1961. Entonces pocos españoles volaban a Estados Unidos. Él viajó para quedarse, por trabajo, por inquietud, por sentir que podía abrir las puertas de un país que las mantenía cerradas. Su destino: Dallas, Texas. Allí aterrizó con hambre de libertad, con las maletas medio vacías para llenarlas y con la seguridad de haber sido bendecido por la barita de una hada madrina. Llegó para recorrer el camino de su propio camino, sin miedo a equivocarse y con la confianza de saber rectificar y comenzar de nuevo si fuera necesario.
Allí instaló su vida, en un pequeño apartamento cercano a su oficina. Y allí descubrió los ritmos afroamericanos, en un acogedor local en el que negros y blancos se reunían muchos días cuando empezaba a anochecer. Música contra el racismo cuando las diferencias estaban muy marcadas, cuando el color sí importaba.
Sobre la mesa, un tercio de cerveza. Sobre otra, otro. Los dos bebían a ritmo de jazz mientras movían la cabeza según sonaban el clarinete, el saxofón, el piano, la tuba…Todos a la vez o de uno en uno. Los dos se miraban de reojo, pero no sonreían; los dos compartían el movimiento de esos pies que parecían desprenderse del cuerpo y avanzar independientes.
Convirtió ese pequeño garito en su refugio particular. Alejado de la ciudad, del ruido, de la nostalgia que surge en cualquier momento cuando uno se encuentra lejos. Nostalgia que conseguía desvanecer cuando en su mesa, siempre la misma, el camarero colocaba su cerveza y aquellos músicos invadían el escenario. Entonces ellos entraban en otros. Solitarios, ambos, en busca no de una compañía concreta sino de  aquella que ahuyenta la soledad que oprime. Y se miraban pero no se hablaban. No necesitaban hacerlo. Y así trascurrieron sus primeros meses americanos. Dos hombres solos que se resguardan en su espacio para que la lluvia no les sorprenda; que se evaden cerrando los ojos y dejándose llevar. Ellos y el jazz.
Pasaba los 30 años. Allí fue tomando conciencia de que el tiempo corría, de que sus rutinas se acoplaban a Dallas, y de que la necesidad de escuchar jazz crecía. Quizá como ese joven de poco más de 20 años, con el que, tras meses, compartía saludo aunque las palabras escaseaban. Supo que fue marino, que estaba casado y que se llamaba Lee, a secas. Cuando la música comenzaba, ellos callaban. A veces, compartían mesa. Pero, sin más, Lee dejó de frecuentar el bar. Desapareció como las flores cuando se acaba la primavera.
Y llegó el 22 de noviembre de 1963. Dallas estaba conmocionada. El presidente John Kennedy había sido asesinado en la Plaza Dealey. Era la noticia dentro y fuera del país. El autor, Lee Harvey Oswald, también fue asesinado dos días después. Lo leía en un vuelo de regreso a España cuando el periódico se le cayó de las manos. Era la primera vez que veía su foto. Lee, repitió muy bajito, como si sintiera temor, como si quisiera que ese nombre se perdiera entre las notas de jazz que salían de sus auriculares.

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