La Butaca

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He pasado los últimos meses en la butaca. Una butaca donde poder leer y escribir, con un flexo y un cenicero. No necesito más. Tal vez una ventana. Me levanto a beber, a comer alguna cosa de vez en cuando, pero hago la mayor parte de mi actividad de esta guisa, como un lisiado. En raras ocasiones escucho algo de música y, aunque me apeteciera, jamás me levanto a bailar. A veces hablo solo. A veces hablo solo para darme –como de costumbre– malos consejos.

La butaca me abraza con ternura, como una planta carnívora. Se diría que un fluido viscoso corre bajo su oscuro respaldo, pero es imposible adivinarlo a simple vista. Lo sé: todo son imaginaciones mías. Porque apenas sería necesario tomar un breve impulso para incorporarme, para escapar de la trampa dentada de esta poltrona. Sin embargo, su cautiverio me causa un extraño placer sin deleite. Un placer sin ninguna clase de consuelo. Tal vez porque me seduce la idea de ser devorado por la butaca como ninguna otra cosa en el mundo.

Una noche más me quedo a dormir en ella. Dejo que la cabeza me cuelgue hacia uno de los lados, y así voy pasando la madrugada, invariablemente, aprovechando para dormir un poco entre intermitentes, interminables cambios de postura.

El sueño es demasiado confuso, como todos los anteriores. Es un sueño en que despierto, ahora en la cama. Luego me estiro un poco para desentumecer la espalda. Estoy tranquilo. Me siento en paz, aunque sólo por un instante. Porque luego regreso a la sala de estar, y ahí el sueño se tuerce, otra vez, también invariable.

La butaca se ha quedado con mis ojos, con mi nariz, con mis labios; y me mira fijamente como si aún le debiera algo. Yo noto que los hombros ya no me pesan. Pareciera que ya no sostienen nada. Así, vuelvo a la butaca –qué remedio– para recuperar ojos, nariz, boca y cabeza entera, o tal vez para entregarme ya por completo y cederlo todo –cederme– qué sé yo.

Cuando despierto, como cada mañana desde hace ya demasiados meses, derrumbado nuevamente en la butaca, enciendo el flexo y un cigarrillo que me llevo mecánico a los labios. Doy una larga bocanada. Empieza un nuevo día.

Pero el humo, cosa extraña, no lo devuelvo yo.

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Julio Fuentes González nació en Linares, Jaén, en 1976. Es licenciado en filología hispánica por la Universidad de Córdoba y ha publicado relatos en diversas revistas literarias. En el año 2000 publicó Una cucharilla partida por el agua en la editorial Círculo de Lectores, en volumen conjunto con la obra Manaos de Alberto Vázquez-Figueroa, siendo seleccionado para este proyecto de la mano de Sergio Gaspar y Silvia Sesé. Es técnico superior en prevención de riesgos laborales y ha desarrollado una intensa actividad sindical. En la actualidad está finalizando Perímetro Flexible, su primera novela.

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