En uno de los escritos de La Rebelión de las Masas, el filósofo José Ortega y Gasset, cuenta lo siguiente: “Hace unos días, Alberto Einstein se ha creído con “derecho” a opinar sobre la guerra civil española y tomar posición ante ella. Ahora bien: Alberto Einstein usufructúa una ignorancia radical sobre lo que ha pasado en España ahora, hace siglos y siempre. El espíritu que le lleva a esta insolente intervención es el mismo que desde hace mucho tiempo viene causando el desprestigio universal del hombre intelectual, el cual a su vez, hace que hoy vaya el mundo a la deriva, falto de pouvoir spirituel.”

A lo que Ortega se refería era al apoyo a la Segunda República por parte de Einstein en un comunicado al Congreso de Intelectuales Antifascistas, en el cual señalaba una critica a los EE.UU por su falta de apoyo real a la democracia española. La exaltada critica de Ortega a Einstein, muy a la manera hispana, vista con la perspectiva del tiempo, muestra que era él quien se equivocaba o no sabía analizar lo que sucedía en España, y el científico, extranjero, quien mejor acertaba sobre lo que estaba sucediendo en la Guerra Civil española.

Como si algunos ciclos de la historia se repitiesen, en el actual marco de la crisis del Régimen del 78, un conocido intelectual se quejaba de que fuera del país se veía obligado a hacer frente a preguntas y opiniones sobre la pervivencia del franquismo. Su queja y desazón, también muy a la manera hispana, para el que creía a España como un estado democrático y avanzado, los expresaba en un artículo viralizado a través de los grandes medios, en el que ente otras cosas, cargaba contra un periodista americano. A pesar de ser aludido (y atacado), este apenas tenía posibilidad de replicar al mediatizado y aplaudido artículo, que sin embargo, como en el caso Ortega-Einstein, el extranjero mostraba una mayor racionalidad y profundidad sobre lo que está ocurriendo en España, que el reputado escritor. Quizás la distancia sea una forma de ver mejor las cosas, sin el peso condicionante de lo emocional, pero también existen otras razones.

Antonio Gramsci planteaba que antes de la conquista del poder político, debía alcanzarse la hegemonía social y cultural, para lo cual colocaba en un papel protagonista a los intelectuales. Y los diferenciaba entre dos clases esenciales, como creadores de conciencia para la transformación social o justificadores ideológicos del orden establecido. Y es que el papel de la intelectualidad ha ido variando. Desde el antifascismo mayoritario en la Guerra Civil y posteriormente en la Guerra Mundial, el espíritu contestatario de los sesenta, la praxis revolucionaria de los setenta, al progresivo abandono de toda noción de compromiso histórico a partir de los ochenta, para acabar en la actualidad, con el intelectual diluido frente a los “opinadores mediáticos”, deambulando entre posturas levemente criticas, que cuando está en peligro el status quo, se convierte en genuflexiones al orden vigente. Solo algunos, una minoría con escaso espacio, siguen ejerciendo la intelligentsia crítica. Y una voz sin altavoces, es un susurro en medio del ruido. Lo que hoy gobierna los estados de opinión, lo que crea relato, lo que se viraliza y televisa, es precisamente ese ruido que recorre todos los rincones de la comunicación. Esto se da además en un contexto de banalización, de terminología sin argumentos, cuando la consigna fácil ha sustituido a la reflexión y el análisis de fondo, que requieren, conocimiento y tiempo.

Si en otros tiempos los intelectuales criticaban al poder y de ese modo definían su propio rol en la sociedad, hoy parecen esperar que sea el poder quien defina su función. Y esa definición se produce de muchas formas, en general aquello que les proporciona mejores pistas de aterrizaje, ya sean institucionales o comerciales. Así se puede ser un critico abstracto y genérico, (el cambio climático, la paz mundial…), pero se entra en zona de obras si se cuestiona el establishment. Son formas de cosmetizar el sometimiento o como señalaba Ricardo Pligia: “Han aceitado la propia conciencia para pasar de la tradición de los vencidos a la tradición de los vencedores.” Y es que en los contextos dominantes, el poder no necesita que lo justifiquen, sólo que lo legitimen. Para poco más sirven unos intelectuales acomodados, convertidos en escribidores (en muchos casos mediocres), algunos exaltadores de lo más negativo que domina la opinión pública. Lejos de construir una cosmovisión que cuestione las “verdades oficiales” (ir a contracorriente es la esencia del intelectual), se ofrecen como hooligans que esperan el aplauso mayoritario, que hoy consiste en la reproducción masiva en redes y medios.

En el ensayo “La desfachatez intelectual” de Ignacio Sánchez Cuenca, señala que “aquellos intelectuales que han interpretado el reconocimiento público que reciben por una obra literaria o ensayística como una forma de impunidad”, y que “son los medios quienes crean líderes de opinión que en realidad no tienen capacidad de opinar con fundamento.” Quizás no se percaten que no son ellos quienes dominan el terreno de juego, ni sus reglas, ni son los árbitros del partido y mucho menos dominan las estructuras. A lo que más llegan es a bufones de lujo en el cortijo. Es por ello que resulte aún más triste, que pocas veces como ahora, que el poder tenga tantos intelectuales a su servicio. Esta sí pude ser la razón, del desprestigio del hombre intelectual del que hablaba Ortega.

 

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