De padre y de madre; huérfanos. Ayer bien temprano recibíamos el último mazazo que los amantes del flamenco podíamos recibir: la muerte de Juan Peña, más conocido como el Lebrijano. Con él se apagó el último resquicio del eco del cante, del que hiere, del que se resquebraja, de esas voces hondas y duras que hasta el escritor Gabriel García Márquez se atrevió a decir aquella famosa frase: “Cuando el Lebrijano canta se moja hasta el agua”.

Con el que fuera hijo de María <<La Perrata>> se nos va el coetáneo de otros artistas de la talla de Camarón de la Isla o Fosforito, o lo que es lo mismo, se va con aquél gitano de ojos claros y pelo rubio una escuela flamenca que ya poco o nada se invierte, al menos como lo hacía él; llevando los compases de aquí para allá, lo mismo se arrimaba al cante más ortodoxo que unía su virtuosismo a los ritmos árabes para demostrarnos que ambas músicas venían de un mismo metal o de un mismo alma; lo mismo contaba con su gracia particular sus anécdotas históricas que llevaba el flamenco a la universidad y además lo hacía con una majestad propia de catedrático.

Con su marcha se va ya no sólo una persona excepcional, con un trato caballeroso del que poco queda, ni solamente se marcha un cantaor adelantado a su tiempo, no, la pérdida supone un hueco en la defensa y nobleza del cante gitano, de ahí nuestra orfandad.

Nos hemos quedado huérfanos de verdaderos defensores de un estilo que bien debiera servir como estudio antropológico. Nos situamos ante una sociedad acomplejada y acostumbrada a servirse de las músicas como si fuesen pasarelas de moda, que no se disfrutan, sino que se insertan en la piel hasta el hastío y si te he visto no me acuerdo. Acomplejada, sí y mucho. Ni Andalucía sabe catapultar su influyente música hasta convertirla en un gen que debe cuidarse y respetarse como si hablásemos de un campo de verde prado. Hace falta regadío y mimo, sobran cierres de peñas y cortapisas cuando en un rincón aparece de pronto un cante. Faltan políticas y políticos que adquieran un compromiso real que apueste de verdad por el flamenco y entenderlo como lo que es hoy en día: un estilo de vida, que no una serie de compases; una cultura, que no una doctrina; un insigne virtuosismo que debe servir como abanderado de nuestra herencia y de nuestro presente. Para eso hace falta invertir y dignificarlo, que no degradarlo. Son muchas cosas las que hacen falta pero para eso debemos no sólo poner un tuit expresando la admiración a Juan en el día de su muerte, eso aquí en mi tierra y más activamente entre los flamencos se llama “ojana”, que es más o menos lo mismo que el “sí, guana”.

Para llevar al flamenco hacia la dignificación debemos por encima de todo dejar de creer en un complejo que viene de largo, que asoma la patita del antigitanismo. Hay que comenzar creyendo que el flamenco tuvo su cuna en la interacción de culturas musulmanas, judías, andaluzas y gitanas (entre otras), pero ¿quién mece esa cuna? Esa cuna se mece por las manos gitanas que tanto han trabajado por llevar este noble arte hasta las más altas esferas, sin embargo, la patita del antigitanismo se asoma cuando se deja de creer en una cultura como la flamenca como algo universal, compuesta por personas de diversas culturas y escuelas, las cuales tienen que acostumbrarse a hacer trabajos en otros menesteres porque el flamenco no da de comer. Claro, daría si apostáramos por él, si creyéramos en él, sin embargo, ahí está, arrinconado por políticas austeras que prefieren apostar por otros compases, masacrado por la cantidad de personas que creen que lo flamenco es lo gitano y lo gitano es lo pobre, lo excluido, lo marginal. Ahí tenemos al flamenco, adorado en Alemania, Holanda, Francia, Estados Unidos o Japón y huérfano de padre, de madre y de patria.

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