Recuerdo perfectamente dónde estaba el 20 de agosto de 2008 a las 14:45, momento en que el vuelo 5022 de Spanair se estrelló al intentar despegar desde una pista del aeropuerto de Barajas. Aquel día había ido pocos minutos antes a recoger a mis hijos, que llegaban a Barajas desde Asturias hacia esa hora. Como ambos eran menores de edad, suponía que los acompañaría algún asistente, aunque ambos tenían alguna experiencia moviéndose solos por un aeropuerto.

Había llegado a la terminal correspondiente unos minutos antes del aterrizaje, y estaba haciendo tiempo de cualquier manera, igual que hacían por su parte un buen grupo de personas congregados a las puertas de la sala de espera. Los minutos pasaban, la salida de pasajeros se retrasaba, y el grupo de personas que aguardaba fuera de aquella sala siguió creciendo hasta alcanzar un número considerable. Reinaba la mayor tranquilidad y aburrimiento; unos miraban el móvil, otros hablaban con el vecino, otros intentaban ver lo que ocurría por encima de la cabeza del señor de enfrente o intentaban encontrar sentido a la decoración de aquella terminal…

Seguían pasando los minutos y no teníamos información del aterrizaje de algunos vuelos. En medio de lo que ya era ya un más que nutrido grupo de aburridos parientes y amigos de los pasajeros, todos con ganas de abandonar el aeropuerto, había una señora de mediana edad que no paraba de hablar a través del móvil. Conversaba sobre lo que supongo que eran sus asuntos domésticos, en un tono que se había convertido en una especie de ruido de fondo al que nadie prestábamos atención. De repente, esta señora preguntó a su interlocutor al otro lado del teléfono “¿que un avión se ha salido de la pista?”

Varias docenas de personas giramos al unísono la cabeza en dirección a aquella voz que hasta entonces resultaba tan interesante como el zumbido de la máquina de refrescos. Yo, y supongo que todos los demás a su alrededor, nos quedamos aguantando el aliento e intentando escuchar lo que decía la señora. Ésta, sin embargo, bajó la voz y siguió con su conversación en un tono banal, exactamente igual que antes. Por nuestra parte, ningún dato más sobre dónde se había producido aquello que podríamos llamar, basándonos en lo que habíamos oído, “un incidente”. Algunos sacamos el móvil.

Sin más información sobre lo que había ocurrido, seguimos a la espera, ahora bastante más nerviosos, pero sin ninguna otra razón para preocuparnos. Se abrieron las puertas de salida y por ella apareció un pequeño grupo de turistas. Por detrás de ellos vi a un policía nacional corriendo, mientras se sujetaba a la cintura su arma. “Los policías no corren en los aeropuertos”, dijo una voz dentro de mi cabeza.

Un par de minutos después aparecieron mis hijos, acompañados por un sonriente asistente del aeropuerto, que los dejó a mi cargo, se despidió amablemente y volvió a sus asuntos. Me sentí enormemente aliviado en aquel momento, pero salvo la carrera del policía nacional no tenía otra razón para el desasosiego que me había invadido. Llamé a mis padres para decirles que los niños habían llegado y les pregunté si sabían algo de un avión que se había salido de la pista; no tenían noticia de algo parecido.

Al dejar el parking, nos sorprendió a los tres que las barreras estuvieran abiertas. A nuestro lado pasó una riada de ambulancias, y coches de policía como nunca había visto (ni he vuelto a ver). Entonces ya sabíamos que algo muy grave había ocurrido. Cuando ya estábamos en la carretera vimos la columna de humo. Luego pusimos las noticias…

De aquel evento conservo, además de este recuerdo, dos impresiones: la primera fue la espantosa sensación que me produjo ver la reacción de los representantes de Spanair, que parecían en huída libre durante ese día y el siguiente. Lo que me parecía una completa falta de sentido de la responsabilidad contrastaba con lo que había podido ver en el aeropuerto, donde todo el personal se había comportado con una enorme serenidad y profesionalidad frente a una catástrofe colosal.

Mi segunda impresión es completamente distinta. Una señora de mediana edad que estaba hablando por teléfono mientras nosotros esperábamos a nuestros hijos, hermanos, novios y amigos, recibió una primera y difusa información sobre el accidente que acababa de ocurrir, pero en lugar de hacer aspavientos, buscar protagonismo, alterarse o inquietar sin motivo a los que le rodeaban, tuvo la suficiente prudencia de bajar la voz y continuar discretamente su conversación.

Aquel día murieron 154 personas y cientos más recibieron a las pocas horas la peor noticia de sus vidas. Nadie podía hacer ya nada para salvarlas, pero estas son también las situaciones en las que la reacción de cada uno de nosotros puede marcar una gran diferencia para los demás. La mesura no es una virtud suficientemente apreciada en una época en la que parece que lo mejor que puede hacerse ante un acontecimiento grave es grabarlo y difundirlo por las redes lo antes posible, para ganar reconocimiento, likes y followers. La discreción de esta señora nos ahorró a todos los visitantes de aquella terminal unos momentos de angustia y puede que pánico que no habrían ayudado a nadie y seguramente le habrían hecho mucho más difícil su tarea al personal del aeropuerto justo en el momento en que estos tenían que preocuparse de problemas bien reales. Aunque nadie más se acuerde de su gesto, donde quiera que esté, gracias señora por su discreción y sentido común aquel terrible día.

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Daniel Riaño Rufilanchas es un investigador científico que nació en Madrid. Su especialidad es la lingüística cognitiva y computacional. En la actualidad enseña Filología Clásica y redacción académica en la Universidad Autónoma de Madrid, pero también ha trabajado en prensa musical de varios medios. Ha grabado reportajes sobre temas artísticos, culturales y de conservación de la naturaleza. Cuando no está dedicado a asuntos de lingüística, programación o literatura griega probablemente esté discutiendo sobre la manera en que los avances tecnológicos están transformando nuestra sociedad o tratando de volar un dron.

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