El nombre ya engancha. Sí, soy lo que instagramo. Se ha escrito ya mucho sobre esto del postureo en las redes. Y digo esto sin haber leído mucho sobre ello, pero imagino que habrá mucho. Ahora se escribe sin investigar, sin realizar un estado de la cuestión, sin ver si eres repetitivo o no, si tu discurso interesa, vertemos palabras más o menos bien enlazadas buscando que nos quieran en las redes. Pero bueno, al lío. Ahora basta con subir una fotografía o un vídeo, más o menos con buenos filtros; más o menos vendiendo cuerpo, dinero o marca para mostrar lo que eres. Con eso es suficiente para relatar tu vida, tu ser, tus maneras de vivir.

Os voy a confesar una cosa (no sé si lo hace más gente, lo dicho, no investigamos ya lo que hacen los demás): capturo fotos de mucha peña y me las quedo para mi colección privada. No es una colección para entregarme al onanismo post- conexión, colecciono para reírme. No sé si es irrespetuoso o insano. La verdad es que reír siempre me ha parecido saludable y resguardar en tu intimidad de quién te ríes me parece bastante respetuoso, visto lo visto en general, donde cualquier insulto, opinión o insulto-opinión se vomita sin pensar las consecuencias afectivas.

Bueno, al lío. Hay fotos súper graciosas, sobre todo aquellas que no consiguen lo que buscan, o lo que se intuye que buscan. Pero parece más elegante hablar de las propias que de las ajenas así que eso haré, aunque sea bajo el manto de la ficción.

Por ejemplo, cuando uno se quiere dar importancia y dice: “Desconectando en Ibiza” pero la foto es de un plato combinado con arroz que se ve de lejos que está duro y una chuleta que lleva muerta más tiempo que algún presidente latinoamericano. O si vas a Nueva York, que es como el viaje que te legitima como persona premium enterada de lo que pasa en este mundo, y subes una fotografía cada diez minutos, que es casi una manera de decir: necesito vuestros aplausos por todo lo bien que me lo estoy pasando ¿no veis cómo sonrío? ¡soy feliz!… Se ve que en tu pueblo no eres feliz, porque no te sacas una instantánea ni con los chotos.

O esas otras fotos donde quieres vender que estás de fiesta y tu compañía son dos personajes sacados de una spoof movie. Uno parece “la salchicha peleona” (¿por qué no traducirán estos títulos cuando se les necesita, verdad Nacho?) otro parece el muñeco Chucky y tú, que te ves con buenos ojos o estás acostumbrado a verte, pareces el payaso de ”It”.

Otras fotos son para demostrar el trabajo que tienes, tanto si es para presumir como si es para lucir que a pesar de ser basurero todo tiene su aquel. La foto en cuestión tiene una puesta en escena peculiar porque debes salir retratado a la vez que se debe mostrar algo que identifique claramente lo que haces y que esto sea guay. También puedes aprovechar que vas a la Cadena SER a hablar un día para pregonarlo a los cuatro vientos, aunque tu relación con la cadena sea más bien la de oyente del Carrusel Deportivo. O puedes salir con una celebrity, aunque ésta ponga cara de “por Dios que no la suba a las redes” como para que parezca que eres súper colega y que desayunas con Morgade, meriendas con Goyo y acabas en el Yakitoro de Chicote con el Mago Pop.

Obviamente no podemos olvidar las fotos que “customizas” para intentar convertirlas en “meme”. Aquello de “meme” debería venir por “memez” o “memo/a”. Y te haces una foto como mandando un beso a los 42 seguidores que tienes para desearles un feliz día y lo adornas con corazoncitos o morritos.

Lo jodido de todo esto es cuando ves que a otros les funciona y a ti no. Que no tiene ninguna repercusión, que nadie celebra tu foto, que tu foto funciona menos que el buzoneo (¡cartero comerciaaaal!), las encuestas a pie de urna o los agonías que venden solidaridad por las calles formulario en mano.

Pero, pero, pero…a pesar de todo, yo instagramo y capturo y al lío.

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