La cuestión judía siempre ha suscitado muchas controversias políticas y la propia definición del pueblo judío es controvertida. Pero, ¿acaso la definición del pueblo catalán, vasco o alemán no es complejo? El nacionalismo es siempre complejo pues se basa en identidades étnicas, históricas y culturales que suelen crear problemas con otras identidades nacionales o con entidades estatales. En el caso del pueblo judío la complejidad es mayor ya que no solamente es un pueblo sin Estado sino también sin territorio, como ocurre también con los gitanos. La reivindicación de un nuevo Estado, por una nación que tiene un territorio, como pasa con catalanes o vascos, es algo relativamente sencillo; pero los judíos, en el protectorado británico de Palestina, constituían una minoría y vivían, en su mayoría, fuera de ese territorio. Y en la actualidad sigue siendo así. Existen más de quince millones de judíos en el mundo y solo cinco millones viven en el Estado de Israel.

Theodor Herzl, el padre del sionismo, o lo que es lo mismo el padre del moderno nacionalismo judío, aspiraba a construir un Estado, un hogar con territorio propio para el pueblo judío en diáspora por el mundo y se barajó Argentina o Uganda, como territorios para el hogar de los judíos, ya que en esos territorios existían grandes espacios cuasi nuda propiedad y desechó la idea de Palestina precisamente porque ello podría engendrar una guerra con los árabes. Pero, finalmente, fue en el protectorado británico en Palestina donde se fraguó ese hogar para los judíos, desencadenado una guerra civil primero y después una guerra internacional que aún no ha finalizado. El sionismo o nacionalismo judío, tal y como lo expresó su fundador Theodor Herzl, bebía de las mismas raíces que todo el nacionalismo moderno. Theodor Herzl, fue el hombre practico del nacionalismo el que logró reunir a una gran parte de los judíos centroeuropeos y rusos para la formación, en Basilea, del Congreso Nacional Judío, es decir, el pre-estado de Israel. Pero el término judío no lo asocia Herzl a una religión sino a un pueblo en diáspora que había conservado en medio oriente, en el imperio otomano y en los imperios y monarquías europeas su identidad histórica nacional en medio de persecuciones, prejuicios y exclusiones. Hay que tener en cuenta que los pogromos, en centro Europa y Rusia, en el siglo XIX y XX eran moneda corriente y culminaron en la persecución sistemática del Estado fascista alemán al pueblo judío y el asesinato de seis millones de judíos.

La fundamentación del sionismo o nacionalismo judío nunca fue religiosa y la mayoría de las corrientes religiosas ortodoxas judías eran contrarias al sionismo y a la construcción de un Estado para los judíos. “Nueva York y Budapest son nuestra patria”, reclamaban los rabinos ortodoxos de los años veinte en Europa frente a la propaganda sionista.

Los prejuicios contra el sionismo venían de los rabinos ortodoxos que consideraron siempre al sionismo como una ideología liberal y pseudosocialista y también desde la derecha y el fascismo europeo que nunca dejaron de fomentar el antisemitismo y el racismo. También existieron prejuicios históricos desde la izquierda al sionismo. Churchill, en un famoso discurso, al referirse al conflicto entre el sionismo y el bolchevismo en Rusia, dijo que ese conflicto era por ganarse el alma del pueblo judío ruso. Ciertamente, uno de los partidos más importantes de la izquierda Rusa del siglo XIX era Judío, el partido Bund, que se integraría pronto en el partido socialdemócrata ruso pero que una gran parte mantendría unas posiciones de apoyo al sionismo, es lo que se denominó el sionismo socialista ya que el socialismo siempre ha tenido mucha importancia al interior del nacionalismo judío.

Theodor Herzl nunca pensó que la construcción de un Estado judío estuviera unido a la religión. Pensó siempre en un Estado laico, pacífico y con un Ejército meramente defensivo, aunque era consciente que la formación de un Estado para los judíos se debería a un acto colonialista;   y para el nacionalismo judío, el retorno a la patria histórica de Palestina nunca fue algo fundamental y más bien se barajaron lugares como Kenia y Argentina. Herzl tenía en su cabeza un territorio para colonizar que fuera refugio y patria común para los judíos perseguidos o discriminados. Quizás el gran error del nacionalismo judío fue implantarse en Palestina. Pero en todo caso, no cabe duda, que la ideología sionista, es decir, el nacionalismo judío, no es religioso en absoluto. Y por décadas, la mayoría de los gobernantes del nuevo Estado de Israel fueron socialistas que impulsaron proyectos de economía auto gestionado de inspiración socialista como los kibutz, aunque en una lógica de impulso del colonialismo.

La confrontación con el nacionalismo árabe primero y con el islamismo político más tarde han hecho de Israel un Estado cuyas alianzas internacionales se basan en los intereses de occidente y todo lo que ello conlleva en la zona; pero más allá de esta realidad, que incluye la violación sistemática de los derechos humanos de millones de palestinos y el apoyo a las políticas de las grandes potencias occidentales en la región, el Estado de Israel es una realidad que ,confrontado a una geopolítica hostil derivada del acto colonialista que supuso la construcción del Estado de Israel, ha ido transformando su naturaleza originaria nacionalista en un verdadero estado colonial -nacional.

En el ámbito del secularismo, el Estado de Israel se constituyó como un Estado secular no confesional aunque, desde el principio, tuvo que hacer concesiones a la gestión de los asuntos religiosos que se venían realizando por las distintas comunidades religiosas que existían en el territorio, antes de constituirse como Estado. Así, hasta hace muy pocos años, los únicos matrimonios validos eran los que se realizaba por rito religioso ya que los Registros Civiles tienen una naturaleza, en verdad, multiconfesional. Igualmente, son mucho los privilegios para las religiones establecidas, sobre todo para la religión judaica, ya que gozan de una financiación importante y su presencia en el sistema educativo es muy influyente. Además, desde los años sesenta, los judíos ortodoxos han irrumpido con fuerza en la política israelí condicionando la formación de gobiernos y profundizando el carácter colonialista del Estado.

Israel es un país muy secularizado, el más secularizado de la región. Aproximadamente el 70% de la población de Israel no tiene práctica religiosa y los no creyentes y ateos son muy numerosos. Sin embargo, en Israel, el significado histórico del sionismo se ha transformado y el nacionalismo ha devenido claramente excluyente. Y prueba a de ello es la recién aprobada Ley del Estado Nacional Judío , una ley fundamental que ensalza las tendencias más excluyentes del nacionalismo judío. En efecto, con esta ley se rechaza la idea definitiva de un Estado plurinacional , considerando el Estado de Israel como estado de hegemonía nacional judía y como única lengua oficial la hebrea-relegando definitivamente la lengua árabe- que hasta ahora era cooficial-. El simbolismo oficial se decreta exclusivamente hebreo- judaico. Además, y esto es lo más importante, se considera la autodeterminación como derecho exclusivo de los judíos, con unos objetivos que tiene que ver con la consolidación definitiva de los territorios ocupados y con el objetivo de evitar futuros movimientos de separación de la minoría árabe (alrededor del 25% en Israel). Si bien podemos decir que el Estado de Israel es un estado secular y responde a una sociedad muy secularizada mantiene muchos privilegios para la religión judaica y para reforzar sus rasgos de nacionalismo excluyente y colonialista está dando cada año más peso al simbolismo religioso judaico. En medio de esta realidad tan compleja, merece que hagamos mención a las palabras de un gran admirador del temprano Estado de Israel, Albert Einstein, que también, desde el principio, profetizó los peligros para el nuevo Estado. En efecto ya en 1938, antes de la creación del mismo Estado de Israel, Einstein vaticinó lo siguiente: ‘Quiero agregar unas pocas palabras, a título personal, acerca de la cuestión de las fronteras. Desearía que se llegase a un acuerdo razonable con los árabes sobre la base de una vida pacífica en común; me parece que esto sería preferible a la creación de un Estado judío. Más allá de las consideraciones prácticas, mi idea acerca de la naturaleza esencial del judaísmo se resiste a forjar la imagen de un Estado judío con fronteras, un ejército y cierta cantidad de poder temporal, por mínima que sea. Me aterrorizan los riesgos internos que se derivarían de tal situación para el judaísmo; en especial los que surjan del desarrollo de un nacionalismo estrecho dentro de nuestras propias filas, contra el que ya hemos debido pelear con energía, aun sin la existencia de un Estado judío’.

Y más tarde, en 1955, unos meses antes de su muerte, escribió lo siguiente: “el aspecto más importante de nuestra política debe estar siempre presente: manifestar el deseo de instaurar una completa igualdad para los ciudadanos árabes que viven en nuestro medio, y darse cuenta de las dificultades inherentes en su situación actual… La actitud que adoptemos hacia la minoría árabe significará la prueba verdadera de nuestros valores morales como pueblo”

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