Como todas las vistas orales de la Audiencia Nacional, el llamado juicio de las tarjetas black de Cajamadrid no se celebra todos los días de la semana. Se suspende para reanudarse cinco días después, o en una semana sólo hay una sesión. Es, como decía el juez Siro García, que fue presidente de la sala de lo penal en los años noventa y magistrado del Supremo, “la dinámica del tiempo judicial”, radicalmente diferente a la de los comunes mortales.

En este caso, las agendas de los magistrados que componen el tribunal que juzga la actuación de los consejeros y directivos de Cajamadrid que utilizaron las llamadas tarjetas black, hacen incompatible una vista oral más ágil. Se tuvo que parar una semana y algo parecido ha ocurrido con esta

Aún así, la sesión en la cual comparecía Jaime Terceiro, el que fue presidente de la entidad antes que Miguel Blesa y Rodrigo Rato, se antojaba muy interesante. Los acusados se habían puesto de acuerdo para decir que las tarjetas black se habían creado en su época, y todos esperaban su versión.

Terceiro no defraudó. Efectivamente, en su época se dio a los consejeros una tarjeta, “para gastos de representación”, con un límite de 600 euros mensuales. Los gastos se contabilizaban, y los consejeros debían justificarlos. No se daban números PIN porque esas tarjetas no servían para sacar efectivo. En otras palabras: la tarjeta que se da a los directivos en todas las empresas por si requieren un gasto corporativo como pueda ser la invitación a un almuerzo o cosas por el estilo. Nada anormal. Y, por supuesto nada que ver con las que “machacaban” los consejeros y directivos de la época de Blesa y Rato.

 

500.000 euros anuales

Y, por supuesto, Terceiro negó que dichas tarjetas tuviesen carácter retributivo. Es más, el ex presidente de Cajamadrid reveló un dato que indica la condición en la que desarrollaron su labor los acusados. En su época, los consejeros recibían una retribución de 1.800 euros mensuales en concepto de “dietas”. Una cantidad que se incrementó hasta 500.000 euros anuales en las de Blesa y Rato al frente de la entidad. Una multiplicación por 180.

Los datos facilitados por Terceiro intentaron ser rebatidos por los abogados defensores en su turno de interrogatorio. Hasta tal punto fueron agresivas sus intervenciones que las mismas lograron sacar del sopor al fiscal, Alejandro Luzón, el cual tuvo que emplearse a fondo para evitar lo que estaba siendo un posicionamiento de parte contra un testigo. Hasta se llegó a decir que “había un pacto entre Terceiro y Luzón para cargar contra los acusados”.

Y, por supuesto, se sacó a colación algo que puede poner en entredicho el testimonio del ex banquero: que éste pudo rebatir los argumentos de los acusados porque tuvo acceso a sus declaraciones a través de las crónicas de los medios de comunicación. Ello podría suponer la invalidación del testimonio. Ningún testigo puede acceder a las declaraciones anteriores antes de intervenir. Menos mal que Terceiro no se salió ni un ápice de lo que dijo en su declaración ante el juez instructor. Y esa declaración es válida porque entonces no tenía acceso al contenido del sumario.

Afortunadamente, Alejandro Luzón, en el “cuerpo a cuerpo” es el mejor en este país. Y no dejó al letrado que defiende a Blesa, Carlos Aguilar, que mantuviese un pulso con Terceiro. Hasta tal punto creció la tensión que la presidenta del Tribunal, Ángela Murillo, tuvo que decir al testigo: “No quiero que se altere”.

 

“Destruyó Cajamadrid”

Como sería la cosa que Alejandro Luzón tuvo que pedir amparo a la Presidenta porque “se está intentando amedrentar y desacreditar” a Terceiro. El abogado del ex consejero Moral Santín le replicó: “y él, a veces, parece una acusación, no un testigo”. Murillo no tuvo más remedio que intervenir contundentemente para ampararlo.

Una cosa quedó clara. Miguel Blesa, según su antecesor en el cargo, “destruyó Cajamadrid”. Los expertos en banca dicen que la política de la Caja durante la presidencia de Terceiro era mucho más rigurosa que en la época de Blesa. “La política de concesión de créditos y de la gestión de activos era mucho más creíble”, dicen esas fuentes que, además, insisten en que, durante esa época, las inversiones industriales del grupo generaron un riesgo infinitamente inferior al de las compras de paquetes accionariales de empresas privatizadas en aquella época como es el caso de Iberia.

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