La ciudad a esa hora está bulliciosa, agitada. Mi alma últimamente también. Puedo oír los pensamientos hostiles de los conductores con prisa. El agobio de las chicas con tacones que llegan tarde a su cita. Las quejas de los citados. Los relojes de pulsera latiendo junto al Oso y el Madroño. La soledad de la anciana del sexto. La felicidad del cornudo iluso deseando llegar a casa. Botones de unos vaqueros cerrándose a toda prisa. Un beso eterno de despedida. Abrazos de bienvenida. El llanto de mil bebés al caer el sol. Cien teteras. Siete sirenas. Veinte microondas. El metro llegando. Codazos. Siento el olor de un largo día. Veinte azotes en el culo. Solo dos son por sexo. Carcajadas de guiris borrachas con zapatos en la mano. Antibullicio de un vagabundo.

Mi mente gira en espiral. Escucho la electricidad de una farola. Mil cigarros consumiéndose en ceniceros. Palpitan mis sienes. Tapo mis oídos. Grito. Me siento ciudad. Soy ciudad por dentro.

Antes de caer al suelo escucho el silencio ensordecedor de mi móvil. Me has dejado. Ya no tengo tu llamada. No siento tu bullicio. Y tampoco es para tanto. Un Mickey Mouse, cabeza en mano, me incorpora. Escucho el aire de sus globos. Los más ruidosos son los verdes.

Llegará la calma al marcharse los barrenderos, con sus camiones y su agua. Se apagarán las farolas. Un taxista orinará. La ciudad y yo, acaso una sola, nos quedaremos un ratito dormidas. Escucharemos a un loco solitario dando voces por la calle. Cesará el tormento. Siempre cesa.

Saldremos también de ésta.

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