Esta metáfora que utilizó Enrique Santos Discépolo en 1934  y que 65 años más tarde retomara Joaquín Sabina  busca exponer como conviven uno junto a otro dos mundos totalmente ajenos, en teoría, y como uno termina incidiendo en el otro.

Algo de esto se vivió en Argentina el pasado jueves 27, cuando el Tribunal Oral en lo Criminal Federal N° 6 decidió otorgarle la prisión domiciliaria al genocida Miguel Etchecolatz, quien estuvo al frente de 21 centros clandestinos de detención durante la dictadura militar y tras la instauración democrática de 1983 fue condenado en seis expedientes por crímenes de lesa humanidad, incluidas tres cadenas perpetuas.

Argumentó la justicia que el reo-represor cumple con los requisitos legales para obtener este beneficio, ya que tiene 88 años y padece diversas enfermedades, como hipertensión arterial, adenoma de próstata -que requiere de caterización permanente- y deterioro cognitivo irreversible, y agregó que además, como si esto fuera un aliciente, es el geronte con mayor edad en institución carcelaria en todo el ámbito penitenciario federal.

Una verdadera vergüenza que un delincuente que se creyó amo y señor de la vida de los argentinos obtenga la prisión domiciliaria, mejor hubiera sido que muriera, con sufrimiento y lentamente, en la cárcel, común y efectiva.

Pero canta Joan Manuel Serrat que todo infortunio esconde alguna ventaja, y como en el yin y el yang, y como si el mundo buscara equilibrarse, el mismo jueves nos enteramos que había aparecido la nieta número 127.

Frente a la muerte que representa Etchecolatz, Abuelas de Plaza de Mayo ofrecen vida, y anunciaron que encontraron a la #Nieta127 quien es hija de una pareja cuyana que fue secuestrada por las Fuerzas Armadas en 1977 y tras peregrinar por centros de detención del centro del país y de la ciudad de Buenos Aires, aún continúan desaparecidos.

La alegría que hoy produce este regreso, ya que cada nieto recuperado es un verdadero regreso a la vida, se ve opacada en parte por la suerte corrida por los responsables de, por ejemplo, la sustracción de identidad que tuvo esta mujer durante 40 años, como aquella biblia perforada por el sable sin remache.

Sin embargo no todo está perdido, quizás Etchecolatz no esté tan enfermo como se cree y aún con prisión domiciliaria tenga una lenta y dolorosa muerte.

 

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