Debemos ser felices. A la fuerza. Por imperativo categórico. Ser felices para no ser grises, para no ser evitados primero y tratados como apestados más tarde, para no ser condenados al ostracismo…

Cabe preguntarse si la identidad –nuestra identidad– es el problema de fondo.

Nuestra identidad le pertenecía a nuestra máscara durante la antigüedad (de ahí procede la voz persona etimológicamente); de modo que éramos el nombre de nuestro clan y una imagen pública por medio de una máscara. No existía, por tanto, identidad sin reputación. Esto supone que sólo existían los que eran reconocidos; para el resto –plebeyos, esclavos, etc.– no había reconocimiento de ciudadanía ni tan siquiera.

Más recientemente nos encerraron en la burocracia forense, en la vigilancia y el control: pasamos a ser nuestra huella dactilar en una cuartilla. Hoy en día estamos en vías de ser la cadena de nuestro ADN… Aprendimos a interactuar con máquinas, de forma constante: mandos a distancia, computadoras, interruptores por contacto térmico o por reconocimiento dactilar, cerraduras que se abren con nuestro iris… De tal forma, no somos nada si no nos reconoce la máquina. Nuestra identidad biométrica –como bien expresa Giorgio Agamben en su magnífico libro Desnudez– nos es extraña. Resulta imposible que nos reconozcamos en ella. ¿Quién puede llegar a reconocerse en su cadena de información genética? Somos algo más que un registro en un ministerio o que una guinda en la gran ensalada binaria.

Nos falta algo. Nos sigue faltando algo…

Éste es el tipo de existencialismo teenager que propicia nuestros selfies. Nuestra esfera social se parece cada vez más al pasillo de un instituto. Evaluados bajo un rating de pulgares alzados como reinas y reyes del baile, nos batimos en un duelo de emoticonos dorados para determinar quién es número uno: Mister and Miss Happier.

Lo novedoso frente a lo ya que sucediera bajo una forma no tan distinta en el mundo antiguo, y una vez que hemos vuelto a la máscara –ahora literalmente–, es que ahora disponemos de un mecanismo aún más impúdico, más mendaz, para perpetrar nuestra puesta en escena.

Antes de elegir lo que compartimos examinamos nuestra máscara, al estilo de un Hamlet sobre la taza del wáter, tumbado en la cama o apoyado en el vidrio de un autobús. ¿Qué es una calavera sino la última de las máscaras? (Este símil es de sobra conocido.) Entonces aguardamos un instante. Nos observamos. En ese breve intervalo tratamos de reconocernos en nosotros mismos –no salimos en realidad del espejo– y sólo después pulsamos el botón rojo para publicar(nos).

Una esfera social deconstruida, intervenida, controlada en todo momento por el montaje del director que es uno mismo. Este es el nuevo sentido, nuestro nuevo sentido de la identidad. La manufacturamos, la empaquetamos, le ponemos un lazo rosa (aunque después hagamos campaña por el partido que más ha recortado en investigación de cáncer de mama, ya que la falta de coherencia es un pecado ampliamente tolerado en los mentideros de la nueva identidad social). La cuestión es presentarse triunfalmente en sociedad porque, camaradas virtuales, ya no estamos solos.

Los muros de nuestras redes sociales son la columna salomónica que cuenta nuestra historia, en un bajo relieve de abdominales o gatos perdidos.

Porque pensar es de tristes. Peor aún: pensar es de pobres, que es la auténtica idea subliminal. Pensar es algo que levanta sospechas, el tic nervioso de los inadaptados, de los desdichados en el mejor de los casos: es una fuente inagotable de preocupaciones por parte de nuestros seres cercanos. Que no nos pesquen en un rincón pensando demasiado… El muro del foro social rueda, la fuente de bombones sigue dando vueltas en el expositor; y aunque cambiamos de envoltorio cada pocas horas aportando una nueva sonrisa, un nuevo momento irrepetible, algo nos dice que desde hace tiempo nos pudrimos en el barro del campo de batalla. Seguimos en la guerra perpetua de ser felices para ser reconocidos, porque en nuestro kinder-garden un ceño fruncido es un pulgar abajo. La felicidad es una camisa de fuerza.

Llegó la hegemonía de la sonrisa en un momento que no podemos calificar de glorioso, ésta es la paradoja. Una gran sonrisa que comienza a deformar el molde mismo de una máscara que se nos disuelve pausadamente, como arcilla entre los dedos. Nos repetimos que aún nos falta algo porque necesitamos recuperar, a toda costa, una identidad que tal vez nunca tuvimos.

El rechazo a la cultura por parte de nuestros gobernantes no es anecdótico. ¿Y qué decir de su concurso en la cuestión identitaria? Pensar en ello será tal vez objeto de otro artículo.

 

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