La angustia de la libertad

0

La publicación en España de Tabacoya no musume (La chica de los cigarrillos) de Masahiko Matsumoto me sirve, de alguna manera, para reivindicar la importancia de un grupo de mangakas de Osaka que, a la larga, resultaría fundamental en la evolución de la historieta japonesa.

Posiblemente, el más conocido de ellos en España sea Yoshihiro Tatsumi. De hecho, fue uno de los primeros autores japoneses que se conocieron en nuestro país. La revista El Víbora comenzó a incluir relatos suyos entre sus páginas a partir de 1980, adelantándose en varios años a muchos países de nuestro entorno. Este hecho tiene más mérito si cabe, si tenemos en cuenta que la eclosión editorial del manga por estos lares no se produjo hasta doce años después.

El tercer autor en discordia es Takao Saitō, profesional que siempre ha gozado de una fama relativa debido a su icónica serie policiaca Golgo 13.

Los tres nacieron en el mismo periodo: Matsumoto en 1934, Tatsumi en 1935 y Saitō en 1936. Eran, por tanto, unos niños cuando terminó la Segunda Guerra Mundial y Japón comenzó a abrirse al mundo occidental. Tenían la edad adecuada para apasionarse por el manga: Osaka, durante los últimos años de la década de los cuarenta es una de las ciudades de Japón con más actividad editorial. Otro natural de esa localidad, Osamu Tezuka, está cosechando durante esos años su primeros grandes éxitos, y ha comenzado ya a cimentar su leyenda.

El tebeo japonés de la primera mitad de los años cincuenta es, como en muchos otros lugares del mundo, un producto de consumo orientado al público adolescente e infantil, tanto en sus guiones como en el apartado gráfico. Sin embargo, la realidad que vive el país durante aquellos años es radicalmente diferente: a la vez que se está produciendo un cambio importante en su escala de valores (como por ejemplo, la desintegración de la familia tradicional, la introducción del capitalismo y otras ideas occidentales), la notoria mejoría macroeconómica que Japón está experimentando no se traduce en un incremento del nivel de vida de las clases menos favorecidas: la corrupción y la gestión ineficiente de los políticos de la época generan un desencanto en la población que se hace patente en otras manifestaciones artísticas, de las que seguramente sea el cine la disciplina en la que mas claramente hayan quedado los rastros de ese desencanto: Vivir, de Akira Kurosawa se estrena en 1952, los Cuentos de Tokyo de Ozu son de 1953, año en el cual el joven Mishima ya se ha convertido en toda una celebridad.

Lógicamente, un medio de tanta difusión e implantación social como estaba desarrollando el manga no podía quedarse al margen de esa corriente. Durante 1955, Tatsumi afirma haber estado dándole vueltas a la idea de escribir “manga que no es manga”. Al año siguiente, comenzará a escribir las primeras obras en las que desarrolle estas ideas, que culminará, tras un primer breve periodo de convivencia con Matsumoto y Saitō, en Kuroi Fubuki (Ventisca negra), la obra que suele citarse como primer gekiga, (imagen dramática), término acuñado por el propio Tatsumi con el propósito de diferenciar sus historias del manga (garabato o dibujo informal). Matsumoto acabará adoptando también este término para designar a sus obras, una vez que llega al convencimiento de que su término komaga (serie de fotogramas) carece de la expresividad necesaria para describirlas. Tatsumi declaró en más de una ocasión que mantenía con Matsumoto una amistosa rivalidad profesional. Parece que ese celo le servía, a su vez, como acicate y fuente de inspiración.

La obra de Tatsumi mejor considerada es Gekiga Hyōryū (Una vida errante, Astiberri, 2009), una crónica de mas de ochocientas páginas donde el lector podrá conocer, además, diferentes aspectos de la vida urbana del Japón de la posguerra, el proceso de gestación del gegika. Esta obra fue llevada al cine por Eric Khoo en 2011, en una película de animación que intercala varios relatos cortos de Tatsumi. Tanto la narración de Tatsumi como la adaptación de Khoo resultan francamente interesantes. Matsumoto, que jamás alcanzaría la notoriedad de sus compañeros, había escrito algunos años antes, por sugerencia de Takao Saitō, Gekiga baka-tachi!!, con una temática similar a Una vida errante.

Todavía es posible conseguir alguno de los libros que recopilan los relatos de Tatsumi, editados por La Cúpula y Ponent Mon durante la década pasada. De todos ellos, Infierno y Goodbye son mis favoritos. Son historias de personas solitarias, insatisfechas y que viven unas vidas monótonas y que en ocasiones resultan sórdidas, pero en las que no cuesta demasiado reconocer al ciudadano medio. Sin embargo, el contenido de otros recopilatorios de Tatsumi presenta bastantes altibajos, resultando en diferentes ocasiones excesivamente melodramático.

Masahiko Matsumoto de melodramático no tiene nada, al menos en La chica de los cigarrillos. Mas bien al contrario, se distancia de los protagonistas de sus historias hasta tal punto de resultar frío. Si los personajes de Tatsumi están motivados por la codicia, la lujuria o la necesidad, los de Matsumoto simplemente transitan por la vida perezosos, faltos de motivación y de ambiciones. De hecho, pocas emociones pueden encontrarse en este conjunto de relatos: la vergüenza de carácter social (que no de carácter moral), la coquetería o expresiones de soledad. Toda la obra desprende un contenido sentimiento de angustia provocado por el comportamiento de sus protagonistas, que parece que no supieran que hacer con su libre albedrío. El aspecto caricaturesco de los personajes termina por dotar a la obra de un carácter patético, aspecto que se ve reforzado por algunos pequeños golpes del humor no demasiado sencillos de comprender.

La edición de Gallo Nero es excelente, como de costumbre, aunque esta vez hay que darles un tirón de orejas por el tipo de rotulación empleado.

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?
Compartir
Artículo anteriorMahatma Gandhi y la no violencia
Artículo siguienteEl atlético en la LNFS
Juan Agustí nació en Madrid en 1962. Licenciado en Matemáticas por la Universidad Autónoma, ha orientado su carrera profesional al mundo de las Telecomunicaciones. Documentalista y catalogador de la historieta, ligado al proyecto Tebeosfera desde el año 2009. A partir de 2014 es redactor de la revista Tebeosfera. Dirige los blogs La mirada estrábica y Arte a las ocho.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

17 − 5 =