Tras haber sido reelegido y tomado posesión oficialmente, el nuevo presidente de la República de Honduras, Juan Orlando Hernández, tiene ante sí  un nuevo, incierto y difícil curso político de cuatro años. En primer lugar, padece una grave crisis de legimitidad, tanto ante su sociedad como ante la comunidad internacional, debido a que el proceso electoral estuvo teñido de una opacidad rayana en lo intolerable debido a la pésima gestión del mismo por parte de las autoridades locales, concretamente el infuncional Tribunal Supremo Electoral (TSE).

No olvidemos que tras las elecciones esta institución -el TSE- daba como ganadora a la coalición izquierdista Alianza, que es un grupo nacido tras la crisis del Partido Liberal en el año 2009, en que un sector de esta formación se escindió apoyando al depuesto presidente Mel Zelaya y en que otro, el mayoritario, siguió en las filas de la formación que hasta ahora se había alternado en el poder con los nacionales durante más de un siglo. El presidente Orlando Hernández pertenece a los nacionales -la derecha del país- y el candidato de la Alianza era el izquierdista Salvador Nasralla.

Antes de pasar a analizar el país que espera al presidente, que vive entre la crispación, la violencia y la incertidumbre desde la jornada electoral, conviene recordar qué es lo que realmente ha pasado. Después del cierre de las urnas el 27 de noviembre los reportes iniciales daban al candidato de la Alianza, el ya citado Nasralla,  una ventaja de cinco porcentuales, habiéndose escrutado el 58% de los votos y tras haber esperado más de diez horas a que se ofrecieran los primeros resultados en una larga noche de tensión y primeros atisbos de violencia. “Ese era el panorama cuando sobrevino, el miércoles pasado -primera semana de diciembre-, una caída del sistema que obligó a interrumpir por varias horas el escrutinio. Caldo de cultivo obvio y comprensible para las conjeturas, que aumentaron al saberse que el presidente Hernández encabezaba la carrera presidencial cuando terminó el apagón informático”, explicaba muy gráficamente en un editorial el periódico colombiano El Tiempo.

Según el experto electoral y expresidente del TSE Augusto Aguilar, en más de 90 observaciones electorales que ha realizado en América Latina, nunca ha visto revertirse una tendencia de cinco puntos con más de 50% de actas contabilizadas. Por eso opina “que 5.179 actas entraron en forma irregular durante las interrupciones, las que por arte de magia dieron la victoria al candidato del gobierno”, señalaba este observador del proceso al diario El Tiempo.

En ese clima de sospecha, y sin que el opositor supuestamente derrotado, Salvador Nasralla, haya abandonado la lucha y la movilización política para recuperar el poder que piensa perdido a través del fraude electoral, comienza la presidencia del reelegido Orlando Hernández. Conviene recordar que el depuesto Mel Zelaya, en el año 2009, fue sacado abruptamente del poder, precisamente, por sus ansias reeleccionistas y por intentar forjar una alianza con el régimen de Hugo Chávez contra los Estados Unidos.

 

La soledad del nuevo presidente

La política siempre tiene algo de escenificación teatral y la toma de posesión del nuevo presidente así lo demostró. No había ni mandatarios internacionales de talla, ni cancilleres, tan sólo algunos embajadores acreditados en Honduras y otros concurrentes que venían de los países vecinos. Esa soledad del nuevo presidente, que estuvo bien jaleado por sus partidarios, se reveló en toda su dimensión en el estadio donde trató de infundir ánimos y presentar un balance positivo de sus primeros cuatro años de gobierno. Pero nadie podía ocultar la realidad: la soledad internacional del nuevo presidente era total, ni siquiera los Estados Unidos enviaron a un funcionario de alto nivel para la toma de posesión del reelegido mandatario.

La embajada de los Estados Unidos en Tegucigalpa ya había advertido durante las largas horas del recuento de votos que era necesaria “una determinación transparente” en el resultado de los comicios al concluir un recuento especial. Los Estados Unidos es el principal aliado, socio comercial y sustento, a través de las remesas -el 18% del PIB nacional-, de Honduras en la región centroamericana. Pero nada parece indicar que las presiones norteamericanas vayan a ir más allá de las andanadas retóricas y las declaraciones formales.

Y, en segundo lugar, pero no menos importante, está el cuestionamiento de esta elección por parte de su sociedad. La izquierda, que superó el 40% de los votos en las urnas, no acepta como presidente legítimo a Orlando Hernández y pretende seguir a través de la movilización en las calles reclamando para sí su victoria. Estas protestas acabarán perdiendo fuelle, tal como se vio el día de la reelección en la que apenas se movilizaron unos cientos de personas en el centro de la capital, Tegucigalpa, y otros barrios, y es más que seguro que Nasralla, a tenor de que la comunidad internacional no va a ir más allá que de tenues condenas, abandonará una batalla irremediablemente perdida.

En lo que respecta a la agenda del nuevo presidente, hay que reseñar cinco aspectos fundamentales a los que tendrá que hacer frente en este curso político: la pobreza, la corrupción, la inseguridad, el narcotráfico y el manejo de la economía. La pobreza afecta al 68% de los hondureños y se tendrán que implementar medidas que permitan salir de la misma a miles de hondureños, trabajando en aspectos fundamentales como la salud, el empleo -el informal es el más alto casi del mundo: 70%- y la educación.

La corrupción es otro grave problema del país, caracterizado en los últimos años por sonoros escándalos que afectaron al Seguro Social y a la policía, por poner sólo dos ejemplos de los más conocidos, y la sociedad hondureña tiene una percepción de que la mayor parte de estos casos suelen quedar impunes.

Otro flagelo del país es la inseguridad y la alta tasa de homicidios del país -especialmente en la ciudad de San Pedro de Sula- se encuentra entre las cinco más altas del mundo. Ligado a este problema, que quizá es la principal fuente de preocupación de los hondureños, está el narcotráfico, ya que Honduras se encuentra en las rutas del tráfico de drogas desde Colombia y Venezuela hacia México y los Estados Unidos, y las bandas criminales que operan en este negocio actúan casi con total impunidad en esta nación repleta de problemas.

Finalmente, el nuevo presidente tendrá que centrar sus esfuerzos en una mejora sustancial de la economía, pese a que su crecimiento es alto, ya que los indicadores de pobreza y pobreza extrema son realmente preocupantes. En defintiva, una agenda realmente compleja para un presidente que inicia su mandato en medio de una acusada soledad en el plano interior y exterior, por mucho que se quiera maquillar con grandilocuentes discursos.

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