Foto: Ana Belén Plaza

Iboga Summer Festival (nuestra novena parada en el ciclo de crónicas Diario de 16 Festivales) es un evento diferente, pegado a la playa de Tavernes de la Valldigna (Valencia) y con un ambiente muy hippie, en el que se baila y se desfasa mucho más que en los típicos festivales veraniegos. Con ya seis años a sus espaldas, se convirtió desde su origen en el evento de referencia de música balkan en España, aunque en él también tienen cabida otros estilos estrechamente relacionados como el ska, el reggae y el swing, entre otras locuras y fusiones.

De hecho, uno de los primeros grandes conciertos del festival fue de reggae. Cada año hay un gran reclamo de este género en el cartel, y en esta ocasión no era otro que uno de los hijos del legendario Bob Marley: Julian Marley, junto a su banda The Uprising. Fue un gran concierto de puro roots reggae (con el encanto extra de un destacado guitarrista que nos brindaba muy buenos solos con su eléctrica en los momentos más oportunos), en el que fuimos testigos del gran parecido de Julian con su padre, no sólo físicamente sino en su manera de hacer música y en su registro vocal.

Es probablemente el hijo de Bob que más directamente ha seguido sus pasos, pero tampoco se limita a estar bajo su sombra, ni mucho menos: se ha labrado una buena carrera en solitario, y en el Iboga interpretó temazos que nos encantan como “Lemme Go” o su nuevo single “Straighter Roads”. También hubo versiones de Bob Marley, por supuesto, pero a diferencia de algunos de sus hermanos no fue a las más facilonas que todo el mundo conoce de la radio y prefirió cantar varias míticas pero no archiconocidas (la más famosa que interpretó fue la gran “Natural Mystic”). En definitiva, fue un estupendo concierto que transmitió el sabor del reggae más auténtico, aunque se hizo demasiado corto (apenas 50 minutos).

La cosa siguió tranquilita con el nu jazz de Club Des Belugas, acompañados de la cantante Anna Luca, que juntos mostraron su gran calidad. Pero la gente ya pedía movimiento y desmadre, y con Soviet Suprem tuvimos una curiosísima y divertida banda que lo proporcionó. Aunque son franceses, sus canciones son todas de inspiración soviética y hacen referencia a temáticas como el Partido Comunista y la Guerra Fría, desde un punto de vista humorístico y paródico que muchos podrían considerar una banalización de la revolución, pero que tiene su gracia y sin duda sirve para pasarlo bien bailando.

Pero lo más movido de toda esta primera noche principal fue Russkaja, ya a altas horas de la madrugada. Estos viejos conocidos del festival, que combinan ska punk con folk ruso, siempre garantizan una buena fiesta y unos pogos brutales, especialmente en canciones como “Traktor” (en la que el público se convierte en una rueda gigante que da vueltas) y “Energia” (la canción ideal para brincar con todas nuestras fuerzas). Además, era la primera vez que venían desde la reciente muerte de Avicii, por lo que fue aún más emotivo verles tocar su habitual versión de “Wake Me Up”.

Variedad de propuestas

En la segunda jornada principal, uno de los platos fuertes era New York Ska-Jazz Ensemble. Difícilmente podrían tener un nombre que describa mejor quiénes son y qué hacen, pero es que además lo hacen de maravilla y son una opción estupenda para comenzar la noche bailando suavemente. Algo similar puede decirse de los hermanos londinenses Kitty, Daisy & Lewis, que con su swing y R&B siguieron poniéndonos a tono.

La locura se disparó con La Caravane Passe, unos franceses muy peculiares que combinan explosivamente gipsy jazz, balkan, rock y muchas otras cosas, y siguió a tope con Taiwan MC, habitual colaborador de Chinese Man que llega arropado por el reciente éxito de la canción “Catalina”.

Ya el sábado, último día en el que estaba operativo el escenario principal, hubo variaciones en los horarios debido al retraso de The Skatalites, gran reclamo de la jornada, parece ser que por un problema con su vuelo. Pero gracias a que había que estirar la cosa para dar tiempo a que llegasen los jamaicanos, General Levy nos deleitó con una gran sesión mucho más larga de lo esperado, en la que cantó multitud de canciones (entre ellas versiones de gente como Bob Marley) con su habitual estilo en el que combina su espíritu reggae con la música bailonga que le pone un DJ a su espalda.

A continuación, la maliense Fatoumata Diawara nos mostró su gran voz y elegancia en un concierto de folk africano más relajado. La gente empezó a moverse de verdad con Eskorzo, consolidados como uno de los referentes del llamado “rock de mestizaje” de nuestro país. Una gran fusión de estilos y sonidos, pensada especialmente para bailar: una receta ideal para un evento como Iboga.

Cuando por fin se subieron al escenario The Skatalites, tuvimos una buena ración de ska clásico, aunque la formación de la banda sea completamente diferente a la de sus orígenes en los años 60. Eso sí, durante gran parte del concierto pudimos deleitarnos con la cantante original, la icónica Doreen Shaffer, que ya tiene sus añitos pero aún mantiene su carisma en directo. Por lo demás, los músicos fueron muy profesionales e interpretaron una gran variedad de canciones, entre ellas el clásico “Guns of Navarone”.

La noche acabó por todo lo alto con dos grupos franceses muy locos: La Phaze (drum and bass, rock) y La P’tite Fumée (trance tribal psicodélico). Ambos nos volaron la cabeza y elevaron la fiesta a su punto más álgido, con todo el mundo sin parar de bailar. Y digo que la noche acabó con ellos, porque el último grupo del escenario principal ya actuó de día después del amanecer: Lucky Chops, que con sus instrumentos de viento hicieron un intenso y divertidísimo repaso por muchas melodías de la cultura popular, interpretando temas tan variados y conocidos como “Eye of the Tiger” o “Danza Kuduro”.

La magia de las batucadas

Antes de acabar este artículo, es importante mencionar uno de los elementos clave de Iboga Summer Festival: las batucadas entre concierto y concierto. Bandas de percusión de distintos pueblos y ciudades de España vienen a este festival cada año para darle a los tambores entre el público (no les hace falta escenario) y aportar ese punto de magia, en el que multitud de asistentes les rodean y se meten de lleno en lo que hacen. La acogida que reciben es siempre fenomenal, y es una de las cosas que hacen que Iboga sea tan especial.

Pero entre tantas alabanzas al festival, voy a lanzar también una pequeña crítica: está bien que los abonos sean nominales para limitar la reventa, pero lo que no es normal (ni aceptable) es que para ceder una entrada a una persona de confianza hubiese que pagar la diferencia entre lo que costó el abono en su día y el precio final. Es decir, los que lo compraron hace meses y luego no pudieron ir, no podían dárselo a un amigo y cambiar el nombre del abono sin antes pagar un suplemento en la web que podía llegar a ser de más del 100% de lo que costó en su momento (los abonos del Iboga salen a un precio bastante menor en su lanzamiento). Si alguien quiere ceder su entrada a otra persona, debería ser suficiente con una autorización firmada, y todo lo demás son mamoneos por mucho que la organización pretenda justificarlo como una medida contra la reventa.

Sin embargo, está claro que el balance general es muy bueno, como cada año. Quizás el cartel no alcanzaba al 100% el nivel de años anteriores, pero sin duda estaba lleno de artistas fascinantes y había mucho donde rascar. Ha habido un día menos de programación en el escenario principal que en 2017 (puede que lo del año pasado fuese algo puntual por ser el quinto aniversario), pero quizás con tres días a tope sea suficiente, y además la carpa ya se encargó de acoger otras propuestas interesantes en dos jornadas adicionales (apertura y clausura). Son unos días de pura diversión, buena música, muchos bailes y largas horas en la playa, en una cita que siempre vale la pena repetir. ¿En qué otro festival podría estar tres días sin ponerme camiseta en ningún momento? ¿O en cuál podría llegarme, como en este, un mensaje por sorpresa en mitad de la noche invitándome al “cielo”, una particular zona VIP desde la que disfrutar de una visibilidad privilegiada sin necesidad de ninguna pulsera especial?

Eso sí, este año hemos echado de menos a Bohemian Betyars, unos húngaros que se definen como speed-folk freak-punk que estuvieron en cada una de las primeras cinco ediciones de Iboga y en todas ellas pusieron patas arriba el festival. Por suerte, estarán el 2 de febrero en la primera edición del recién anunciado Iboga Winter Fest, que tendrá lugar en la sala Riviera de Madrid. Dicho evento estará encabezado por Shantel & Bucovina Club Orkestar, un concierto que promete ser muy bailable y en el que tendremos el mejor balkan combinado con elementos electrónicos. También estará el reputado productor musical y artista electrónico Vandal, que ofrecerá una sesión de raggatek, entre otros músicos y bandas que animarán la madrugada madrileña. Apuntad la fecha en el calendario del próximo año.

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