“Hoy Miguel Ángel Blanco se avergonzaría de los dirigentes del Partido Popular”

Entrevista a Miguel Ángel Mellado, autor de El hijo de todos

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Miguel Ángel Mellado / Foto: Sergio Moya.

El 13 de julio de 1997 ha quedado grabado en la mente y el corazón de muchos españoles. Ese fatídico día ETA mataba vilmente a un joven concejal del PP en Ermua, tras 48 horas de secuestro, que si algo tenía eran ganas de cambiar el mundo a través de la política y el diálogo. Sus asesinos le negaron esta posibilidad, con dos tiros en la cabeza.

Hoy, Miguel Ángel Mellado (@MAMelladoF), actual director adjunto de El Español, periodista por vocación y honrado hasta la médula –doy fe de ello-, le rinde homenaje como mejor sabe: con El hijo de todos http://www.esferalibros.com/libro/el-hijo-de-todos/ (La Esfera de los libros), un reportaje en formato de libro – que coincide con el 20 aniversario de su muerte- y que cual antídoto contra el olvido pone los puntos sobre las íes a una banda de asesinos que como pistoleros causaron miedo y demasiadas muertes a lo largo y ancho de nuestras gentes. “Este libro tiene la tremenda misión de hacernos buenos ciudadanos”, nos cuenta. “Está escrito con honradez, pasión, de manera ejemplificadora, con dignidad… Sólo así se construyen sociedades equilibradas. Hay otro terrorismo terrible que asuela a las sociedades: la irresponsabilidad y la banalidad, la falta de compromiso, la pérdida de valores… Este es un libro que debemos escribir todos los días. El libro para ser, simplemente, buenos ciudadanos”, añade.


 

¿Sentarse a escribir un libro de 304 páginas sobre Miguel Ángel Blanco (cuando tú mismo dudadas de pasar de las 10 páginas de un reportaje) te ha hecho ser más consciente de la inutilidad de ETA frente a la democracia?

Nunca he creído en la acción redentora de las armas y de la violencia. Matar es matar y la muerte sólo engendra muerte. El que mata solo muere un poco menos que el que es asesinado; muere más lentamente. Pero más allá de estas disquisiciones, siempre tuve claro que la banda terrorista ETA y quienes la apoyaron durante tantos años no solo quería exterminar a la gente que no pensaba como ellos; también pretendía crear una situación de tensión tal que se llevara por delante el Estado. Y, desde luego, el sistema democrático en España que tanto costó conseguir. Escribir El hijo de todos era una deuda personal que sentía con las víctimas del terrorismo. Mi aproximación a tanto dolor siempre fue desde detrás de mi mesa de trabajo, desde la frialdad y la distancia del periodista, y sentía que tenía una deuda con todos ellos.

En gran medida he actuado como siempre lo he hecho como periodista durante casi cuatro décadas. La objetividad es una palabra vacía, como tantas otras. Es una pose. Como otras tantas. La objetividad hay que llenarla de contenido: es ir a los sitios, informarte, contrastar las opiniones y escribir lo que sabes. Nada más ni nada menos. Este libro es un gran reportaje de más de trescientos de folios, con un principio conocido y un final sabido, como tantos reportajes. Lo que importaba es llenarlo de datos y de sentimientos, que es lo que he intentado hacer.

 

No has querido ser periodista, no has buscado objetividad pero tampoco la venganza.

Tienes toda la razón. La dignidad es otra palabra en desuso. Para ser digno hay que ser proactivo: es decir, ejemplar. Fíjate que todos los sinvergüenzas políticos que vamos conociendo se ponen, al principio, muy dignos. La dignidad verdadera tiene, si se quiere, un punto de exhibicionismo positivo. Es lo que sucedía cuando unas pocas miles de personas mostraban sus sentimientos no separatistas en el País Vasco, ya fuera desde la política o por meras razones profesionales, como sucedía con guardias civiles, policías, militares y jueces. Ellos sí eran dignos. Ser digno es ser dignatario de valores morales. Lo que sucedió en el País Vasco durante aquellos años de plomo era indigno y resultaba indignante. Se parecía, en gran medida, a la Alemania nazi: no sólo no podías discrepar de la verdad suprema que dictaban los etarras y sus secuaces, sino que, además, mostrar tu discrepancia podía costarle la vida a tus amigos y a tus familiares. En el libro cuento cómo un dirigente del PP vasco, Carlos Iturgaiz, cuando se cruzaba por una calle principal de Bilbao con conocidos o correligionarios, estos, como mucho, le hacían un gesto con las cejas o con la boca, no fuera a descubrir algún matón la relación. Puro nazismo.

 

La caverna del nacionalismo la tomó contra Miguel Ángel Blanco por la valentía de llamar a las cosas por su nombre. Se convirtió en un héroe a su pesar, en un mártir. “Con los asesinos no se puede negociar”, decía. ¿Hay que hablar siempre a pesar del precio que se pueda pagar?

Más que del nacionalismo, yo hablaría del independentismo, si bien es cierto que muchos dirigentes del PNV tuvieron una equidistancia nada equidistante entre los asesinos y sus secuaces con respecto a los asesinados. Miguel Ángel Blanco era un chico noble y valiente. Militó en el PP como podría haber militado en el PSOE. En los plenos en el ayuntamiento de Ermua, de donde fue concejal apenas dos años, porque lo mataron, era un rara avis: se atrevía hablar claro, como también lo hacía el alcalde socialista Totorica, por cierto, con ocho apellidos vascos. Hablaba tan claro que su compañera de partido, Ana Crespo, le llegó a advertir: “No te das cuenta de que tienes a los malos por aquí”. Miguel Ángel Blanco, como tantas víctimas de ETA, del PSOE, del PP, de la antigua UCD, era persona una con dignidad y principios. Y enormemente valiente. Negociar con un asesino es ponerse a su misma altura, asumir que el derramamiento de sangre es una vía para conseguir cosas. Por eso un demócrata no puede actuar de la misma manera.

 

¿Te has dejado algo en el tintero que has preferido obviar por no hacer mal a alguien?

He publicado lo que sabía, incluso a veces temiendo que ciertas descripciones pudieran herir a las víctimas. Y, en este casos concreto, a los padres y a la hermana de Blanco. En el libro aporto el contenido de la autopsia, a través de la cual puede reconstruirse cómo Txapote, el jefe del comando Donosti, le pegó dos tiros en la cabeza a cañón tocante. Y publico los proyectiles que extrajeron de la cabeza del joven concejal… ¿Es innecesario? Hay que ver las cosas tal como fueron para no olvidar, para que no nos cuenten la historia de otra manera. Sucedió así: tres mafiosillos que vivían de la extorsión secuestran a un muchacho de 29 años en una estación, en la de Éibar; lo tienen escondido como a un animal durante 48 horas so pretexto de dar ese plazo para el acercamiento de presos etarras, lo cual era imposible por el tiempo concedido y por las formas; transcurrido este tiempo, con las manos atadas por la espalda con un alambre, ponen de rodillas al joven concejal del PP y le pegan dos tiros. Como en una película de nazis.

 

La política de Miguel Ángel era tan sencilla como imposible hoy en día: creer que el cambio es posible. ¿Se avergonzaría de unas siglas que hoy huelen a corrupción?

Sí, se avergonzaría como se avergüenzan miles de modestos concejales cuando ven cómo dirigentes del Partido Popular robaron durante años, también con la permisividad de muchos. No voy a comparar a asesinos con ladrones, pero modus operandi se parece: unos disparan mientras otros hacen la vista gorda, o bien porque están de acuerdo o porque les interesa; en el caso de los políticos, unos roban y otros hacen como si no se enteraran. Blanco, que era un chico decente, se avergonzaría.

 

¿Dónde habría llegado como político contra la corrupción de su propio partido?

Un día antes de ser secuestrado, Miguel Ángel prometió a su madre, Consuelo, que no se presentaría como candidato a las elecciones municipales de 1999. A saber qué habría hecho. ¿Qué habría hecho Gregorio Ordóñez ante las decenas de casos de corrupción en su partido ahora conocidas? Éste sí eran un político profesional. Ordóñez seguramente habría hecho una denuncia pública, habría dado un portazo en el PP y habría fundado otro partido. A Ordóñez lo mataron en enero de 1995 porque iba a convertirse en alcalde de San Sebastián unos meses después. El asesinato de Ordóñez fue un asesinato selectivo. El de Blanco, aleccionador, para meter miedo a todos: si han asesinado a un concejal desconocido de Ermua, podían matar a cualquiera. Era lo que pretendía ETA: introducir el cáncer del miedo en el cuerpo social del País Vasco. Porque Miguel Ángel Blanco podía haber sido el hijo, el hermano, el novio, el amigo… de cualquiera. Su muerte a cámara lenta y radiada y televisada durante 48 horas se sintió así. Por eso, parafraseando a Consuelo Garrido, la madre, titulé el libro como “El hijo de todos”.

 

Con la reciente disolución de la organización etarra ¿crees que ya descansa en paz y estará como su grupo de música favorito, como un héroe del silencio, tocando feliz por allí la batería?

El último capítulo del libro, escrito desde el más allá por Miguel Ángel –todo un atrevimiento por mi parte, al ponerme en su piel- finaliza así: “Desde aquí, desde este rincón no muy lejano a Fisterra, pido que haya paz. Pero no olvido. Al menos, no antes de que mis asesinos y sus cómplices digan la palabra más corta y más difícil de pronunciar: Perdón, barkatu, perdoa, sorry, en español, euskera, gallego e inglés”. En mi opinión, los muertos, al menos los buenos, no pueden desear a nadie que corra su suerte. Pero tampoco que se pase página como si no hubiera sucedido nada. Por eso es tan importante que se cierre bien este capítulo de la violencia etarra y de un parte de la sociedad vasca. Que pida perdón quien tenga que pedirlo.

Creo que el gobierno vasco debería dedicarse, además de a mejorar el cupo y a propiciar el acercamiento de los presos, a tener la sensibilidad para no igualar a unas víctimas con otras, incluso a realizar una campaña pública, por ejemplo, contra el ejercicio de la violencia extrema y la intolerancia. Está bien que todos los niños vascos sepan euskera, pero que también conozcan que durante 50 años unos mataban y otros morían. Y que no se oculte tan terrible realidad escudándose en la represión franquista, en si hubo abusos de las fuerzas de seguridad, que también hubo… Que no se cambie el relato de lo que ETA hizo.

 

Toda la familia de Blanco, como las víctimas y familiares de otros asesinados por ETA padecen, según informes Fundación Buesa, daños de salud colaterales. Consuelo, su madre, cáncer con extirpación y Miguel, su padre, un infarto. ¿Tirar abajo el muro de hormigón de la tristeza no es nada fácil?

Efectivamente, la Fundación Buesa demostró empíricamente que los familiares de las víctimas de ETA padecían enfermedades graves como el cáncer o el ictus en un porcentaje superior a la media. Por eso cuando se dice que ETA mató a más de 800 personas es un dato equivocado. Mató a muchos cientos más: A los padres de los muertos, a las esposas y maridos, a las novias, a los hijos… Les cercenó una parte importantísima de sus vidas. Y a quienes vivían allí, por el solo hecho de ser padres, hijos de un hijo antieta, esposas… les miraban, en vez con compasión, con odio. Doble asesinato. Y eso fue así. Conviene no olvidarlo para que no se vuelva a repetir.

 

El fiscal Carballo en el juicio contra los asesinos definió el asesinato de Miguel Ángel con un: “más terrorismo no pudo ser” por cómo conmovió el antes, durante y después de su secuestro y asesinato.

Como decía antes, a Miguel Ángel Blanco lo liquidaron para aleccionar a la sociedad: sabed que si hemos matado a este chico, podemos matar a cualquiera, a tu hijo, a novio… La metástasis del miedo en el cuerpo social del País Vasco y fuera. Carballo, que ha sido ascendido hace unos días a teniente fiscal de la Audiencia Nacional, tuvo un comportamiento extraordinario en el juicio contra los asesinos de Miguel Ángel, Txapote (García Gaztelu) y Amaia (Gallastegui Sodupe). Digamos que también se olvidó de ser objetivo y llamó a los asesinos por su nombre. En una entrevista que le para el libro, me proporcionó con una revelación inesperada: en junio de 2006, en el inicio del juicio, sintió como si el espíritu de Miguel Ángel Blanco se posara sobre él, insuflándole ánimo y tranquilidad.

 

Sus asesinos Xapote y Amaia tuvieron dos hijos, los mismos que su víctima no pudo tener con su novia. Sin embargo declaras en tu libro que sus hijos son tan víctimas como Miguel Ángel.

La vida de los dos los hijos de la pareja (en 2002 y 2007), nacidos, por cierto, en hospitales públicos de Madrid, está lastrada de por vida por el oficio asesino de sus padres. Y, desgraciadamente, es posible que hayan heredado de ellos el odio. El odio unas veces es asesina y siempre acaba matándote.

 

Consuelo, la madre de Miguel Ángel, tenía obsesión por ver de cerca las manos del asesino de su hijo, pero sus ojos por la frialdad bipolar que lanzan, son aún más desafiadores.

Sí, este detalle me lo contó Marimar, la hermana de Miguel Ángel. Cómo su madre se esforzaba para ver las manos de Txapote, seguramente para buscar una explicación imposible de por qué esas mismas manos le segaron la vida a quien más quiso. O, tal vez, porque esas manos fueron las últimas que tuvieron contacto con Miguel Ángel, aunque fuera para acercar el cañón de la pistola.

 

Con la perspectiva del tiempo ¿Cuál es tu visón de las cosas?

Que afortunadamente ETA ha dejado de matar, pero que no debemos permitir que se cambie el relato de la historia de crímenes de ETA. Es lo que ahora se llama la pos verdad. La verdad es que unos mataban, muchos ayudaban o hacían el vacío, y otros morían, y así uno año tras otro. Hasta el punto de que los asesinatos de ETA, sobre todos en los ochenta, parecía el parte del tiempo: en el Norte, lluvias y asesinatos. Y también, en menor medida, en Madrid, Sevilla, Zaragoza, Barcelona, Málaga…. Muertes generalizadas, en vez de lluvias.

 

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Es periodista, editora en @lideditorial y responsable de Comunicación y RR.PP de @juanmerodio. Además es Máster en Producción Radiofónica (RNE), Biblioteconomía y Documentación (Universidad Complutense) así como Mujer y Liderazgo (Aliter). Fue becaria Erasmus y Leonardo en Roma. Ha desarrollado su carrera durante 25 años a caballo entre el periodismo, la comunicación, la organización y presentación de eventos. Colabora con El Español, 20 minutos y Diario 16. Es madre de dos hijos y cree que el liderazgo y la defensa de los derechos y los valores sociales, en especial los de las mujeres, han de partir de uno mismo.

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