La realidad se construye socialmente. Lo teorizaron Berger y Luckmann en los años 60 del siglo pasado, aunque ya lo practicaba Ramsés II hace más de 3.000 años, vendiendo su derrota frente a los hititas en Kadesh como una gran victoria.

 

La violencia simbólica se impone por los poderosos a través de los medios con el fin de mantener y aumentar su posición de dominación. El llamado “conflicto catalán” ofrece múltiples ejemplos de construcción mediática. Vemos acrecentarse el recurso al conflicto social, a la violencia simbólica como instrumento político: provocarla, magnificarla y difundirla al mundo. La fractura social ya había sido anunciada como amenaza en muchas ocasiones: el “antes se romperá Cataluña que España” de Aznar, o el “os vamos a montar un Ulster que os vais a cagar”.

 

Se focaliza en esta nueva vieja estrategia después del fracaso de las anteriores: la represiva, con una intervención policial el 1 de octubre que no logró amilanar a la ciudadanía en su defensa de los colegios electorales; la apocalíptica, con el hundimiento económico que está por llegar; la electoral, con la revalidación de la mayoría independentista en el parlamento surgido de las elecciones del 21D; y la judicial, con el rechazo a las órdenes de una justicia politizada más allá de las fronteras del estado.

 

La “nueva” solución del estado para “resolver el problema catalán” es recurrir al imaginario de la violencia como instrumento político que nos lleve a un nuevo escenario y unas nuevas reglas de juego que permitan mayores recortes en la libertad de expresión y en la libre competencia política democrática. Si perdemos las elecciones, éstas ya no valen.

 

Imágenes de supuesta violencia y conflicto social abren programas y llenan tertulias cargadas de emoción. Lo saben los extras y los personajes secundarios de este mediático conflicto. Salen a protagonizar cada acción móvil en mano, sabedores que tienen una productora esperando impaciente para proveerse de las imágenes que validen su discurso previo. Los vimos el pasado lunes en la playa de Canet de Mar. Los veremos de nuevo en los medios, que utilizarán este fascismo banal para validar el relato oficial.

 

¿Alguien ha visto imágenes del enfrentamiento en Algeciras del pasado 14 de mayo? Nueve guardias civiles agredidos por 40 personas que salían de una comunión. Ocho de ellos tuvieron que recibir asistencia sanitaria en una clínica del municipio. Disparos al aire para dispersar a los atacantes. ¿Nadie grabó la escena?

 

El ministro Zoido recordó, nervioso, al día siguiente, que se trataba de “un acto de vandalismo, de violencia callejera y tumultuaria que no tiene nada que ver con otras cuestiones”. Hizo un llamamiento “a la prudencia”, precisando que se trataba de acciones aisladas. “Algunas veces suceden los hechos del pasado fin de semana, pero eso no significa que eso esté pasando todos los días”.

 

Cambien Algeciras por Canet de Mar. Imágenes y relatos. La realidad se podrá construir, pero las contradicciones de los que la moldean no aguantan una aproximación mínimamente crítica. Cambien Algeciras por Alsasua. El “no tiene nada que ver con otras cuestiones” son 554 días de prisión preventiva a 450 km de sus casas y petición de condena de 12 a 62 años de cárcel.

 

Hemos visto el intento de criminalización de las organizaciones cívicas y democráticas que han organizado las pacíficas y masivas movilizaciones repetidas cada año desde la Diada de 2010. Hemos visto y veremos la acusación de violencia a las propias víctimas, la magnificación de la violencia en el marco de un conflicto político.

 

El movimiento independentista se ha caracterizado por un civismo y una resiliencia ejemplares, a pesar de las provocaciones. Así es, fruto de un convencimiento íntimo y ético, de su crecimiento en un entorno amarado de la llamada “cultura de la paz”, de la experiencia histórica del propio fracaso en escenarios violentos.

El intento de imponer un relato en contradicción con la realidad se saldará con un nuevo fracaso, aunque dejará sus heridos: la libertad de expresión, el espíritu crítico y el rigor del periodismo.

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Licenciado en Ciencias Políticas por la Facultad de Ciencias Políticas i Sociología de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) en 1994. Licenciado en Historia Contemporánea por la Facultad de Filosofía y Letras de la UAB en 1995. Trabajando en la empresa privada, en una multinacional francesa, hasta junio de 2015, cuando cojo una excedencia por ocupación de cargo público, a raíz de las elecciones municipales de mayo de dicho año, en las que me presento como candidato a la alcaldía de Montcada i Reixac en la candidatura de ERC. En el nuevo gobierno municipal constituido después de las elecciones, detento el cargo de Primer Teniente de Alcalde y Regidor de Urbanismo, Vía Pública, Servicios Municipales, Transporte i Movilidad, así como la portavocia de ERC en el Ayuntamiento de Montcada i Reixac.

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