En estos días un monarca absoluto, jefe de la única teocracia europea, que representa al Estado más pequeño del mundo, visita algunos países de América Latina. Estado que pese a haberse declarado neutral durante la Segunda Guerra Mundial, tras bambalinas benefició a los jerarcas del Eje, que pese a honrosas excepciones, fue cómplice de las dictaduras más sangrientas de la región. Un líder mundial que sigue dando cobijo, pese a los anuncios grandilocuentes, a delincuentes vestidos de sacerdotes que han abusado de niños.

En estos días el papa Francisco recorre Chile y Perú, y como en una jugada de ajedrez estratégica vuelve a dejar fuera de su periplo a la Argentina. El Papa argentino no visita Argentina. Dicen que son las desavenencias ideológicas con quien está al frente de la Casa Rosada lo que motiva tal acción, aunque cuesta creer que esas sean las razones puesto que si Francisco defiende las ideas que dice defender, no resiste mucho análisis su visita al Perú, país gobernado por un acusado de corrupción que negoció su permanencia como Presidente de la Nación a cambio del indulto a un condenado por asesinato.

Y mientras las elites buscan congraciarse con el monarca, la ciudadanía se aleja cada vez más. Cuando se ven los grandes espacios dispuestos tanto en Chile como en Perú para acompañar los discursos de Francisco y en ellos se ven enormes vacíos, queda de manifiesto que las masas ya no siguen los caminos del Señor. Y esto se debe a múltiples razones, entre otras, porque cada vez que miembros de la Iglesia Católica fueron acusados de cometer algún delito, la jerarquía católica buscó apañar a los acusados y ‘entender misericordiosamente’ su accionar.

Esta gira debe ser un llamado de atención para las autoridades católicas, puesto que si esta realidad se vive en la región mundial con mayor cantidad de feligreses, qué se puede esperar en el resto del mundo.

Más allá de las cuestiones religiosas con las cuáles no comulgo, lo que está en juego es el reconocimiento que se le da a ciertos valores que trasmite el catolicismo y su vertiente institucional. Estados y dirigentes que dicen defender la democracia y los derechos humanos se ‘desesperan’ por recibir a un monarca absoluto que desconoce los derechos de las mujeres, pretendiendo imponer su visión al mundo.

Lo que se rechaza y sanciona en miembros de otras religiones, cuando lo hace la Iglesia católica ni siquiera es cuestionado.

Queda claro que la Iglesia Católica quedó anclada en el tiempo, pero esa es su elección y la opción de quienes forman parte de ella, quienes son representantes de estados laicos deben actuar en consecuencia y adecuarse a los nuevos tiempos, y ello implica no avalar, por acción u omisión, hechos y valores que se dicen condenar y repudiar, sólo porque quien los haga sea el Papa.

La Iglesia está pagando consecuencias de su accionar, si los Estados no reaccionan a tiempo, pagarán las suyas.

 

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