciar a espacios de poder efectivo.

Como resultado, la crisis de las investiduras plantea un debate epidérmico, como limitación de lo analizable y opinable, que substrae del formato polémico la auténtica dimensión del problema: la quiebra del régimen de poder del 78. Como se dijo de la Restauración canovista, el dintel de la puerta está tan bajo que hay que agacharse mucho para entrar. Y es un gran déficit democrático que las opciones partidarias, salvo la derecha que disfruta de un sistema concebido a sus hechuras, tengan que estar permanentemente agachadas en una constante renuncia. Como afirmó el socialista Largo Caballero, a las masas no se le puede decir “ya veremos qué podemos hacer.” La crisis de las investiduras es una crisis de alternativas, una concepción de la democracia como excusa.

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