La Majada

  • Mamá, ¿por qué nosotros no podemos comer hierba de la pradera?
  • Porque no es buena.
  • Pero Martín la come y no le pasa nada.
  • Martín es un irrespetuoso y un cara dura Y está escuálido. ¿Tú quieres acabar como él? Cuando venga el amo con el camión, ¿a quién crees que se llevará primero? ¿A Martín el desobediente o a ti que eres un buen cordero?

En la Majada todas las ovejas balaban al mismo son. Todas comían el pienso que el amo les echaba en la canal. La hierba, la tenían prohibida y cada vez que se acercaban a la era, el perro mordisqueaba sus patas. Excepto a Martín y a sus amigos que tras darle la vuelta con el testuz a uno de los perros, dejaron de acercarse a ellos.

La hierba no era mala para los borregos. Sólo que el pastor no quería que la comiesen porque tardaban muchos más días en coger el peso necesario para llevarles al matadero. Ni siquiera los caloyos se libraban de la comida del amo. La leche materna era complementada con productos de engorde con los que, en pocos días, pasaban ya al pesebre.

Ninguna oveja, hasta ahora, había permitido que sus crías pastaran en el campo. Pero Martín, empezó a hacer preguntas. El primer día que probó la hierba, le supo tan bien, que se acercó a su madre a preguntarle porqué ella no se acercaba a la pradera. La madre explicó a Martín que la hierba era mala. Provocaba una grave enfermedad que acababa en la muerte entre temblores y espasmos. Martín tuvo miedo durante un tiempo. Pero pasaban los días y no veía que nada malo le pasase. Así que se acercó de nuevo al prado y comió. Mucho. Cuanto más comía, más le gustaba. Y el tiempo seguía pasando sin que nada malo sucediese, así que dejó de preocuparse por una posible enfermedad y entendió que sólo era algo con lo que les metían miedo. Y entonces quiso saber la razón.

Todas las tardes, cuando salían de la majada, los perros cuidaban de que no se acercasen demasiado a la hierba. Las madres, para evitar que sus crías sufrieran mordeduras, regañaban a sus vástagos para que no se alejaran.

El día en el que uno de los perros se acercó a Martín, metiéndole el colmillo en la pierna y Martín, muy enfadado se dio media vuelta, cogió carrerilla y arremetió con su cabeza contra el perro, dándole la vuelta en el aire, un gran revuelo se montó en el rebaño. Ese día, todos los andoscos querían ser Martín.

Desde ese suceso, las madres tenían serios problemas para controlar a sus retoños y tenían que estar continuamente recordándoles que la hierba era mala y que, si la ingerían, morirían entre tremebundos dolores y retortijones.

Cuando los compañeros del cordero díscolo se acercaban a Martín, unos con admiración y respeto y otros con evidente reproche, y le preguntaban si no tenía miedo a la enfermedad o le aseguraban que moriría en unos días, Martín empezaba explicando que llevaba varios meses comiendo hierba sin notar absolutamente nada. Y entonces les contaba su teoría. Él creía que por alguna extraña razón, la prohibición sólo era una estratagema para meterles miedo y evitar que se acercaran a la pradera. Cuando alguna de las madres, sobre todo de las que reprochaban constantemente a Martín su inconsciencia y mala educación, oían la declamación de Martín, siempre le decían, “no adoctrines a mis pequeños”.

El día en el que el patrón se presentó con el camión a llevarse la camada al matadero, todos los corderos estaban temblando. Cuando llegaron a la altura de Martín, el pastor dijo

  • No, ese no, que aún no tiene el peso suficiente. ¿No ves que está escuálido? Lo dejaremos un tiempo más.

Todos los demás compañeros de su misma edad fueron arrastrados al camión.


 

Intolerancia

 

Hay cosas que calan inmediatamente en nuestras mentes con tal intensidad que parece que lo estábamos esperando. Son cosas sencillas. Pensamientos simples que automáticamente se instalan en nuestro cerebro que los asume como si fueran dogmas divinos. Son ideas que no te hacen pensar sino que se coligen de una naturalidad que no hace falta siquiera considerar de dónde vienen. Es como el mecanismo de un chupete. Nadie le ha dado por pensar que es lo que hace que funcione. Simplemente creemos que los niños lo aceptan porque se parece al pezón de su madre. Sin embargo, cuando lo observamos de cerca, vemos que se parecen como un huevo a una castaña.

Uno de esos pensamientos populares (o populistas, según se mire) es lo que ahora, estos que se dedican a la política como uno de sus negocios, han dado en llamar adoctrinamiento de los niños. Este es un pensamiento que cala hondo enseguida y que asimilamos sin pensar. Sabemos que los niños son ingenuos y también que son frágiles. Ergo, cuando un padre va con sus hijos a realizar algo que no creemos que esté bien, sintetizamos que el niño está siendo adoctrinado, porque pensamos que el pobre niño no puede defenderse de su padre, aunque no nos paramos a razonar si lo podría hacer de nosotros, que tampoco. Claro que ese adoctrinamiento que vemos en los demás, no creemos que en nuestro caso, sea aplicable. Adoctrinar es, para la majada española que se alimenta del pensamiento único televisivo, acudir a una manifestación con tu hijo al hombro. Igualmente si lo llevas de la mano a una manifestación por la república o a votar en un referéndum que desde el gobierno ha sido declarado ilegal.

Es evidente que, estos padres que creen que los demás adoctrinan a sus hijos y los usan como escudos, no creen lo mismo cuando obligan a los suyos a ir a misa o cuando matriculan a sus retoños en un colegio de una secta como el Opus Dei donde se fuerza a dar clase de religión, se segrega a los niños de las niñas e incluso, en algunas ocasiones, se acaba “invitando” a los padres de los niños menos capacitados a llevárselos a otro centro. Es evidente que para ellos eso no es adoctrinamiento sino el derecho de los padres a proveer a sus hijos de aquellas ideas que estiman como correctas.

El adoctrinamiento tiene mucho que ver con la falta de tolerancia. Quienes creen que su libertad es infinita pero no están dispuestos a que los demás puedan pensar que lo suyo es una payasada, siempre acaban alegando falta de libertad e intolerancia de los demás. Así es habitual que los católicos más fervorosos te pidan que respetes sus creencias pero no admiten que, por ejemplo, en una procesión celebrada en la vía pública uno pueda expresar su incomodidad por el corte de la calle o por la suciedad que produce la cera de las velas en el pavimento. Con la misma explicación de intolerancia, ellos pueden poner su bandera en la ventana, pero tú no puedes poner una Republicana, Comunista, Ikurriña o Estelada, por ejemplo en Madrid, a riesgo de que acabe viviendo la Policía Municipal a “invitarte” a que la quites porque contraviene la normativa municipal.

La intolerancia está de moda. Lo que nosotros hacemos es consecuencia de nuestros derechos y libertades. Lo que hacen los demás que nos disgusta, es consecuencia de la mala educación, de su intolerancia y de su falta de respeto.

La intolerancia además tiene apogeo en tiempos difíciles. Esto es otra idea simple. Si tú no tienes casi para comer, harás lo posible para que nadie se te acerque no vaya a ser que te quiten lo poco que tienes. Y sin embrago, si rascamos un poco en las profundidades de esa idea, es muy posible que el que pretenda el acercamiento, esté en las mismas condiciones que tú. Y siempre es más fácil luchar juntos que por separado. Y lo que nunca deberíamos hacer es luchar para el que, poniéndonos la comida en nuestro entorno, no nos deja probarla porque la quiere toda para él.

No quería hablar de Catalunya porque estoy bastante saturado del tema. Pero está claro que la intolerancia nos ha llevado dónde estamos. La intolerancia de los que quieren nuestra comida toda para ellos. De los que creen que sus razones son inequívocas y que, los que no creemos en ellas, es porque somos irrespetuosos e indecentes.

El nacionalismo tiene el mismo fundamento cognitivo que las religiones: NINGUNO. Es algo pasional y etéreo. Lo que quiere decir que es tan lícito creer en ello como no hacerlo. Como siempre la diferencia está en que los que creen, no son capaces de empatizar con los que no creemos y por tanto, están convencidos de que somos intolerantes. Los que no creemos, como en las religiones, estamos convencidos de que el que cree tiene derecho a ello, pero en su intimidad y sin obligarnos a consumir sus creencias. Nosotros no queremos imponer sino vivir en libertad. Los otros, los que estiman que los intolerantes y los que adoctrinan son los demás, quieren salvarnos e imponernos su verdad. Para ello nos presionan con miedo, Cuando eso no funciona, porque nos hacemos preguntas, usan la fuerza. Y te dicen que no quieren pero que tú les obligas a ello. Todos sabemos dónde lleva ese camino.

 

Salud, laicidad, república y más escuelas.

 

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Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentahistorias freelance o mejor dicho un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Ahora participo activamente en PODEMOS, más que por convicción, por la necesidad de regeneración. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Subjetiva y probablemente equívoca, pero es mi opinión. Si me equivoco rectifico. Sólo el que rectifica aprende algo. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.

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