Platón, uno de los escritores gigantes de la historia, en su sempiterno soliloquio y diálogo con su maestro Sócrates, al que a mi juicio supera, escribe, entre otros, el celebérrimo mito de la caverna. Trata de una serie de personas que se encuentran dentro de una cueva y que ven pasar, frente a la pétrea pared, las sombras de lo que ocurre fuera, y al estar distorsionado, lo que en realidad observan es una falsa imitación de lo acontecido en el exterior, viéndose obligados a discernir lo que resulta cierto o verdadero, ejercicio en el que marran.

La inteligencia excelsa del filosofo no imaginaría que siglos después su tesis estaría no solo vigente, también actualizada por culpa de la globalización, la primera y fundamental derivada de Internet. La red, es obligado admitirlo, nos ha traído velocidad en la comunicación, multiplicación exponencial en el mercado de trabajo y en el mundo de los negocios, acceso inmediato a las bellas artes a precios lógicos, el inter cambio fundamental de los estados para frenar muchos atentados terroristas cometidos contra inocentes (el mayor mal de nuestro tiempo), ocio, divertimento y plática entre solitarios, solo por mencionar algunas de sus virtudes.

Sin embargo, la globalización nos ha atado a la caverna platónica. Lo que antes se llamaba placer o amor se ha transformado en sexo gimnástico al que acceden nuestros adolescentes, lo que degenera en el machismo existente en las escuelas. La superabundancia de noticias falsas ha hecho realidad que una mentira mil veces repetida termine por transformarse en una verdad univoca. Incluso se está cargando las lenguas vehiculares, el español y el inglés, con lo que las palabras y oraciones se retuercen y están carentes de significado y éste se invierte. Los mínimos ejemplos citados, y abundan, son la punta del iceberg de internet que a tod@s nos afectan: LA PÉRDIDA DE VALORES, de una moral que nos ha costado milenios trabajar y que ahora se desvanece ante nosotros como las luminarias sombreadas y fugaces de la caverna platónica.

Hay remedio, por supuesto. Un código deontológico o hipocrático que habría que imponer por ley a las redes sociales. Pero manda el dinero y al parecer no existe ninguna institución con el valor de ponerle el cascabel al tigre. En esto la clase política nos falla, siendo lo más importante de lo que acontece: sin moral no hay civilización.

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