“Lo extraño es que no aspira a gobernar el Banco de México, sino a gobernar México como un banco”.

Juan Villoro

 

Nací en 1983, un año después de que históricamente México fuera catalogado por los opositores al régimen priista como un país neoliberal. Con apenas seis años no recuerdo el último ascenso al poder de un tapado digno de la dictadura perfecta, pero sí recuerdo la designación del sustituto de Luis Donaldo Colosio a manos de Carlos Salinas y la farsa de una elección interna para que el primer candidato oficialmente perdedor del PRI fuera ungido.

Desde entonces la retórica nacional ha sido la misma: en aras de las estabilidad económica los niveles de pobreza han ascendido todos los años; para mantener a raya a la inflación han vulnerado el bolsillo del trabajador con aumentos pírricos al salario, y ni así, se evita que la inflación nos gane.

Más recientemente, desvincularnos del pasado nacionalista mediante las reformas “estructurales” representaba el último dique hacia el progreso nacional y a la abundancia; pero éstas han sido impuestas con el único resultado de aumentar la concentración de riqueza en cada vez menos manos.

Las crisis económicas que fueron famosas hasta la recuperación macroeconómica lograda con el esfuerzo de nuestros tecnócratas hicieron que mi generación fuera llamada como la generación hija de la crisis.

Sin embargo, el presente reciente sin devaluaciones de un día para otro no deja bien parados a esos tecnócratas que tan solo en el sexenio actual han conseguido una devaluación del peso frente al dólar de 64%.

Tras lo cual, bajo resultados numéricos, constantes y sonantes, es viable afirmar que los resultados macroeconómicos son negativos; y los más importantes, aquéllos que tienen que ver con la realidad diaria del mexicano, son simplemente inhumanos: 53.4 millones de mexicanos viven en situación de pobreza.

Para quienes nacieron este siglo la realidad parece ser peor. Un niño que en el año 2006 tenían 6 años, hoy, a sus 17, no podrá recordar un México en donde la constante noticiosa no sean muertos, secuestros, desaparecidos, balas… sangre.

Ambas políticas de Estado, la económica y la de seguridad, han sido implementadas y continuadas en el gobierno actual. No sólo eso, han sido enfatizadas y mediáticamente defendidas a costos muy elevados.

No obstante el fracaso reiterado que lleva ya 35 años en una conducción errada de nuestra economía, de nuestra política social y dos sexenios de una catástrofe humanitaria sin precedentes producto de la estrategia en seguridad, la receta que nos sugieren los tecnócratas es terriblemente alarmante: imponer al un tecnócrata prototípico.

Hemos conocido a políticos formados en el neoliberalismo como Salinas y Zedillo, a un ranchero obediente del neoliberalismo, a un abnegado proyanqui con ánimos bélicos y al actual, alguien cuya única creencia es el dinero.

Pero ahora, la oferta es que quien piensa, camina, habla y posa como neoliberal, se convierta en el instrumentador directo de aquéllos intereses que no son otros que los bursátiles.

Como única carta de presentación tiene una falsa honestidad que no le ha permitido evitar desfalcos al erario por parte de gobiernos locales y secretarías de Estado en las dos ocasiones que ha pasado por la Secretaría de Hacienda.

Y como avatar de campaña, que no es priista. Sí, ahora resulta que como medida publicitaria quien encabece los postulados del PRI, el que represente a los sectores y busque afanosamente hacerse uno de ellos para poder caminar sobre su estructura casi centenar, tendrá por eslogan que no milita en el partido que le da la postulación.

Esa es la absurda solución que el priismo o que su cabeza, Enrique Peña Nieto, encontraron para intentar darle vuelta a un electorado que se decante harto del PRI y de su actual gobierno.

Para poner distancia entre Peña y su candidato la fórmula es que éste no tenga credencial de su partido aunque haya ocupado tres secretarías de Estado en su sexenio.

Pero por si todo esto fallara y no fuera suficiente para engañar al elector de que un tecnócrata neoliberal es una receta conocida de fracaso en vista de los resultados de las tres décadas recientes, la ruta del miedo y la militarización para impedir el enojo popular ante un fraude sin precedentes es la última alternativa que tienen preparada.

Ya que aunque no milite en el partido que lo postula en la boleta, su militancia en el neoliberalismo representa el verdadero riesgo para la seguridad nacional, y eso lo tienen presente cada día más mexicanos entre los cuales no caerá bien esa cara boba que sólo sabe de cifras que nunca ha palpado.

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Conferencista, participante y delegado en múltiples eventos internacionales en Azerbaiyán, Francia, Argentina, Cuba, Costa Rica, El Salvador, Nicaragua, Panamá, Venezuela, Colombia, Ecuador, República Dominicana, Perú y Brasil. Escribo en Milenio Diario y asesoré a los secretarios de gobierno de Puebla y de la Ciudad de México. Soy el único mexicano que ha presidido la Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina y el Caribe, en su apartado juvenil (COPPPAL-Juvenil). Egresé de la Facultad de Derecho de la UNAM y me he especializado en derecho electoral. A los 27 años competí por una diputación local en Puebla. Actualmente estoy convencido de la regeneración nacional en MORENA, y trabajo para ello, en Huauchinango, Puebla, donde nací.

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