En la calle Alcalá de Madrid se encuentra la imponente y bellísima sede del Instituto Cervantes, un organismo dedicado a la difusión de las lenguas de España y la cultura en el exterior. Sorprendentemente, no se desde hace cuánto, pero me lo imagino, apareció hace unas semanas engalanada con unos estandartes-banderas rojigualdas de dimensiones descomunales que cubren toda su fachada. Este revival de banderas contra Cataluña debería abochornar a muchos y lo veremos en un futuro. Se quiere cultivar una supuesta identidad nacional superior a otras naciones en España y para eso se utiliza esta bandera oficial del Estado como una bandera beligerante. Ese es el significado de todas estas banderas que se ponen en los balcones. Se potencia un civilismo beligerante contra las aspiraciones de independencia de millones de catalanes. En vez de fomentar la convivencia y el dialogo se potencia el lenguaje simbólico bélico. Y eso es lo que ha hecho el Instituto Cervantes al engalanar su bellísima sede de la calle Alcalá de Madrid con esos estandartes rojigualdos. Parece un despropósito que los organismos oficiales se engalanen de rojigualdas haciendo seguidismo a las guerras de las banderas. A muchos políticos españoles se les llena la boca hablando de la antigüedad de la nación española. Y ciertamente es así y ello tiene su lastre, al no haber existido en España una verdadera revolución liberal-burguesa. El problema de fondo es la identidad nacional española que, en sí misma, es una identidad excluyente fundamentada, no en los elementos de la ilustración, sino en la evocación histórica de reconquista basada en la exclusión del árabe y del judío y en la fe católica para más tarde añadir el elemento colonial imperial. Así pues la identidad nacional española se podría decir que es nacional católica y colonial imperial. Piénsese en la identidad nacional francesa, por ejemplo, que esta sustentada no en el catolicismo y en la exclusión sino en el concepto moderno de ciudadano, de la soberanía popular y del laicismo con su bellísimo lema de libertad, igualdad y fraternidad. Marianne frente a Isabel a la católica. Una identidad nacional revolucionaria moderna frente a una identidad histórica con una función reaccionaria.

El engalanamiento en balcones y ventanas con la bandera española no es más que un guerra- civilismo de nuestro tiempo. Es el “a por ellos” es el “hemos ganado”; en vez de buscar lugares de encuentro, de dialogo, se impone la razón de la fuerza con argumentos jurídico políticos bizarros que han hecho que los Jordis estén en la cárcel.

La presentación de la camiseta oficial de la selección española de futbol ha causado gran división de opiniones y solo porque una franja azul parece ser morada. El recuerdo a los colores de la bandera de la segunda república ha puesto en pie guerra a los tertulianos de las televisiones y radios. Nada que recuerde a un hito de progreso de la historia de España es bien aceptado; esa bandera tricolor, esa bandera republicana, no forma parte, se dice, de la Nación.

Muchos son ya los que opinan que España se encamina, a paso ligero, hacia un nuevo autoritarismo aceptado pacíficamente por amplias capas sociales; un nuevo autoritarismo que va aceptando la devaluación de los hábitos de la democracia y el recorte de libertades públicas e individuales. Es el precipicio hacia una involución en medio de la degradación de un régimen político, el del 78, que ya no cabe en sus costuras.

 

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