Como un solitario, un francotirador ajeno a las modas, se ha definido a Juan Giralt, artista situado fuera del canon, al que el Museo Reina Sofía recupera en la primera retrospectiva dedicada a su obra en un museo nacional. Comisariada por Carmen Giménez, ha colaborado en la organización de la muestra Marcos Giralt Torrente, hijo del artista y Premio Nacional de Narrativa 2011 por su novela Tiempo de vida, en la que reflexiona sobre su pasado, su identidad y la relación con su padre.

En esta muestra retrospectiva se exhiben más de 90 obras en las que se reflejan dos periodos distintos. Por un lado, la década de los setenta, representada a través de una selección de pinturas y de obra en papel que muestra una secuencia de su progresivo abandono del informalismo y que anticipan sus indagaciones posteriores en torno a la figuración y la abstracción.

En el otro apartado se exhiben obras pertenecientes a su último período, desde el año 1990 hasta su fallecimiento en 2007 en que fue incorporando paulatinamente la abstracción, sin abandonar nunca del todo el elemento figurativo presente en el constante uso del collage y de la palabra pintada.

Giralt (Madrid 1940-2007) extendió la técnica del collage a su pintura como una manera de integrar en ella elementos dispares y a menudo opuestos que amplificaran el espacio de la obra.

Cuadros dentro del cuadro, juegos con palabras inventadas o rotas, cuadernos de caligrafía, mapas, cromos de animales, inserción de fotos, de estampas publicitarias o de retratos rescatados de una almoneda, el juego entre la abstracción y la figuración y, por encima, la expresividad gestual heredada del expresionismo.

En el catálogo de la exposición, Giralt Torrente escribe que el canon de los años sesenta y setenta se fijó en los ochenta a partir de las figuras que supieron recolocarse en una década ajetreada en la que el mercado se expandía. Surgieron nuevos y fulgurantes artistas en escena y quienes, como su padre, no estaban allí en el momento en que quedó fijado “simplemente desaparecieron, se los borró retrospectivamente”. Para esta exposición, Marcos Giralt Torrente ha hecho un papel “de facilitador” para localizar e investigar la obra que se encuentra repartida en colecciones particulares.

El recorrido arranca en los años setenta “que coinciden con el momento en el que él y otros artistas rompieron con el formalismo”. Luego se muestra una etapa “más íntima”, la de los años ochenta “que arrojó la sombra sobre la gente que venía de antes. Algunos consiguieron sobrevivir al vendaval y otros fueron arrasados y expulsados”.

La muestra finaliza “con el estallido de su etapa de madurez, que es la más representativa de la exposición”, que aunque “sintética”, representa muy bien el trabajo de Juan Giralt, “sus diferentes mundos” y muestra “con la suficiente holgura su mundo”, según explica su hijo.

En opinión de Manuel Borja-Villel, director del Reina Sofía, Juan Giralt es ese tipo de artistas fuera del canon sobre el que el museo “tiene querencia”. El director del museo ha destacado también la importancia de generar relatos con artistas principales y con secundarios, que a menudo jugaron un papel igual o más importante que los principales. “Ese estar fuera de campo es uno de los espacios más bellos del arte contemporáneo”.

Juan Giralt (Madrid, 1940-2007) se inició de forma autodidacta en el informalismo imperante de los años 50. A finales de esta década entró en contacto con el grupo CoBrA y empezó a definir un lenguaje pictórico más personal y permeable a una nueva interpretación de la figuración, convirtiéndose en uno de los principales referentes de la nueva figuración madrileña. En los siguientes años, y hasta su muerte en 2007, fue incorporando paulatinamente la abstracción, sin nunca abandonar del todo el elemento figurativo.

El debate en torno a la figuración y la abstracción, lanteados tradicionalmente como dilema, quedan superados en Giralt mediante una síntesis muy personal de ambos lenguajes, que resulta a la postre una negación de su diferencia.

Asimismo, individualiza su obra el uso de medios y formatos alternativos a los de la llamada pintura-pintura, como el soporte de vidrio o metacrilato o, muy especialmente, el uso del papel y el collage, devenidos seña de identidad del autor. Si en el primero encontró tanto un modo de indagación en el automatismo gestual figurativo como un instrumento más convencional de estudio preliminar para la pintura, en el segundo halló una herramienta de apoyo a la tensión expresiva y paradójica entre lo fáctico e inmediato y lo imaginado, entre lo físico más palmario y lo intangible. Ese interés por lo contrastado le lleva a desvelar en la obra sus distintos estadios de producción, a no ocultar el proceso creativo sino, al contrario, hacer de él, y del aspecto impuro y crudo que revela, parte de su contenido esencial. En sus palabras: “Me gusta la pintura muy machacada.

Los cuadros que se van cociendo como un guiso sobre la tela en un proceso directo parece que conservan la vida y la energía acumulada durante las sesiones de trabajo que les has dedicado: tienen su propia historia, mienten, ocultan cosas, a veces por un resquicio dejan adivinar lo que fueron, pueden presumir de algo muy evidente a primera vista y, sin embargo, su razón de ser está en la elegancia con la que ocultan un banal desarrollo previo”.

Esta exposición se plantea, sin ánimo exhaustivo, como una retrospectiva del trabajo de Juan Giralt, haciendo hincapié en dos períodos especialmente fecundos: por un lado, la década de los setenta, representada a través de una selección de pinturas y de obra en papel que muestra una secuencia de su progresivo abandono del informalismo; por otro, su último período, desde el año 1990 hasta su fallecimiento en 2007.

Tras tanteos iniciales en diversos sentidos, en los años setenta su trabajo conecta con un elemento programático y de orden generacional: la citada ruptura con el informalismo. Aparece en su obra un nuevo modo de representación de carácter semifigurativo cargado de elementos orgánicos, seres de apariencia incompleta o demediada, entre lo infantil y lo grotesco. Invierte los términos convencionales de la pintura: el color es objeto de una estudiada aplicación (en sentido opuesto a la pintura abstracta stricto sensu) y el espacio dialoga con la ruptura de la perspectiva propia de la tradición cubista; mientras, los dibujos se plantean, en su mayor parte y al contrario de su uso tradicional, como un ejercicio de automatismo que da lugar a escenas donde se producen conexiones de aparente aspecto caótico, protagonizadas por seres que desafían el antropomorfismo por vía de una visible visceralidad en la que conviven lo orgánico y lo mecánico.

“Casi toda mi vida pictórica he batallado por sacudirme las sucesivas prisiones en las que me he encerrado, a veces por poco tiempo, otras por demasiado”. Las palabras del pintor sirven para subrayar una nueva ruptura, producida a finales de los setenta, esta vez con la Nueva Figuración a la que se le había asociado acaso de manera precipitada y limitadora.

Desaparece así de las zonas de influencia para pasar a ocupar una posición marginal y silenciada; corren los ochenta y la vertiginosa alteración del sistema del arte en España genera una nueva escena de mercado y comisariado que no parece absorber sus propuestas. Tras ese ínterin, su regreso en los noventa contiene los caracteres de una pintura rediviva, basada en la perseverancia y la consecución de un tono pictórico de plena madurez que, si bien conserva trazas de sus etapas anteriores, está marcada por una mayor rotundidad. Lienzos de mayores dimensiones, superficies divididas en paralelepípedos, el uso intensivo del collage y la aparición de la palabra pintada definen este nuevo período. Engranajes mecánicos descontextualizados, propios de la primera modernidad, conviven con diagramas anatómicos que sugieren una corporalidad blanda (protagonizada por órganos, vasos y tejidos corporales), mientras planos de color coexisten con antiguas ilustraciones de distinta naturaleza, de lo religioso a lo pedagógico, o con tramas decorativas; elementos que, entre lo naíf y lo camp, son tratados como objetos encontrados cargados de memoria y capaces de activar inesperadas conexiones inconscientes.

Mantiene en ellos la voluntad heterodoxa y paradójica de su pintura anterior, con un mayor grado de convicción y contundencia, así como un definitivo rechazo a la adscripción a un único lenguaje pictórico. Lo antitético y lo paradójico, lo orgánico y lo visceral, lo inaprensible para el ojo se combinan con lo más inmediato y aparentemente razonable para la mirada.

Ese impulso híbrido y antidogmático que alienta la pintura de Giralt queda subrayado en estas palabras, anotadas en uno de sus cuadernos: “Me molestan las posturas a ultranza y sin resquicios para la duda. Por eso me gusta profanar las doctrinas y credos teóricos con que se justifican determinadas formas de pintar”.

Y, junto a ello, su concepción de la pintura como lucha: “Solo me satisfacen los cuadros que he pintado directamente, en los que ha habido lucha, correcciones y errores. Es cuando parece que el cuadro ha tenido vida y esa energía queda apresada ahí y la transmite.

La pintura respira de distinta forma. La pintura que ha colocado una mano que ha dejado su huella, grumosa o difuminada o raspada”.

Al calor de esta exposición, tal concepción permite ser interpretada, siguiendo la apuesta por la contradicción y la antítesis del propio Giralt, en dos sentidos: tanto relativa al momento preciso del esfuerzo y el contacto físico con los materiales y soportes, como referente a su práctica a lo largo de una vida completa.

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