Han pasado ya algunos días desde que el terror y la locura yihadista volvería a teñir las calles y plazas de una ciudad del mundo de rojo. De ese color ya familiar en Europa, Asia, Oriente Medio, África , Oceanía y América que acompaña la muerte , esa que sembrada por el radicalismo yihadista sigue contabilizando víctimas en su haber. Y para ello, para cometer actos de semejante barbarie la utilización de la religión por el terrorismo como justificación a sus actos, vuelve a salir a escena como si fuera un escudo ante quienes claman con su basta ya por el fin de la violencia o huyen de sus países en cascarones de madera para alejarse de tan ruin y tendenciosa interpretación de su propia religión o cultura. Idea está que perfectamente articulada en el marketiniano acto del terror 2.0 busca la generación de una guerra de fronteras y bandos , entre cristianos y musulmanes, fieles e infieles, caucásicos y musulmanes, buenos y malos.

Es este, uno de los principales objetivos de quienes sembrando la muerte en el corazón de Europa buscan la reacción del odio y la xenofobia hacía el diferente ,en ese deseo de lograr el enfrentamiento y la colisión de culturas. Es aquí por lo tanto, donde deberemos librar nuestra primera batalla como demócratas , esa que se libra en nuestra mente y nuestro corazón , esa que debe ser resiliente al odio y al intento de manipular nuestra acción hacía el otro buscando culpables en inocentes por el simple hecho de confesar otra religión o tener otra cultura. Hoy, cabe recordar que las muertes de Barcelona, como antes las de Londres, París o Niza se suman a las que de manera permanente pero a veces con rostro lejano acontecen en Siria, Libia, Irak, Pakistán, Malí o Turquía. Generando así , allí, las mismas muertes de personas inocentes, en su mayoría árabes y musulmanas por la misma locura terrorista que hoy con atentados como el de Barcelona y Cambrils intenta llevar a cabo un pulso de antemano perdido contra los conceptos más supremos de la democracia y las libertades. Es aquí, donde tenemos que librar nuestra segunda batalla, esa que parta de la ruptura de las limitaciones para buscar las alianzas entre occidente y oriente, entre cristianos y musulmanes para unidos decir no al yihadismo , pues sólo desde esta convicción en la lucha se podrá encontrar la respuesta ante tan compleja realidad. Lo contrario, la imposición de nuestra cultura como respuesta al terrorismo, el maniqueísmo en la utilización de esta realidad a la que hoy nos enfrentamos y el dedo acusador generalizado sobre el Islam y el musulmán sólo conllevaría por el contrario a la generalización de un conflicto hoy enarbola por una minoría de personas en un mundo globalizado y conformado por millones de personas.

Y junto a estas dos batallas, nos toca como sociedad vencer en la tercera, esa que se conforma hoy más que nunca de las palabras educación e integración, buscando de antemano eliminar toda forma o vestigio de xenofobia o racismo que tal sólo alimenta la bestia del radicalismo. Batalla esta hoy de compleja defensa a veces por quienes buscan de manera sencilla culpables o explicaciones simples a problemas complejos, por quienes ante su temor e incertidumbre abogan por la violencia, la limitación de la libertad y la imposición como receta ante una batalla que sólo ganaremos desde la fraternidad, la defensa de la libertad, la solidaridad y la unión. No por menos, sólo cuando la muerte de un niño en Bagdad o Alepo nos duela igual que la del que muere en las calles europeas entenderemos tal vez que esta lucha no trata de cristianos y musulmanes, sino de terroristas y demócratas en un mundo global en donde todo se conecta y fluye.

 

 

 

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