Empezaré con una obviedad: nuestra sociedad ha cambiado mucho en los últimos años, en particular a raíz de la ultracomunicación y la megaconectividad a las que estamos sometidos.

Hace años, antes de que cambiara la política (para seguir siendo lo mismo, dirían algunos), nos quejábamos de falta de información. De que el ciudadano de a pie no estaba suficientemente al corriente de lo que acontecía, en torno a la política en general y los políticos en particular.

Desde entonces, hemos aprendido que el problema no es la falta de información. En todo caso, la falta de transparencia. Y cada día comprobamos que a esta ausencia de transparencia hay que añadir un lastre más: la falta de filtros.

El 2018 está siendo convulso en muchos sentidos. Desde luego, para el PP y Ciudadanos se ha convertido en el año de su descontento y por ahora no hay visos de que vaya a cambiar. Sin embargo, les queda una última mecha por encender y corren con cerillas y mecheros, buscando prenderla desesperadamente para llevarse el mérito de recomponer los trozos tras la explosión: el conflicto catalán. Fomentado en gran medida por los primeros y aprovechado al máximo por los segundos, confían en él porque creen que es lo único que realmente puede desviar la atención de los másteres, la flaqueza de unos y las volteretas ideológicas y la falta de programa de otros. Aquí es donde la sobreinformación juega a su favor.

Continuamente las redes, los medios de comunicación y las calles se llenan de gestos y símbolos de uno y otro lado. Como un virus, se multiplican y se magnifican, gracias a voceros interesados.Nos llegan continuamente noticias de lazos amarillos colocados aquí y allá (por cierto, que los independentistas catalanes son excelsos en su uso de las redes y los demás partidos no pueden hacer otra cosa que intentar ponerse a su ritmo, hasta ahora infructuosamente). Y luego recibimos información sobre los lazos retirados de aquí y de allá. Y después nos cuentan que alguien (qué más da el bando) ha agredido a otro alguien. Esta semana hemos visto un ejemplo interesante de cómo funcionamos ante estos estímulos: el caso del periodista de Telemadrid agredido en una manifestación convocada por Ciudadanos.

Lo primero que supimos es que en una concentración convocada por Cs, precisamente para manifestar su repulsa por el caso de una mujer que había sido agredida por retirar lazos amarillos, un cámara de Telemadrid había recibido varios puñetazos porque los manifestantes habían considerado que era un trabajador de TV3 (como si esto fuera motivo para agredir a alguien) y lo acusaban de provocador.

Las redes ardieron ante semejante barbaridad. Los defensores de la retirada de lazos comenzaban a menudo sus mensajes con un “Ante todo, máxima condena a cualquier tipo de violencia”, para poder continuar con un “pero…”. Aquellos que ponen lazos, o respaldan a los que lo hacen, inmediatamente sacaban a relucir la paradoja de que eso hubiera ocurrido en semejante convocatoria, hablaban de fascismo, etc.

Pero, cuidado, más tarde nos enteramos de que, en realidad, el cámara había golpeado a un caballero de edad avanzada antes de que lo agredieran a él. Uy, la cosa cambia mucho. Las redes callan, sopesan unos minutos. Los que antes escribían con tono de disculpa, ahora agreden, y viceversa. El cámara había pasado de víctima a agresor en los segundos que duraba el vídeo con el puñetazo.

Pero, ¡caramba! No queda ahí el asunto. En un inesperado giro de los acontecimientos, La Sexta informa (con imágenes) de que el cámara en realidad no quería agredir al hombre, sino que notó un tirón en su equipo de grabación que estuvo a punto de tirarlo al suelo y romperlo y se giró para encarar a la persona que lo había hecho, con la mala fortuna de que su puño se topó con el anciano.

¿Y ahora qué? Llegados a este punto, hemos agotado toda la carga emocional para enfadarnos, desenfadarnos, ser comprensivos, justificarlo, dejar de justificarlo, etc. Lo cierto es que la anécdota es casi ridícula (no las agresiones, sino la respuesta a través de las redes de quienes NO estuvieron allí), pero desgraciadamente, esto nos ocurre de continuo. Vivimos hambrientos de datos, de esa información que pedíamos hace años. Pero no sabemos qué hacer con ella. Reaccionamos inmediatamente ante lo que no nos gusta, pero no nos paramos a pensar en nada más, no comprendemos los matices, no nos interesan.

Sin embargo, el siglo XXI exige que seamos ciudadanos conscientes, responsables y activos. Los conflictos que nos envuelven son demasiado grandes y tenemos cada vez menos tiempo para intentar resolverlos o paliarlos si queremos que las generaciones futuras tengan un futuro. La inmigración, el hambre y la explotación, los éxodos forzados por los conflictos bélicos y religiosos, la desigualdad social y de género, la pérdida de derechos en los países de Occidente, el cambio climático, la radicalización de grupos racistas y xenófobos, la disgregación paulatina de la Unión Europea… Todo esto, y mucho más, nos acecha. No deja de maravillarme que sigamos preocupándonos de lo pequeño, de qué dijo quién y cómo.

Las claves para combatir la apatía generalizada y la superficialidad de las redes son múltiples. Quizás deberíamos empezar por leer más allá del titular. Contener nuestra respuesta hasta tener todos los datos. Valorar la importancia de que alguien en un rincón recóndito diga una tontería que pueda resultar ofensiva y la necesidad de darle publicidad, ni siquiera para denunciar la ofensa. Profundizar en los problemas, no quedarnos en el símbolo.

En fin, tal vez sea solo que estos tiempos nos han pillado con el paso cambiado y no sabemos aprovechar sus bondades y descartar lo que no nos es productivo. Pero me temo que estamos ante un cambio de mentalidad que nos sitúa en la superficialidad, en la letra gorda y los trazos gruesos… Nos hace fácilmente manipulables y es responsabilidad de todos valorar el punto en que nos encontramos y combatir en lo posible esta tendencia. Como sociedad nos jugamos mucho, entre otras cosas, la convivencia.

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Feminista de izquierdas, traductora, intérprete, soñadora, inconformista y cada día más rebelde. Exiliada política de otros tiempos, cuando no era deshonra y aún podías tener un futuro digno. Nací independiente, pero fiel a mis principios. Y así sigo.

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