Contra todo pronóstico y fracasadas todas las encuestas, el candidato de la izquierdista Alianza, Salvador Nasralla, ha ganado las elecciones hondureñas, derrotando por casi seis puntos porcentuales al presidente de la República de Honduras y candidato del Partido Nacional, Juan Orlando Hernández. Nadie lo esperaba, la sorpresa  fue mayúscula en la capital hondureña. El Tribunal Supremo Electoral (TSE) de Honduras estuvo retrasando la entrega de los datos a la opinión pública durante horas, al tiempo que los candidatos Nasralla y Orlando se otorgaban la victoria en las urnas; durante unas horas el país tuvo dos presidentes y la tensión era palpable en ambos bandos. El fantasma de un presunto fraude planeaba en el ambiente.

 

Mención aparte merece la inoportuna y poco apropiada actuación del presidente Orlando, quien se autotituló ganador durante horas desconociendo los resultados oficiales y mostrando escasa prudencia ante una situación tensa, confusa e incierta que no se veía desde la crisis acontecida hace ocho años. Se portó más como un candidato al uso que como el presidente de la República que debía haber sido en ese momento. Tampoco las huestes de la izquierda estuvieron muy atinadas cuando durante la noche se manifestaron violentamente delante de la sede del TSE –situada en un hotel capitalino- y, de no ser por la policía presente en el lugar, casi la asaltan.

 

Los partidarios de Nasralla, conviene recordar, son “hijos” políticos del expresidente Mel Zelaya, que fuera depuesto hace ya ocho años tras llevar a cabo una política  caracterizada por una sinfín de garrafales errores. Como recordarán, el golpe de Estado o el cambio institucional, según la denominación que se le quiera dar a los sucesos de 2009, en que Zelaya fue sustituido en la presidencia de la República por Roberto Micheletti –entonces presidente del parlamento hondureño-, tuvo su origen, entre otros asuntos, en el asunto de la reelección del entonces presidente. Ahora, sin embargo, las cosas han sido bien distintas, y  Orlando cambió el ordenamiento constitucional para permitir su reelección, siempre criticada por sus adversarios y vista con susceptibilidad por algunos sectores del país que temían que esta acumulación de mandatos por parte del presidente sirva para que se altere el sistema de pesos y contrapesos en la democracia hondureña. Ahora, paradójicamente, le servirá a la izquierda –si lo desea- para perpetuarse en el poder. Lo que no les dieron entonces, se lo han dado inesperadamente sus enemigos políticos. Paradojas de la política hondureña.

 

La coalición ganadora Alianza es un grupo nacido tras la crisis del Partido Liberal en el año 2009, en que un sector se escindió apoyando al depuesto presidente Mel Zelaya y en que el mayoritario siguió en las filas de la formación que hasta ahora se había alternado en el poder con los nacionales durante más de un siglo. Zelaya, precisamente, fue el fundador de una de las formaciones que componen la Alianza –Libre- y su gestión como presidente estuvo plagada de boutades y vulgares meteduras de pata, tanto en su política interior como exterior. Su acercamiento a los regímenes de la Cuba de Castro, la Venezuela de Hugo Chávez e incluso Irán, por citar tan sólo algunos de sus principales socios en la escena internacional, llevaron al país a un aislamiento internacional desconocido en la historia de la nación. Tantos Estados Unidos, como la Unión Europea y las principales naciones democráticas del continente, dieron la espalda a Zelaya y vieron con alivio cuando fue depuesto en el año 2009, haciendo la vista gorda a la forma abrupta en que fue sacado de la escena política. Se había convertido en un personaje bufonesco, grotesco e incómodo para todos.

 

Habrá que ver el grado de dependencia que tiene Nasralla de Zelaya y si la coalición ganadora se mantiene cohesionada, con objetivos comunes y un programa coherente que sepa hacer frente a los grandes retos y desafíos que tiene el país ante sí. Además, el nuevo presidente no tiene mayoría en el legislativo, los nacionales cuentan con una gran fuerza en esa instancia y para lograr acuerdos legislativos que puedan sacar adelante proyectos vitales harán falta grandes acuerdos y consensos. De lo contrario, el país podría verse abocado a un bloqueo político.

 

MUCHOS RETOS Y DESAFÍOS EN LA AGENDA PRESIDENCIAL 

Una de las paradojas de estas elecciones es que el Partido Nacional no ha perdido, sino todo lo contrario: ha subido cuatro puntos con respecto a las elecciones del 2013 pero ha sido incapaz de contener la marea política en favor de la Alianza, que sobre todo roba votos a los liberales y a otras formaciones más pequeñas.

 

Pese a la victoria,  el trabajo que tiene ante sí el ganador de las elecciones, el ya futuro presidente Nasralla, es inmenso. El presidente saliente asegura que ha habido grandes avances en materia de seguridad, pero este asunto sigue siendo la principal preocupación para la mayoría de los hondureños y tiene que haber más logros, sobre todo en lo relativo a la batalla contra el narcotráfico, la desactivación de las famosas maras que acaparan  la responsabilidad de una buena parte de los delitos perpetrados en el país y en la reducción de la alta tasa de homicidios que todavía padece Honduras. De la misma forma, el presidente tiene que seguir luchando en la erradicación de la pobreza porque si vienen es cierto que ha habido algunos avances en los últimos años, que son palpables a nivel de calle en Honduras, el país sigue siendo el segundo más pobre –o el tercer, depende la fuente a la recurramos- del continente; más del 60% de la población hondureña es pobre o vive en la pobreza extrema. Otras reformas necesarias para el país, por resumir los grandes problemas, son la salud y la educación, asuntos capitales en la agenda de cualquier nación que requiere cambios radicales e implementación de programas de universalización, profesionalización y adecuación a la realidad hondureña más allá de los planteamientos teóricos esbozados en la última campaña electoral. La lucha contra la corrupción es otro asunto capital que debe figurar en la agenda del presidente.

 

En lo que respecta al legislativo, en el parlamento surgido de las elecciones ninguna de las fuerzas políticas hondureñas obtiene una mayoría clara y el resultados arrojado por las urnas lo deja en manos de las tres principales fuerzas –el Partido Nacional, la Alianza y el Partido Liberal-, aunque señalando la presencia de otros actores menores que no tendrán un peso significativo en el legislativo de cara a pactos y acuerdos para sacar adelante proyectos legislativos. Sin embargo, un acuerdo entre los liberales y la Alianza para elegir un presidente  de consenso  en la cámara puede ser determinante para el futuro del país, toda vez este cargo tiene una gran importancia y protagonismo en la vida política de Honduras. 

 

Finalmente, ¿hubo fraude?  Rotundamente, no. Pero eso sí se debe decir, los resultados debían haberse ofrecido antes al pueblo hondureño, y se hubiera evitado la ceremonia de  confusión que se vivió –y se vive- en los días posteriores a las elecciones. Pero, por ahora, la tensión entre ambos bandos sigue intacta y en Tegucigalpa reina una calma chicha. Veremos qué pasa.

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