Mantengo frescos montones de recuerdos de adolescencia descubriendo vídeos musicales en la televisión. Sentada frente a la pantalla, podía pasar largos períodos de tiempo mirando los variados videoclips que un determinado canal transmitía en serie, uno tras otro, y esperando con ganas la aparición de algunos de los de mis bandas de música favoritas. Mando a distancia en mano, me deleitaba con las últimas creaciones en forma de piezas altamente estudiadas que producían en mí una experiencia estética que hacía crecer mi admiración por estos grupos, reconociéndolos como ídolos de mi tiempo. Resulta fácil asegurar que, en aquel momento, al igual que sucede ahora, no tuve la más mínima posibilidad de escapar a la influencia del fenómeno de la expansión de lo audiovisual y es que el auge massmediático, impulsado por el desarrollo del diseño, la publicidad y la industria de la imagen, han conseguido que, desde pequeña, mis ojos hayan sufrido millones de impactos audiovisuales que han conformado en mi mente un mundo contemporáneo que puedo definir e identificar como “estetizado”.

El filósofo inglés Francis Bacon, considerado junto a Descartes como uno de los principales fundadores de la filosofía moderna, argumentó en su “Novum Organum”, publicado en 1620, toda una compleja teoría sobre su concepción de la ciencia como técnica que puede dar al ser humano el dominio sobre la naturaleza, en contraposición a la visión aristotélica. Según Bacon, el entendimiento humano es débil y está limitado por obstáculos que debemos limpiar para obtener conclusiones claras, resultando necesario liberarse de los prejuicios que él denominó “ídolos”, del griego εἴδωλα, y que clasificó en cuatro categorías: los ídolos de la tribu o prejuicios con fundamento en la misma naturaleza del hombre, comunes al género humano, los ídolos de la caverna o aquellos prejuicios fundamentados en la naturaleza individual de cada cual, los ídolos del foro, nacidos del lenguaje ambiguo o erróneo, y los ídolos del teatro o prejuicios que provienen de los malos métodos de demostración filosófica.

Existen varias especialidades con gran capacidad de atraer hacia sí mismas los dos conceptos centrales anteriormente expuestos, “el ídolo” y “lo estético”. El deporte, el cine, la política, el arte y, por supuesto, la música, constituyen diferentes disciplinas de nuestra sociedad que han construido su identidad, en muchas ocasiones, a partir de determinadas estrategias de imagen y de elevar a la categoría de mito a personas concretas pertenecientes a estas áreas, convirtiéndolas en pilares que sustentan ciertas posiciones consumistas. No quisiera caer en este momento en la crítica a estas estrategias de “masas” afirmando que solo ofrecen enriquecer a unos pocos, aprovechando la necesidad creada de sentirnos afines a representaciones y modelos. Centrándome en la música, el ídolo aporta a sus seguidores una banda sonora a su trayectoria vital y, por ello, mi reflexión quiere poner el foco en la responsabilidad social que conlleva tener la admiración de un colectivo más o menos grande con respecto a la construcción de la cotidianidad y de la contemporaneidad musical.

Los Beatles en los 60, Alaska en los 80, Franz Liszt en el siglo XIX, Justin Bieber en la actualidad o los chicos de OT la semana pasada, constituyen algunos de los ejemplos de individuos destacados de diferentes épocas y estilos que consiguieron o han conseguido reunir a un amplio número de fans en torno a su figura y a su música, personas que respondían en su intimidad a patrones de conducta similares a los de cualquiera de nosotros pero que fueron idealizadas por los canales mediáticos de su tiempo, adquiriendo sus formas de hacer una importancia superior a la de la cotidianidad. La rapidez y accesibilidad de esos canales hoy en día, pensemos en la inmediatez de instagram o de facebook, multiplican el fenómeno fan y la capacidad de esos ídolos para generar tendencia, quedando abierto así el debate de la responsabilidad. La historia de la música tiene de alguna forma la función de remontarnos al pasado para ayudarnos a entender lo que somos y a construir nuevos mundos dentro de esta materia, nuevos espacios de reflexión como forma de movilizar conciencias, y mi pregunta es, llegados a este punto, qué porcentaje de estas acciones que contribuyen a la generación de ídolos llevados a cabo mediante diversos canales mediáticos influye en la música como disciplina y en la actividad de compositores e intérpretes en su más amplio espectro.

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Directora de Orquesta y Coro titulada por el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, compagina su labor como directora con la docencia musical. Licenciada en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid, centra su interés en el estudio de las relaciones del binomio psicología-música. Su experiencia vital gira en torno a la cultura, la educación, la gente, la mente, la actualidad, lo contemporáneo y todos aquellos parámetros que nos conforman como seres sociales

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