La 4ª circunscripción a la que me refiero es por la que Jean-Luc Mélenchon se presenta como candidato en las elecciones legislativas francesas del próximo junio: Bouches-du Rhône, una circunscripción de clase popular, situada en el centro de Marsella, que incluye algunos de los barrios más pobres de Francia. Allí, el candidato de la France Insoumise ha logrado uno de sus mejores resultados, el 39% de los votos, muy por delante de sus oponentes en la primera vuelta de las presidenciales. En la propia Marsella consiguió el 25%.

Siguiendo el protocolo de su organización, Mélenchon ha presentado su propuesta a la afiliación, que la ha aceptado gustosamente. En los comicios de 2012, el candidato de la France Insoumise echó mano de un coraje meritorio al competir contra Marine Le Pen en la circunscripción de Hénin-Beaumont (departamento de Pas-de-Calais), donde fue derrotado por la candidata frontista. Sin duda, este recuerdo ha sido determinante en la elección de Mélenchon. Y en mi opinión, lo decisivo: la batalla por la recomposición política de la izquierda francesa.

La primera vuelta ha dejado una situación en el sistema de partidos que preludia cambios más radicales. Y todos los actores se encuentran en la situación de intentar maximizar sus opciones después de las dos primeras vueltas. Aunque no es fácil saber que ocurrirá –entre otras razones porque el sistema de ballotage (segunda vuelta) introduce un sesgo mayoritario que oscurece la lectura final de los resultados-, parece obvio que nada volverá a ser como antes en el panorama político francés.

Marine Le Pen ha salido muy reforzada, pero ella ha mostrado sus debilidades como candidata y su partido las limitaciones para poder pensarse como alternativa creíble a medio plazo. Los más de diez millones de votos -el mejor resultado electoral de su historia- no se repetirán en las legislativas. Parte de los votos prestados por las diferentes derechas volverán a sus partidos de referencia. Y las palabras de Le Pen tras la segunda vuelta de las presidenciales, llamando a la refundación del partido, es una declaración de intenciones que denota una comprensión cabal de los límites a los que se enfrenta.

La derecha republicana aún se encuentra desgajada entre las pulsiones frontistas de una parte de su electorado y la atracción gravitatoria que genera el nuevo astro Macron.

La victoria de Macron y el proceso de configuración de las candidaturas de su République en Marche! muestran un deseo explícito de reconstruir la representación en el espacio de centro con un proyecto reformador, liberal y con ecos progresistas. Un proyecto atractivo tanto para las derechas republicanas de tradición gaullista como para los jirones hoy de lo que una vez fue el Partido Socialista (PS). Sin embargo, hay que tener muy en cuenta que su victoria ha resultado de un compromiso de los/as franceses/as contra el Front National, no a favor de su candidatura. Ni más ni menos que el 43% de quienes le han votado lo han hecho por “el mal menor”. Además, un 61% del electorado no desea que Macron consiga mayoría absoluta. Esto ha ocurrido en las presidenciales con más abstención de la historia de la V República y con cifras récord de votos blancos y nulos: 4 millones (el 8,6% de los electores).

Los resultados de Mélenchon en la primera vuelta de las presidenciales (más de siete millones de votos y a unas décimas de ser el tercer candidato más votado) han sido igualmente un éxito sin precedentes y han detenido la debacle a la que se enfrentaba el proyecto de la izquierda alternativa en Francia. Si a eso sumamos la quiebra electoral del PS y su despedazamiento público, la oportunidad para un liderazgo incontestable en la izquierda por parte de la France Insoumise se presenta como una realidad factible.

Si tenemos en cuenta que buena parte de las voces pedían que abandonara a favor de Hamon, Mélenchon ha ganado una batalla contra el PS. Su perseverancia en innovar con una propuesta nueva y radical le ha dado excelentes resultados. De hecho, se va a presentar en una circunscripción que desde 1983 ostenta un candidato socialista (Patrick Mennucci), que ha reaccionado sin contemplaciones al desembarco de Mélenchon, tildándolo de “turista político” y otras cosas por el estilo. Ayer mismo, el candidato de la France Insoumise señalaba que su objetivo no es debilitar al PS, sino reemplazarlo.

Por otro lado, el pasado 11 de mayo Mélenchon rompió negociaciones con el PCF. Además de las cuestiones estratégicas, late un problema de preservación de la identidad por parte del PCF y de control político del proceso de recomposición por parte de Mélenchon. La France Insoumise exige, para llegar a un acuerdo, un marco programático y simbólico compartido, una carta financiera única y disciplina de voto. Un conjunto de propuestas que harían perder al PCF identidad y visibilidad, que dificultan un acuerdo. Pero Mélenchon apuesta por la novedad del momento y por salir de la lógica clásica para intentar una estrategia del “todo o nada”. Si consigue buenos resultados en las legislativas, quedará en su mano la recomposición de un amplio espacio político que irá desde el ala izquierda del PS a las tradiciones emancipadoras de la sociedad industrial fordista.

Antes que otros países, Francia vivió la emergencia de un partido que fracturaba el tablero tradicional y creaba nuevas referencias de representación y de discurso: el Front National. Con algún sobresalto, el conjunto del sistema tradicional de partidos se había mantenido en pie. Ahora es obvio que Francia vive la misma situación de sacudida que el resto de Europa. Es válido también en territorio galo el concepto de “interregno” de Gramsci: “lo viejo no acaba de morir, lo nuevo no acaba de nacer”. El sistema es inestable y se articula según nuevos ejes de discurso y representación. Los nuevos actores emergentes han llegado para quedarse. No es posible seguir jugando según los esquemas conceptuales y de representación de un modelo que ha muerto. Las lógicas de unidad y de acuerdo de la diversidad propias de un esquema partidario antiguo ya no sirven. El reclamo de autenticidad pasa inexorablemente por ser visible como candidato de lo nuevo.

Al mismo tiempo, las nuevas organizaciones, especialmente en la izquierda, harían bien en no olvidar algunas lecciones acumuladas en apenas unos años: el desprecio de la pluralidad y la voluntad por subordinar la participación al dictado de los nuevos liderazgos termina por acartonar los proyectos novedosos. El resultado de las legislativas francesas será un indicador más del nivel de equilibrio alcanzado en la relación entre lo viejo y lo nuevo.

 

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Nacido en el 61, de esa generación que se emocionó con los efectos especiales de la nave estelar Enterprise y se enganchó durante un tiempo a Mazinger Z; militante de IU desde ni me acuerdo, también en la actualidad. Miembro de la dirección ejecutiva de Izquierda Abierta; profesor de Ciencia Política durante 13 años en la Universidad Carlos III de Madrid y en la actualidad Policy Advisor en la delegación de Izquierda Unida del Parlamento Europeo. Durante ocho años asesoré a instituciones públicas sobre participación y democracia. Dirijo el equipo de trabajo sobre gobernanza económica de la UE en la red Transform y me dedico a investigar sobre los temas europeos.

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