Según los datos ofrecidos por organismos oficiales, alrededor del 13% de la población comprendida entre los 9 y los 17 años presenta problemas de ansiedad. Si ampliamos el margen de edad, la tasa de prevalencia se sitúa cerca del 21%. Es decir, no estamos ante un problema residual si no, más bien, de primer orden dentro de la salud mental infantil.

El mayor problema de la ansiedad es que es una respuesta adaptativa del ser humano y de los animales. Esta respuesta es adaptativa porque nos ayuda a hacer frente a posibles peligros presentes en el entorno en el que nos movemos y nos prepara la acción.

Es decir, existe una ansiedad normal que tiene su función: adaptarnos y protegernos. Aparece ante situaciones desconocidas y cuando no tenemos percepción de control de lo que va a ocurrir. Normalmente, es a lo que nos referimos cuando decimos eso de “Estoy nervioso” (por ejemplo, ante entrevistas de trabajo, exámenes,…).

Pero también existe la ansiedad patológica. Ésta es la que aparece cuando, teniendo en cuenta el contexto o situación, hay una respuesta desproporcionada que provoca cambios bruscos tanto a nivel físico como psicológico y que se vuelve incontrolable por la propia persona, aumentando en intensidad y apareciendo, incluso, cuando no se está expuesto a esa situación que la produjo en primer lugar.

Estas definiciones son válidas tanto para los adultos como para los niños. Ahora vamos a centrarnos en estos últimos.

¿Por qué aparece la ansiedad?

Como ya comentaba en el artículo ‘Infancia y psicopatología’ de hace unas semanas, vamos a encontrarnos la tríada bio-psico-social. Esa vulnerabilidad biológica que se ve impulsada por factores psicológicos y/o sociales o viceversa.

Más específicamente, la ansiedad patológica tiene un alto componente de aprendizaje, tal y como se puede observar en el siguiente diagrama con el que podemos ver cómo se establece en la persona la ansiedad patológica.

ansiedad

Básicamente, ante una situación que la persona interpreta como amenazante o para la que no tiene recursos de afrontamiento, aparece la ansiedad normal – ese “estoy nervioso” – que, si no consigue que la situación se resuelva de forma efectiva, puede ir aumentando la intensidad de las respuestas fisiológicas y psicológicas de ansiedad (sudoración, aceleración cardiaca, temblores, pensamientos negativos,…). Si con este aumento de la respuesta ansiosa se consigue evitar la situación, estaremos reforzando la aparición de estos síntomas ante dicha situación (reforzamiento positivo) – ya que hemos conseguido, con ello, que el malestar desaparezca – y esto hará más la respuesta ansiosa con intensidad alta siga apareciendo ante esa misma situación.

Con el tiempo, nuestro cerebro irá aprendiendo a dar esa misma respuesta ante situaciones similares, es decir, generalizará los síntomas.

Así habremos conseguido desarrollar una ansiedad patológica.

En niños, en función de la generalización que se haga de esta respuesta hablaremos de diferentes tipos de trastornos:

  • Trastorno de Ansiedad Generalizada: Es el más amplio, ya que la respuesta patológica aparece ante cualquier situación que se perciba como amenazante por el sujeto.
  • Fobia específica: La ansiedad patológica aparece en relación a una situación u objeto fóbico determinado.
  • Trastorno de Ansiedad por Separación: La respuesta ansiosa aparece al separarse de una de las figuras de apego del niño.
  • Trastorno Obsesivo Compulsivo: La ansiedad se acompaña de pensamientos obsesivos y sólo se calman cuando se realizan determinados rituales.

El mantenimiento de estos trastornos acaba teniendo consecuencias en todos los ámbitos de la vida del niño, en especial en el entorno familiar y escolar.

Entre los síntomas que desarrollan los niños se encuentran: rabietas, llanto incontrolado, dificultad de concentración, problemas de sueño, mutismo selectivo, agresividad, ahogos,… En casos más graves, pueden aparecer conductas autolesivas, problemas de memoria, desorientación espacio-temporal y sentimientos de despersonalización y desrealización (el niño no se reconoce a sí mismo o el experimenta lo que le rodea como real).

También suele cursar con somatizaciones; entre las principales: mareos, cefaleas, dolores musculares, espasmos y sintomatología relacionada con trastornos de la conducta alimentaria.

¿Cómo puedo ayudar a mi hijo?

Siempre que haya evidencia de alguno de los síntomas mencionados hay que consultar a un profesional de la salud mental infantil.

El tratamiento psicoterapéutico más común es la Terapia Cognitivo-Conductual que podría combinarse con terapias de corte psicodinámico. Se tratará de dotar al niño y su familia de las herramientas necesarias para hacer frente a las emociones y situaciones que pudieran agravar o mantener los síntomas y, en especial, estrategias de afrontamiento y resolución de conflictos.

En los casos más graves, con la medicación se conseguirá una relativa estabilidad anímica que ayudará a que el tratamiento terapéutico consiga mejores resultados. En casos menos graves bastará con la psicoterapia.

Tal y como señalaba en el caso de la depresión infantil, es muy importante que haya una estructura familiar de apoyo, ya se necesitará de la colaboración familiar a lo largo del tratamiento.

Y, como comentaba en dicho artículo, la prevención va a ser fundamental.

La prevención es lo más importante, porque no hay que esperar a que surja el problema para llevarla a cabo.

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

5 × 4 =