Embarqué en el puerto de Buenos Aires el 27 de septiembre de 1975.  Era la primera vez que retornaba a mi país, después de haber emigrado con mi madre en 1954. Me fueron a despedir varias decenas de amigos, todos militantes de la juventud comunista. Desde el barco saludaba a mis camaradas y seres queridos que movían sus pañuelos blancos.  De pronto se pusieron a cantar a coro: Que se muera! que se muera!……. Con mi emoción, no entendía el motivo de sus cantos. Hasta que pasaron unos minutos y un marinero de la tripulación -que años después me entere que era un comunista gallego-, se subió a una estructura metálica del barco y lanzo una arenga: ¡Muera Franco que es la vergüenza de España! Allí entendí lo que estaba sucediendo. A esa hora eran fusilados dos jóvenes vigueses como yo, Xosé Humberto Baena  y José Luis Sánchez Bravo. Ese mismo día eran fusilados  Ángel Otaegui, Ramón García, y Juan Paredes.

En una carta a sus padres Baena les dirá: ‘Que mi muerte sea la última que dicte un tribunal militar’.

Estas fueron los últimos asesinatos del dictador, poco tiempo después fallecía en la impunidad.

El barco atraco en Vigo el 12 de octubre. No tarde mucho en contactarme con el Grupo de A Roda. Por casualidades de la vida conocí a muchos amigos de Baena.  Estuve en la propia casa donde había estado escondido una temporada, en el piso de los padres de Luis y Suso Vaamonde. Luego conocí la cervecería “El Laurel” donde había trabajado Baema sirviendo cervezas. Años después  realice la misma tarea en el mismo lugar. Me toco vivir la muerte del dictador donde una parte de la población lloraba de miedo y nosotros festejábamos con el mejor vino del país, por el casco vello de Vigo.  Recuerdo cuando suspendieron la conferencia de Celso Emilio Ferreiro en la  Caja de Ahorros Vigo y a Neira Vilas en el Mercantil. Eran los últimos coletazos de la larga dictadura.

Luego vendrá la transición pactada y la democracia traicionada. La monarquía heredada. La sociedad del bienestar disimulada. Mientras tanto Humberto Baena sigue en el olvido y el alcalde de Vigo mantiene erguido e impune el monumento fascista del Monte del Castro.

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