Tengo a un japo delante, a centímetros de mi cara, con los ojos brillantes y una sonrisa vesánica.

-¿Y ahora qué me dices, y ahora qué me cuentas, tigrecito a rayas? Rayas rayas rayas.

No me extraño de que el japo hablo en español ni tampoco ni que repita tres veces lo de rayas; aunque quizá la repetición tenga algún tipo de intención malvada.

-¿Qué te digo de qué, japo?

Se ríe como una vaca a la que han transportado en helicóptero desde un desierto hasta una verdísima pradera irlandesa. Una risa que da miedo. Y entonces reconozco la cara.

-H*****s, pero si eres Yusuke Hasegawa.

-Sí ser, yo ser Yusuke Hasegawa.

Me sigue sin sorprender que ahora hable en español como lo hacen los guiris y mi antigua amiga Doña Croqueta, con infinitivos y pronombres innecesarios

Se ha puesto serio, el de los ojetes rasgados, pero la locura sigue brillando en su mirada.

-Malasia, gran premio de Malasia. Honda demostrar. Gran demostrar. Podium. Triunfo. Gran éxito.

-¿Ha ganado Fernando?

Y entonces una risotada brutal, tan grande que me despierta. Estaba soñando. ¿O no? ¿Qué día es? ¿Ha pasado ya la carrera de Sepang? ¡Monóculos de mono araña bailando junto a la vaca en el prado!

Enciendo la tableta, nervioso y casi temblando. Sin casi. Tengo que reformarme: nado demasiado en burbon mientras los demás están sobando.

Entro en la página oficial de la F1 y me encuentro con Fernando Alonso tercero y con Fernando Alonso quinto. Pero no es la carrera. Son los libres. Y en ese momento me viene otra imagen del sueño, pero esta vez la cara está desdibujada, aunque es de un europeo. Ah, claro, debe ser Mario Illien, el suizo que iban a contratar los de Honda para que no se fuera Alonso. Busco su nombre en la telaraña, y ahí está.

Mario Illien, un genio de los motores. ¿Por qué hierbas secas no lo contrataron antes? Podría poner aquí todo el rollo, pero quien esté interesado en saber quien es el Megacabeza que lo busque como he hecho yo, y listo.

Porque ahora estoy en otra cosa. Ahora tengo la sensación de que ha sido un sueño premonitorio. ¿Qué me ha dicho el japo? ¿Qué ganaba Alonso o que se subía la podio? Lo que sea. Abro mi página de apuestas favoritas (no pienso decir cual es hasta que esa amable gentuza no me ponga una faldita sexy y publicitaria al final de mis sesudas frases y palabras).

Lo pagan 251 a 1. El triunfo. Caramba, es menos de lo que imaginaba. Y además es el cuarto posible ganador según la tabla de premios. Habrían sido mejor 2500 a uno, pero no está mal. Si invierto -lo mío es una inversión: he tenido un sueño premonitorio- cien euros me daría 25.000. Poca pasta. Pincho, manipulo, escribo y apuesto 200 pavazos (si los dólares son pavos los euros son pavazos, que para eso son más caros).

Y minutos después me vuelvo a quedar dormido. Es de día, por la mañana. La luz del sol rara vez me cae simpática: tiende a durar y brillar demasiado.

Otro sueño, por favor. (Que tengo una pesadilla en la que me llaman del banco para decir que no había fondos cuando hice la apuesta y Fernando Alonso, el gran Fernando Alonso, ha ganado).

CODA: Qué guapo y auténtico lo del puñetazo contra la pared en Singapur, cuando Max Verstappen le sacó de la competición y él ya se veía ganando.

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