A menudo pensamos que el mundo está cambiando muy rápidamente y que, en los albores del siglo XXI en el que vivimos actualmente, la tecnología lo está transformando todo a una velocidad de vértigo para llevarnos a un mundo muy diferente del que hemos vivido hasta ahora. Pero ¿qué nos deparará el futuro? ¿Vendrán cambios aún más drásticos? ¿Llegarán para cambiar sólo nuestro mundo o nos cambiarán también a nosotros mismos?

Es cierto que a finales del pasado siglo XX y principios del siglo XXI quizá hayamos visto, por primera vez en la historia de la humanidad, confluir cuatro generaciones que se han enfrentado a mundos realmente diferentes.

La generación de unos abuelos, que nacieron en un mundo donde ni siquiera existía la electricidad o el asfaltado en muchas regiones, donde existía un alto grado de analfabetismo, donde en muchos hogares se convivía con animales de granja, donde no existían los cuartos de baño, donde la diversión consistía en esperar anualmente las fiestas patronales, donde la gente no salió nunca del lugar donde nació y donde el medio de información era un mueble llamado radio. En resumen, una generación y una vida que, si me apuran, no distaría demasiado de varias de sus predecesoras.

La generación de unos padres, que nacieron en un mundo en el que la industria y las infraestructuras lo revolucionaban todo, donde la mayoría de las familias ya poseía un automóvil, donde la TV irrumpió en todos los hogares, donde el ocio y la diversión eran frecuentes casi cada fin de semana, donde muchas personas ya tenían estudios de grado medio o superior, donde los hogares se llenaban de electrodomésticos tan revolucionarios como las lavadoras o los frigoríficos. Una generación que conocemos bien, pues nos ha sido tan cercana que aún recordamos algunas de esas cosas.

La generación actual, que está viviendo la revolución tecnológica y digital y que ha visto como hemos pasado de la máquina de escribir a los ordenadores, de los documentos en papel a la documentación virtual en la nube, del teléfono fijo a los dispositivos móviles inteligentes, donde el conocimiento estudiado se queda obsoleto al poco tiempo en cualquier profesión, donde viajar o comunicarse con cualquiera y en cualquier parte del mundo es simple y económico, donde vivimos más años porque tenemos una mayor higiene y una alimentación más variada y donde los que engordan son las clases sociales más necesitadas porque les es más económico acceder a la comida rápida y precocinada. En fin, una generación es quizá la que, en apenas veinte años, ha sufrido los cambios más trascendentales de toda nuestra humanidad, al menos, por el momento.

Y por último la generación de unos hijos, la que apenas atisbamos pues también vamos quedando obsoletos como nuestros padres y abuelos. Unos hijos que son nativos digitales, que no le dan valor a las mismas cosas que nosotros, que son muy críticos con su sociedad pero no con ellos mismos, que no aprecian el esfuerzo porque están acostumbrados a que las cosas suceden solas y al instante, que son mucho más grupales virtualmente y requieren de la colaboración y participación en el grupo o red social para desarrollarse, que usan la tecnología para casi todo en su vida y que buscan vivir experiencias mas que vivir para trabajar. Una generación con más información que las anteriores, lo que la convierte, hipotéticamente, en una generación con muchas más capacidades que las anteriores.

Si alguien de ésta última generación ha llegado a leer hasta aquí, estoy seguro que pensará que son reflexiones de “abuelo cebolleta”, y no sin razón, ya que muchos de estos relatos generacionales le resultarán muy lejanos y la reflexión sobre su generación excesivamente escueta y quizá partidista. Y es que ciertamente hay que ser parco en palabras con ellos, sobre todo, por temor a equivocarnos, pues es cierto que apenas los atisbamos. Sin embargo, tienen muchos valores positivos y muchas posibilidades de descubrir y crear nuevos hitos para nuestra humanidad.

Si pudiésemos hacer el ejercicio de imaginar el mundo dentro de doscientos años, posiblemente nos encontrásemos con una extraña paradoja. Una paradoja que probablemente va a trasformar los ideales, principios y valores del ser humano como persona, que va a cambiar la percepción que tiene de su mundo y, sobretodo, del conocimiento. Y es que el volumen de conocimiento crecerá tanto y cambiará tanto y tan rápidamente que será imposible almacenar fragmentos parciales de información en el cerebro sin correr el riesgo de perder su correlación actualizada y veraz en apenas horas o minutos. Dicho de otra forma, parece que el ser humano va a precisar estar conectado permanentemente a un sistema inteligente de conocimiento para poder mantener un grado de certidumbre y validez sobre los datos que esté manejando. De otro modo, la inseguridad se apoderaría de cada afirmación realizada por miedo a la obsolescencia, como suele suceder en los sistemas informáticos que hoy se utilizan, que requieren cada vez más de constantes actualizaciones diarias para no quedar desactualizados. Y el cerebro humano, aunque aún siga siendo un gran desconocido hoy día para la ciencia, es finito y, por tanto, su materia y conexiones neuronales tienen un límite físico.

Pongamos el ejemplo de la historia, la ciencia que estudia nuestro pasado y a la que recurrimos para justificar cualquier argumento expuesto. La ciencia que se estudia durante las etapas formativas de juventud para adquirir conocimientos pasados que permitan desarrollar conocimientos futuros. Imaginemos que en unos hipotéticos cientos de años, gracias a la tecnología y la inteligencia artificial, el conocimiento de la historia hubiese crecido tanto y fuese tan extenso que ya limitase su consulta. Y si además a esto le añadimos que ese conocimiento pudiese fluctuar debido a los avances y actualizaciones permanentes realizadas por innumerables científicos virtuales y físicos realizadas casi a cada momento de tiempo futuro ¿cómo íbamos a poder expresar un conocimiento concreto usando tan sólo la información que previamente teníamos almacenada en nuestro cerebro? o ¿cómo íbamos a expresarlo sin correr el riesgo de que ese conocimiento ya hubiese quedado obsoleto en apenas el momento previo a nuestra exposición?

Parece que la única solución a futuro va a ser la “ciborización”, o sea, que el ser humano esté permanentemente conectados a un nuevo sistema que le mantenga lo más actualizado posibles al conocimiento real del mundo en ese instante de consulta. Esto probablemente implicará que una gran parte del tiempo de ese futuro ser humano, del doble de longevidad que el actual, deberá estar dedicada a la formación o preparación para la gestión del acceso, actualización, comunicación y comprensión de esos nuevos sistemas. Y otra gran parte, probablemente, a investigar y adquirir los conocimientos específicos y especializados que le permitan contribuir al desarrollo del conocimiento global en la función social o profesión que ejerza. Por lo que desde ese momento, el ser humano comenzará a ser muy diferente de como es hoy, pues hasta hoy ha ido evolucionando gracias al aprendizaje y al desarrollo del conocimiento científico (que le permite manejarse con el mundo), al conocimiento social (que le facilita el relacionarse con el resto de seres) y al conocimiento espiritual (que le ha facilitado hasta ahora conocerse interiormente y desarrollar el arte o la religión).

Pero en ese supuesto futuro, el hombre ya no percibirá el mundo igual que lo percibe hoy pues, por ejemplo, no dará al conocimiento el valor que se le da hoy. Entre otras cosas porque hoy el acceso al conocimiento es limitado y su posesión es un grado de cultura, sin embargo, en ese hipotético futuro cualquiera tendrá acceso a cualquier conocimiento al instante por el mero hecho de estar conectado. Se producirá la democratización del conocimiento, lo que transformará al ser humano haciendo que inevitablemente cambié su percepción, intereses y preocupaciones en este mundo, pues esa conexión facilitará el acceso a información y/o conocimiento que hoy en día se hacen impensables. Muchas cosas se harán innecesarias, como el mero hecho de trabajar para vivir, aunque eso no evitará que el ser humano siga trabajando para desarrollarse, comprender su mundo, relacionarse, perpetuarse y conocerse a sí mismo mejor. Comenzará entonces la época del “Paene Deus Puer” o “el niño casi dios”, pues, si bien esa paradoja le va a convertir en un ser mucho más cercano a la comprensión global de su universo, aún le quedará mucho futuro por vivir, por recorrer y por evolucionar, hasta llegar a sentirse nuevamente obsoleto también, como lo hacemos otros hoy.

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