La señora de las bestias que pululan y rugen y amenazan y opinan, casi siempre sonrientes y con el corazón rebosando generosidad y buenos modos, la señora directora de Diario16 punto com, Cristina Fallarás, convocó en el día del discurso de la toma de posesión del pato Donald, quiero decir del millonario Donald, no no perdón: quiero decir del presidente Donald, a una docena larga de escritores para que describieran la figura de quien será durante cuatro, y probablemente hasta ocho años, el tipo más poderoso del planeta.

Me fallaron los reflejos y no llegué a tiempo, así que me toca marcarme el espich en solitario.

Y empiezo mi discursito sobre Trump afirmando que: a mí me cae bien. Es más: me encanta. Cuando aún estaban en plena carrera del juego de las sillas (el que llegue el último no se sienta en ningún despacho oval) iba más bien con Hillary: tengo tendencia a preferir a las chicas. Pero ahora que ha ganado Donald, transmutado desde hace muchos años en Scrooge McDuck (o tío Gilito para los niños españoles de todas las edades), voy con él incondicionalmente.

¿Por qué? Consigue todo lo que quiere. Ser rico. Tener un edificio con su nombre en Nueva York. Casarse y descasarse (seguro que estaba loco por conseguirlo) con Ivana. Convertirse en presidente de Estados Unidos…

Como todos los muy poderosos hará cosas buenas y malas, quizás muy buenas y quizás muy malas. Y aunque entre la intelectualidad lo correcto es ponerlo a bajar de su propia peluca, personalmente estoy muy harto, o simplemente aburrido, de la globalización, de la hipocresía y hasta de esa moneda asquerosa llamada euro que tantas veces me hace añorar la siempre humilde y sencilla peseta: tan fácil de devaluar y comprender (pero esa es otra historia).

Trump es movimiento. Trump es cambio. Será para mejor y será para peor. Eso ya lo iremos viendo. Pero yo apuesto por él. Creo que para el mundo occidental será más para mejor que para peor; y dentro de cuatro u ocho años veremos si yo tengo razón o la tienen los plañideros. Mientras tanto me he encargado una camisetita con su efigie y un corazón muy rojo a la izquierda, y la pasearé por Mad Madrid siempre que tenga ocasión: cuando me inviten a las cenorras del Partido Seudo Obrero Español o cuando vaya a bailar y dar la nota a las reuniones de Podemos o a libar champán a los aledaños de Genova.

Viva Trump. Mueran los hipócritas y arribistas. Nada es lo que parece pero todo pasa por lo que parece. Trump no es idiota; o al menos no más idiota de quienes así le consideran.

 

Otro burbon, por favor.

 

Tigre tigre.

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