En toda relación conyugal llegan los altibajos cuando menos se esperan, se superponen los momentos de exaltación mutua y los descensos vertiginosos a los infiernos más caldeados. También llega a veces ese momento en el que recurrir a nuevas experiencias más o menos revitalizantes puede ser una tabla de salvación momentánea para recuperar el pulso a una convivencia mortecina. Uno de estos experimentos de convivencia, el intercambio de parejas, puede servir de juego fatuo con efecto bumerán asegurado. Eso, un intercambio de parejas en toda regla, es lo que este lunes 19 de noviembre se escenificó hasta altas horas de la noche sobre el plató de una de las televisiones públicas más ruinosas y con menos audiencia de la parrilla, Canal Sur.

Los tejos descarados que le tiró el líder de Ciudadanos al del PP sólo son comparables al “desde el cariño” que le espetó Susana Díaz a Teresa Rodríguez

Este intercambio de parejas es, a todas luces, la opción elegida por los que han sido los dos principales actores de la política andaluza durante los últimos tres años y medio que ha durado la convivencia en el poder de PSOE y Ciudadanos, un gobierno de centro izquierda que viraba con inusitada frecuencia hacia una derecha complaciente con los poderes económicos sin que gracias a este acercamiento al IBEX 35 las cifras astronómicas de parados y de atraso estructural de la comunidad se vieran alteradas un ápice. Y así son ya casi 40 años de autonomía bajo el manto de un único partido en el poder: el omnipresente y todopoderoso PSOE de Andalucía, palabras mayores en la comunidad más poblada del país y la segunda más extensa, que sigue a la cola de demasiadas estadísticas como para sacar pecho por ello.

Susana Díaz, socialista de chupa de cuero rojo o verde según toque, ya sabe de las intenciones de la que ha sido durante tres años y medio su pareja de conveniencia virada a la derecha. No es no. Esta contundencia recuerda demasiado al Pedro Sánchez que le ganó las primarias en aquel día aciago para sus intereses personales de carácter nacional en mayo de 2017.

Susana Díaz ya se ve como en 2015, llamando a las puertas de unos y otros en un intento a la desesperada de evitar aquellos 80 días sin ser investida presidenta

Juan Marín, el sanluqueño más español de todos los imaginables por obra y gracia de su mentor, Albert Rivera, no se cortó un ápice y tendió a Juan Manuel Moreno Bonilla –Juanma Moreno a partir de ahora– la mano, el brazo y el corazón, a falta de un futurible desnudo integral como el que en otros tiempos no demasiado lejanos protagonizó su jefe en un cartel colgado de las Ramblas barcelonesas y principales plazas catalanas. Lejos de sorprender, confirmaba una tendencia natural de las ideologías impuestas a las siglas: las derechas a la derecha, las izquierdas –mal que les pese a algunos y algunas– a la izquierda. El centro, desierto a falta de pescadores que vengan con la caña a última hora, como la que quiso regalar Albert Rivera a todos los andaluces para no tener que comprarles pescado.

Los tejos descarados que le tiró el líder de Ciudadanos al del PP sólo son comparables al “desde el cariño” que le espetó Susana Díaz a Teresa Rodríguez, una pareja de izquierdas que esta noche sobre el plató de Canal Sur ni siquiera coincidían en el verde elegido para sus vestimentas, pero sí en el perfil de sus reproches mutuos, con el horizonte cercano de una animadversión personal que enturbiaba hasta ahora cualquier atisbo de entendimiento previo al 2-D. Verde más vivo el de la candidata de Adelante Andalucía, más apagado el de la socialista.

A sus derechas, el candidato del PP no quiso salirse del guión establecido por sus ¿asesores? En impecable traje de sastrería a medida con su corbata correspondiente, la imagen de Juanma Moreno remitía en muchos momentos a su predecesor Javier Arenas, la otra cara, en clave perdedora perenne, del triunfalismo socialista de cuatro décadas ininterrumpidas.

Marín el sanluqueño optó por un modelo más desenfadado, sin corbata, al que le faltaba solo el clavel en el ojal para hacernos creer que iba de feria. La ocasión lo merecía, ya que el baile que quiere comenzar con su colega del PP –después de tres años y medio de bailar pegados con los socialistas– puede parecerse, y mucho, al de John Travolta y Uma Thurman en Pulp Fiction. Con ese punto de locura que otorga la prometida bajada de impuestos, una cantinela siempre efectiva cuando entra en escena al llegar estas fechas preelectorales.

Una horquilla de siete escaños, sillón arriba sillón abajo, es la que les falta al dúo PP-Ciudadanos para ejecutarlo con primor y poner punto y final a 40 años de socialismo en Andalucía. Desde el borbollismo inicial, ya que su antecesor desistió de crear escuela del escuredismo, pasando por el chavismo de Manuel Chaves, y continuando por el griñanismo de Pepe Griñán y los cinco últimos de susanismo.

El entrañable “desde el cariño” que Susana Díaz le lanzó entre líneas a la candidata de Adelante Andalucía abona el terreno a otros cuatro años del PSOE al frente del cotarro. A no ser que rompan la baraja los “bloques de izquierdas y de derechas” a los que ella hace alusión en tono continuamente victimista, en un intento contrarreloj de arañar votantes a diestra y siniestra para lograr una mayoría holgada, que ni soñando la mejor de las encuestas del CIS alcanzaría tintes absolutos. Eso ya sólo quedó para los libros de Historia.

A sólo poco más de una semana del trascendental 2-D, Susana Díaz ya se ve como en 2015, llamando a las puertas de unos y otros en un intento a la desesperada de evitar aquellos 80 días que pasó sin poder ser investida tras ganar las elecciones.

Las encuestas repiten por doquier la misma cantinela: que vuelve a ganar el PSOE en Andalucía, pero perdiendo votos y escaños, mientras sube notablemente Ciudadanos, aunque sin respaldos suficientes para poder formar un gobierno de derechas por primera vez en la historia de esta autonomía debido sobre todo a un PP en clara regresión.

Ese “bloqueo” institucional del que tanto abomina Susana Díaz llama a todas luces a sus puertas desde la misma noche del 2-D. A no ser que el cataclismo electoral sea mayúsculo. Son los riesgos que cualquier intercambio de parejas conlleva, nunca se sabe calibrar a priori sus consecuencias.

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