Escasos, muy escasos seguidores del Barcelona pensarían allá por el pasado mes de agosto que su equipo estaría a estas alturas que ganar la Copa del Rey les permitiría salvar, es un decir, una campaña que pensaban iba ser tan exitosa como las anteriores. Ningún aficionado del Alavés, eso sí que es seguro, hubiera soñado con ver a su equipo en la final de mañana. Cosas habituales en una competición como ésta.

Que también resulta curiosa. Como cuando algún grande cae prematuramente eliminado y asume esa situación como un leve incidente en la temporada. Nada importante. A otras competiciones le conceden mucha mayor importancia.

Pero van pasando las meses y ya se sabe que son pocos los equipos que pueden dar por satisfactoria una campaña. Consecuencia de ello es que la Copa va adquiriendo importancia según se acercan las últimas eliminatorias.

Que nos han dejado a Barcelona y Alavés como finalistas para, de paso, despedir oficialmente al Calderón. No hace falta mirar a las casas de apuestas para saber quién es el favorito. Nadie se hará millonario si pone sus euros a favor de la victoria azulgrana. Sería lo lógico. Pero no se pueden confiar los de Luis Enrique. Porque ya fueron derrotados por los vitorianos en su propio feudo. Y además, el equipo de Pellegrino, con una plantilla hecha con remiendos, gusta de practicar un fútbol atrevido.

Que le puede llevar este sábado a perder por goleada o a dar la gran sorpresa. Todo puede suceder porque, ya saben, es la competición del K.O. La Copa del Rey, despreciada por los caídos y que al ganador le mete en la historia o asea una temporada.

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