Foto: Daniel Fénix.

Nos citamos en Santander. No la provincia, tampoco la ciudad. En absoluto el banco. En Santander, Madrid, Plaza de Santa Bárbara. Cafetería Santander.

El clima, quizá sintiéndose aludido por el nombre de la cafetería, hace pensar en la playa del Sardinero en un día de tormenta. Llueve. Hace frío. Las olas espumadas de coches y humanos envueltos en plásticos y abrigos. Cada vez que se abre la puerta de la cafetería me hielo…, pero eso será luego. Primero estoy llegando. Llego. Y ya está Jesús Marchamalo dentro.

Ah, por fin. Nos ha costado como si fuéramos ministros de países distintos. Hay tantas cosas que hablar. Siglos de no ponernos al día.

Me lo paso como un indio (de Neverland) cuando me cuenta lo de la donación de sus papeles personales a la Biblioteca Nacional. Él, Marchamalo, y Muñoz Molina: haciéndole de telonero; para mí haciéndole de telonero.

Es un conversador deslumbrante. Dios mío ¿por qué llevaba tanto tiempo sin verlo? No hay un solo tema de los muchísimos que tocamos que quede sin terminar. Vamos, volvemos, cruzamos, giramos, pirueta en el aire, retomamos…

-Me encanta hacerme mayor. Decirle a la gente que ya voy para los sesenta.

Me río. A carcajadas, aunque cada vez que se abre la puerta de la cafetería Santander entra el frío del Cantábrico con sus olas de pasos apresurados y tubos de escape enmohecidos.

Como es natural sus interlocutores siempre pican al escuchar lo de los sesenta años, y le dicen que no lo parece, que quién se lo podría imaginar, que está espléndido. Y él se dobla de la risa, claro; qué morro tiene el tío. Es en ese momento cuando Daniel Fénix sale de debajo del asfalto y dispara la foto que ilustra este texto. De hecho el fotógrafo dispara dos veces, pero la otra imagen tiene tanto movimiento que no resulta apta para ser publicada en un periódico serio.

Qué joven está el viejo Marchamalo. La mirada burlona. Los proyectos a racimos. Los dedos bailando sobre los gatillos. Palabras rápidas y precisas, como dos pistoleros del norte bajo la lluvia y el frío del invierno sobre la arena de la playa del Sardinero, en Madrid; Mad Madrid, la ciudad que engloba todas las del mundo al mismo tiempo.

Los escritores -que nadie piense lo contrario- vivimos al borde del abismo y del hambre, como animales salvajes. Pero a veces… qué delicia de encuentros.

 

(Mecanografía: Walter Flores)

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