Indalecio Prieto.

Decía Ortega y Gasset que el radicalismo sólo es posible cuando hay un absoluto vencedor y un absoluto vencido. Siendo esto así ¿por qué en España contemplamos una derecha radical y una izquierda moderada? Es evidente que existe un contexto, un pretexto y un ecosistema político que, con independencia de qué partido esté en el Gobierno, la derecha siempre procede con la autosuficiencia de los vencedores y la izquierda con el complejo de los vencidos.

Los conservadores actúan en un régimen generado a sus hechuras mientras la izquierda desde la Transición ha tenido que sufrir un proceso adaptativo que implicaba una paulatina terapia de inmunodeficiencia ideológica. La política de la derecha que empobrece a la mayoría de la población, que socava derechos y libertades, sólo encuentra como oposición un matiz, una corrección, un intento de moderar la radicalidad de su programa máximo.

El franquismo y su sociología hicieron retroceder un siglo a la nación, aquellos cien años de imposible convivencia posbélica que vaticinó Indalecio Prieto, y es por eso que estamos observando hoy como saltan las costuras de la restauración canovista rediviva. Entonces como ahora el sistema se ha convertido en una fantasmagoría sincrética que construye la descentralidad del régimen para que aparezca como radical cualquier planteamiento ideológico que no sirva incondicionalmente a los intereses de las élites económicas y sociales, y moderadas las políticas radicales afines a esas minorías organizadas. El discurso sufflé en que se fundamentó este asimétrico concepto de la moderación fue el consenso, entendido no como un proceso de creación política sino de abolición de la política.

Este estado de cosas convierte los problemas en asuntos binarios, sin claroscuros, con lo que las soluciones son cada vez más raras. Las tensiones territoriales, la negación autoritaria del conflicto social, el déficit democrático son expulsados de su formato polémico para circunscribirlos al ámbito del orden público, de la aplicación de la ley y la censura del fundamentalismo constitucional. Un escenario tan cerrado que obtura cualquier vía de regeneración. La izquierda se envuelve en una retórica de renovación identitaria o generacional que solapa su auténtica impotencia para la transformación política, socioeconómica y ética de la sociedad.

La quiebra institucional, la desafección de las mayorías sociales hacía el régimen, incluida la izquierda con un mensaje indiferenciado de las fuerzas conservadoras, el desprestigio de la política, por las excrecencias de su propia desnaturalización,  y de los políticos que la encarnan, la corrupción como corolario al desmayo moral, conducen a un desarrollo fallido del sistema de poder nacido de la Transición y sus profundas carencias democráticas. Si son imposibles las alternativas, las alternancias ya no son creíbles en un contexto donde las apariencias no puedan sustituir a la realidad. Y ese es el gran dilema de la izquierda: convivir con un atrezzo sistémico en el que su moderación representa radicalizarse en un espacio conservador que descompone su posición y función en la sociedad.

 

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