“La indefensión es un concepto jurídico indeterminado referido a aquella situación procesal en la que la parte se ve limitada o despojada por el órgano jurisdiccional de los medios de defensa que le corresponden en el desarrollo del proceso. Las consecuencias de la indefensión pueden suponer la imposibilidad de hacer valer un derecho o la alteración injustificada de la igualdad de medios entre las partes, otorgando a una de ellas ventajas procesales arbitrarias” (Definición otorgada por Wikipedia). La indefensión política, es una construcción conceptual, o un neologismo, al que tenemos que acudir para describir la situación en la que los ciudadanos de diversas comunidades de sitios varios de occidente, ven conculcados sus derechos básicos y elementales, como el de tener un trabajo digno, el acceso a la salud y a la posibilidad de acceder a un sustento económico que no lo transforme en un marginal o en un producto residual del sistema imperante.

Esta categoría jurídica,  de indefensión jurídica, deber ser asimilada normativamente, contemplada en la letra de los diferentes compendios legales de los distintos países que se precien de respetar irrestrictamente los derechos básicos universales. El estado de indefensión jurídica, debe corresponderse, conque el ciudadano, o colectivo de ciudadano afectado, no encuentre dentro del sistema político, del cual, obligadamente es parte, una posibilidad de respuesta. Es decir, y como para que quede absolutamente claro, en ningún caso, puede ser variante o ariete, partidocrática, partidaria o ideológica, el alegar, esta situación de indefensión, sino que por definición, es precisamente la orfandad, clara, prístina, contundente y meridiana, en que o los, afectados, se ven o sienten sometidos, ante su estado rector, que paradójica o perversamente, fue creado y es sostenido, para resolverle los problemas que tuviere u otorgarle una mejor calidad de vida democrática.

El bien jurídico mayor de cualquier ciudadano ante un derecho colectivo es que le sea garantizado una vida en democracia, y cuando esto no ocurre, el mismo ciudadano debe agotar las instancias para llevar adelante este reclamo en todas las sedes y ante todas las instancias judiciales, de su país como de los diferentes países que conformen instituciones internacionales en defensa de los derechos universales del hombre en cuanto género. No podrían objetarse ante esto, cuestiones metodológicas o de fueros, la justicia en cuanto tal, debe preservar y hacer cumplir el precepto democrático por antonomasia que es que la ciudadanía o el ciudadano afectado, vea en algún punto, o ante la falta o ausencia de que su tema no es abordado, de que no se encuentra en este estado de orfandad o tal como lo definimos para que este contemplado, legalmente, de indefensión política.

Sí los ciudadanos no somos capaces de despojarnos de la servidumbre voluntaria y continuar sometidos a conceptos políticos, que vienen desde hace siglos atrás, y que ni siquiera pueden ser discutidos en los ámbitos académicos, no sólo hablaría de nuestra enfermedad social, como una especie de síndrome de Estocolmo, en el que cual nos hemos encariñado con quiénes nos someten, sino también de nuestro propio incumplimiento con nuestros cuerpos legales occidentales, que nos hablan, en términos más o menos similares o semejante, de conceptos como la libertad y la justicia, dado que de un tiempo a esta parte, estamos dejando, a jirones, nuestra condición de seres humanos, siendo víctimas o cómplices de tantas situaciones inhumanas de las que padecemos o de las cuales somos testigos, mudos o tartamudos.

Antes de justificar, sea la violencia como último reducto de la razón de las cosas, o incluso el derecho a la resistencia o la sedición, debemos establecer en nuestros organismos multilaterales de defensa de los derechos humanos, que esta figura legal, sea establecida con claridad y facilidad de acceso, para todos aquellos ciudadanos del mundo, que crean y sientan que sus necesidades políticas, están a la intemperie de la incertidumbre más extensa y sideral, por parte de un sistema político, que les ha prometido, y le sigue prometiendo, como un abuso casi perverso de la expectativa, precisamente lo contrario.

Este sistema que ha encontrado en la política, la forma menos problemática del día a día de la mentira necesaria de la humanidad, hizo surgir a la democracia como alter ego de un sistema perfecto. En el mismo todos debemos decir, sentir y trabajar en una igualdad inexistente, en una similitud de condiciones para la letra muerta de lo que llaman ley, que luego será interpretada, por otro grupo de privilegiados que nos dicen cuanto les corresponde de castigo al que hizo expresa la ruptura con el pacto social, con el que se salió del acuerdo tácito del que está todo bien.

Y cambiar la ecuación democrática, sería simplemente poner en blanco sobre negro, que para esta democracia en la que nos hace vivir la clase dirigente (a la que sí le sirve vivir en estas condiciones, porque son los que más cobran, los que más beneficios tienen, etc.) la igualdad ante la ley y ante las oportunidades, es una mentira cada vez más flagrante y cada día menos verosímil.

No por casualidad en lo más granado, al menos del poder simbólico, se hable, se trabaje de la palabra, del encuentro de la misma, de los pactos para el crecimiento, de los ámbitos de consenso en el disenso. Palabras violentas, como lo sabemos, y como lo dicen quienes ya lo pensaron antes:

“Cualquier palabra es violencia, una violencia tanto más temible cuanto más secreta, es el centro secreto de la violencia, violencia que se ejerce sobre aquello que la palabra nombra y puede nombrar  sólo privándolo de la presencia;, esto significa que cuando hablo habla la muerte (esta muerte que es poder)…siempre orden, terror, seducción, resentimiento, adulación,  iniciativa;  la palabra siempre es violencia, y quien pretende ignorarlo y tiene la pretensión de dialogar añade la hipocresía liberal al optimismo dialéctico, según el cual la guerra es simplemente una forma de diálogo”. (M.Blanchot. “L`infinito intrattenimiento”).

“El discurso, si es originariamente violento, no puede otra cosa que hacerse violencia, negarse para afirmarse, hacer la guerra a la guerra que lo instituye sin poder jamás, en tanto que discurso, volverse a apropiar de esa negatividad. Sin deber volvérsela a apropiar, pues si lo hiciese, desaparecería el horizonte de la paz en la noche (la peor violencia, en tanto pre violencia). Esta guerra segunda, en cuanto confesión, es la violencia menor posible, la única forma de reprimir la peor violencia, la del silencio primitivo y pre-lógico de una noche inimaginable que ni siquiera sería lo contrario del día, la de una violencia absoluta que ni siquiera sería lo contrario de la no violencia; la nada o el sinsentido.(“Derrida. Violencia y Metafísica).

Acceder a la posibilidad de justicia política, una justicia que de alguna manera, replique esa expresión tan deseada de una paz perpetua, a nivel político, tal vez sea, el último blasón en donde la democracia, tanto como idea, como sistema y como referencia, pueda ser sostenida, antes que la iracundia de los desposeídos, los desclasados, los marginales y todos aquellos, que lamentablemente, cada día son más, víctimas políticas de esto instituido, que les dice que reina para su beneficio, nos empujen a un estado de supervivencia del más apto, en donde la palabra no tenga mucho mayor sentido, que el de expresar ayuda, socorro o clemencia.

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