…Luego me he ido a nadar.” De semejante guisa traduce KAFKA en su diario, el efecto que le produce el asesinato del Archiduque Francisco Fernando, tal día como hoy de hace exactamente cien años.

Difícil, muy difícil resulta llevar a cabo una aproximación no ya objetiva, cuando a lo sumo no demasiado velada por las interpretaciones, del que ha sido no ya uno de los acontecimientos bélicos más importantes de toda la Historia de la Humanidad, a la par que el desencadenante de tantos principios, como necesariamente, de finales.

Tratar de traducir la I GUERRA MUNDIAL a términos categóricamente comprensibles para el Hombre de hoy, requiere de un ímprobo esfuerzo cuyo recelo procede no tanto del esfuerzo en sí, como de la incapacidad para garantiza que tal esfuerzo valga la pena en tanto que nada puede garantizar, ni tan siquiera someramente, que nos encontremos en condiciones de reproducir el tapiz de emociones, sentimientos nacionalistas, y fervores patrios sin los cuales resultaría imposible entender no ya la guerra, como por supuesto y tal vez más los grandes entresijos que vienen a condicionar de manera absoluta el tejido de Europa, no solo a niveles estratégicos y geográficos, sino absolutamente sociales, y por ende morales.

¿Qué es el pasado, si no el prólogo del presente? Parafraseamos a SHAKESPEARE no para ensalzarle, ni mucho menos para mitificarle. Osamos traerle a colación al considerarle tanto a él, como por supuesto a su obra, en el más acertado compendio a partir del cual tratar de contemporizar la obra de otro gran inglés, a saber Norman ANGELL, quien con su excepcional obra The Great Illusion, logra, aunque de manera casi accidental, ir exponiendo con suma brillantez, lo que no será sino un verdadero ejercicio de alarde y talento, al adelantar en casi cuatro años un magnífico compendio de la práctica totalidad de circunstancias que acabarán por inflamar Europa, a partir de los sucesos acaecidos en Sarajevo, hace hoy cien años.

Lo único negativo de cara al prestigio del Sr. ANGELL pasa por comprender que su enumeración, así como por supuesto la sucesión de argumentos que a colación se esgrimen, lo hacen precisamente para demostrar la que en su apariencia es “constatación franca y evidente de la imposibilidad que a todas luces se demuestra a la hora de considerar como posible un nuevo enfrentamiento en Europa (1910) (…) resumiendo en principio las conclusiones en el francamente elevadísimo coste que a todas luces y en todos los aspectos el mismo traería aparejado.” 

Ciertamente, de la lectura atenta no solo de la obra de ANGELL, como sí incluso de la mera interpretación de la realidad del momento; extraer con franqueza una mera conclusión favorable de cara no ya a provocar, cuando tan siquiera a comprender un conflicto armado parece, a todas luces, más que descabellado, francamente malintencionado.

Así, el siglo XX había comenzado en medio de un verdadero remanso de paz en Europa. Las grandes potencias habían alcanzado el equilibrio, y la guerra parecía algo francamente inconcebible.

Sinceramente, parecía como si el continente hubiera aprendido la lección. Era como si el recuerdo de por ejemplo el siglo XVII, en el que a lo largo de toda la centuria apenas podemos contabilizar quince años de paz; hubiera engendrado definitivamente no ya una conciencia, habría bastado con un principio estrictamente pragmático a partir del cual desarrollar el Principio de Paz Eterna promulgado por E. KANT.

Volviendo a ANGELL, y concretamente a su libro The Great Illusion, ningún otro ejemplo de positivismo hallaremos que refleje mejor no ya el deseo y en definitiva la ilusión, de alcanzar verdaderamente la Plena Paz en Europa.

Se trata así, de mucho más que de un simple entramado de posibilidades. Estas son positiva, y por ende científicamente superadas, a partir del momento en el que se proceden a enumerar de manera más o menos categórica el sinfín de realidades que hacen creíble la posibilidad de una paz duradera para el continente y por supuesto para sus habitantes.

El mundo se hallaba, ciertamente, renovado. Cierto es que en todas las épocas, el progreso por definición procede con tales propósito, dependiendo el grado de implementación del mismo en la mayoría de los casos de la valía de los medios con los que el agente renovador cuenta, los cuales a su vez suelen ser directamente proporcionales al grado de modernidad de la época en la que hayamos detenido nuestra voluntad.

Pues en el momento determinado al que estamos haciendo alusión, todo parece dar testimonio de un mundo transformado, en este caso por la cultura, y el desarrollo tanto tecnológico, como por supuesto económico.

Sin embargo, lo verdaderamente llamativo de tales reflexiones, las cuales son elegidas precisamente al ser consideradas por nosotros como el mejor testimonio de la corriente positivista que recorría Europa; llevan a pensar que “efectivamente el mundo progresa, porque tiene que progresar, porque el progreso es una cualidad inherente a la Historia. Han llegado los tiempos mejores, en los que es posible la reconquista del Paraíso. Una sociedad tecnológicamente culta, avanzada…tolerante, que posee efectivamente la capacidad de organizar un mundo mejor con la seguridad de que todos serán de hecho, más felices.”

Nos encontramos así ante toda una “Declaración de Intenciones”. Ante un desarrollo encaminado tal vez en apariencia a enumerar como hemos dicho El Decamerón que, a modo de listado objetivo de argumentos, contemple de forma pormenorizada la que sería larga lista de motivos en contra de una confrontación con la que el hombre racional de principios del Siglo XX contaría a la hora de declarar inverosímil la posibilidad de una guerra. 

Entonces…¿Dónde hay que buscar la otra lista? Aquélla que contiene los atributos que justifican una contienda, y que tal y como la realidad demuestra, acabó por demostrarse como más creíble.

Una vez más, hemos de buscar tales componentes dentro de los campos semánticos de estructuras que, bien por no haber estado nunca comprometidas dentro de anteriores, bien por haberlo estado a unos niveles completamente diferentes; nos llevan en cualquier caso a inferir otro significado de esa realidad que inexorablemente pasa por comprender que la Gran Guerra constituye, además de un elemento novedoso, la certeza de ser un ente dinámico, esto es, capaz de inventarse a sí misma, una y otra vez, hasta el punto de dar un nuevo significado a la condición del tiempo.

Y es al revisar el catálogo de esos nuevos conceptos, donde encontramos uno novedoso, a la par que fundamental. La Economía, algo sorprendente al menos hasta ese momento, y más si se refiere a consideraciones de guerra, lleva a cabo la que bien podría ser considerada como su aparición estelar, pasando rápidamente a demostrarse como uno de los considerandos más influyentes a tener en cuenta a la hora no solo ya de entender la contienda, como incluso de poder llevar a cabo un pronóstico bien aventurado sobre el destino que la misma puede llegar a alcanzar.

Se trata pues, no solo de comprender el concepto de la novedosa Economía de Guerra. Se trata más bien de considerarla en su amplia acepción.

Desde la Revolución Industrial, ningún otro elemento había venido a introducirse en la ecuación, con tanta intensidad y provocando unas incidencias de tamaña repercusión. Así, no se trata como en el caso de otras contiendas, de tener en cuenta variables que afecten a hechos tales como la necesidad de mantener operativas las estructuras de subsistencias de los estados en beligerancia. Por primera vez, la necesidad generada por el propio desarrollo de las beligerancias origina un mercado que no solo exige prioridad, sino que además promete beneficios.

Estamos pues, ante el fenómeno definitivo. El Gran Monstruo, La Guerra, supera todas las expectativas, al ser capaz de regenerarse minuto a minuto al encontrar en sí misma, he ahí otra novedad, motivos y recursos que no solo justifican, más bien provocan, el desarrollo de más y mejores acciones destinadas a matar, que requieren así mismo la participación de recursos que garanticen más y mejores resultados a la hora de lograr el objetivo, matar.

Es entonces cuando comprendemos el error de ANGELL: El siglo XX había supuesto la efectiva desaparición de los caballos del Apocalipsis a saber, La Peste, La Guerra y El Hambre.

Sin duda se olvidó del más peligroso. El que impera en la sinrazón del Hombre cuando se ve atosigado por el miedo, o peor aún cuando se ve azuzado por el odio.

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Natural de La Adrada, Villa abulense cuya mera cita debería ser suficiente para despertar en el lector la certeza de un inapelable respeto histórico; los casi cuarenta años que en principio enmarcan las vivencias de Jonás VEGAS transcurren inexorablemente vinculados al que en definitiva es su pueblo. Prueba de ello es el escaso tiempo que ha pasado fuera del mismo. Así, el periodo definido en el intervalo que enmarca su proceso formativo todo él bajo los auspicios de la que ha sido su segundo hogar, la Universidad de Salamanca; vienen tan solo a suponer una breve pausa en tanto que el retorno a aquello que en definitiva le es conocido parece obligado una vez finalizada, si es que tal cosa es posible, la pausa formativa que objetivamente conduce sus pasos a través de la Pedagogía, especialmente en materias como la Filosofía y la Historia. Retornado en cuanto le es posible, la presencia de aquello que le es propio se muestra de manera indiscutible. En consecuencia, decide dar el salto desde la Política Orgánica. Se presenta a las elecciones municipales, obteniendo la satisfacción de saberse digno de la confianza de sus vecinos, los cuales expresan esta confianza promoviéndole para que forme parte del Gobierno de su Villa de La Adrada. En la actualidad, compagina su profesión en el marco de la empresa privada, con sus aportaciones en el terreno de la investigación y la documentación, los cuales le proporcionan grandes satisfacciones, como prueba la gran acogida que en general tienen las aportaciones que como analista y articulista son periódicamente recogidas por publicaciones de la más diversa índole. Hoy por hoy, compagina varias actividades, destacando entre ellas su clara apuesta en el campo del análisis político, dentro del cual podemos definir como muestra más interesante la participación que en Radio Gredos Sur lleva a cabo. Así, como director del programa “Ecos de la Caverna”, ha protagonizado algunos momentos dignos de mención al conversar con personas de la talla de Dª Pilar MANJÓN. Conversaciones como ésta, y otras sin duda de parecido nivel o prestigio, justifican la marcada longevidad del programa, que va ya por su noveno año de emisión continuada. Además, dentro de ese mismo medio, dirige y presenta CONTRAPUNTO, espacio de referencia para todo melómano que esté especialmente interesado no solo en la música, sino en todos los componentes que conforman la Musicología. La labor pedagógica, y la conformación de diversos blogs especializados, consolidan finalmente la actividad de nuestro protagonista.

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