De repente, se me vienen a la cabeza dos historias que, aparentemente, nada tienen que ver entre sí.

La primera, la he oído en alguna ocasión en la radio, o la he leído en algún periódico o revista, o incluso me la ha contado alguien como propia, como si la hubiera vivido en primera persona él mismo o alguno de sus allegados, adquiriendo a cada nueva versión distintos matices, como esas leyendas urbanas que, a fuerza de ser siempre diferentes, acaban siendo siempre la misma. Algunos de los detalles me los he tenido que inventar, para tratar de personalizar la historia, si es que así puede decirse. Voy a ver si consigo contarla como lo haría Chuck Palahniuk, eso sí, eludiendo los detalles MÁS escabrosos:

Trata de un hombre (o una mujer) que tenía de mascota una serpiente: una de esas boas constrictor a las que tan aficionados son los más bizarros amantes de los animales.

El hombre (dejémoslo estar así) la había traído de contrabando de Brasil (o de los Estados Unidos) cuando aún era una cría, escondida en su propio cuerpo, debajo de la camisa de flores.

Después le puso un nombre que no viene al caso ahora y le prodigó los cuidados y atenciones usuales: compró un gran terrario que puso en el lugar más destacado del salón de su casa y, semanalmente, le proporcionaba pequeños roedores vivos, que previamente atontaba amorosamente para su mascota, sujetando al bicho por el rabo y dándole golpes con la cabeza contra la mesa antes de servirlo como menú del día. Esas bestias asquerosas (las serpientes: las boas) no son asesinas solo por placer sino también por necesidad, por puro afán de supervivencia: NECESITAN comerse a sus presas vivas.

Cuando la bestia creció y alcanzó la edad de, qué sé yo, pongamos seis o siete años, el hombre empezó a dejarla suelta por la casa a ratos que se fueron haciendo cada vez más largos hasta que la boa acabó por convertirse prácticamente en la roomate de su amo. Digo «la» porque de las serpientes se suele hablar siempre en femenino, aunque por lo que yo sé de aquélla, se puede decir sin temor a equivocarse que era macho.

En la mejor de las versiones que me han llegado, el dueño de la serpiente es una mujer, y con el paso del tiempo, a pesar de que ésta le seguía prodigando toda clase de cuidados a su mascota, la boa (era una boa, en esto coinciden todas las versiones) dejó de comer: ya no le interesaban ni siquiera los tiernos ratoncitos atontados que su ama le seguía suministrando amorosamente en los plazos adecuados: los ratones languidecían en el terrario o encima de la mesa sin que nadie se los comiera y acababan por morir a causa de la paliza recibida o de pura hambre.

La boa parecía aquejada de una suerte de extraña melancolía: seguía sin comer y pasaba las noches en vela, durmiendo siempre debajo de la cama de su dueña, estirada cuan larga era.

Sí, seguro que habrán oído más de una vez la historia.

Al final, la buena mujer (habrá que concederle el beneficio de la duda), ATORMENTADA por la idea de que su querida mascota estaba en peligro INMINENTE de perecer de inanición, acudió a la consulta del veterinario: un especialista en animales exóticos.

Al escuchar los pormenores del caso, el especialista le dijo a la mujer que quien estaba en peligro inminente era ELLA, y que tenía que deshacerse de la serpiente INMEDIATAMENTE, pues lo que estaba haciendo su querida y melancólica mascota era tomarle la medida para DEVORARLA.

En esta versión, la serpiente se llamaba OTTO.

 


La segunda historia se parece a muchas otras, casi todas ellas muy conocidas y, probablemente, bastante mejores, pero la diferencia está en que ésta la viví yo mismo. Y me gustaría contarla como lo haría Javier Cercas, qué más quisiera yo: se refiere a mi perra, Maga:

1

En la casa donde yo vivía (yo vivía en una casa) había un portero: un pobre diablo que hacía las cosas lo mejor que podía, lo que no es decir mucho. Pues bien, cada vez que salíamos de casa, Maga (ella también vivía en una casa: en la misma que yo) aceleraba los tirones de la correa con la que yo sometía su fogosidad adolescente hasta llegar al parque (había un parque, claro, pero no era nuestro) para ir cuanto antes en busca del pobre diablo, meneando la cola de modo frenético.

Al ver a la Maga junto a la garita acristalada donde se pasaba las horas muertas (que eran casi todas), el buen pobre diablo salía de su encierro a saludarla. Siempre hacían más o menos lo mismo: el hombre le daba palmadas en la cabeza, le frotaba las orejas, le propinaba un par de cachetes en el lomo, se dejaba lamer las manos y la llamaba «Vaga» (siempre la llamó del mismo modo, no llegó a enterarse nunca de cuál era su verdadero nombre). Maga, por su parte, se encaramaba sobre el hombre y le ponía las patas delanteras en el mono azul sucísimo que siempre llevaba puesto y que emitía un fuerte olor, mezcla de alcohol barato, colonia Nenuco y basura.

Un par de minutos después terminaba todo: el hombre se volvía a su garita acristalada, donde siempre había un transistor puesto a todo volumen, y nosotros nos íbamos a dar un paseo por nuestro parque, con la Maga aún meneando el rabo. A la vuelta, la perra y el conserje repetían la ceremonia punto por punto, sin omitir un solo detalle; y así una y otra vez, varias veces al día, todos los días, durante casi un año.

Si por algún raro azar, el portero estaba haciendo algún trabajo y no se encontraba en su puesto de mando en la garita, la Maga gemía débilmente durante unos segundos y, después de olisquear desesperadamente en busca de su rastro, reanudaba su trote, menos alegre de lo acostumbrado, y a la siguiente ocasión volvía en su busca con más brío aún, si cabe.

Lo que nadie sospechaba excepto nosotros dos (nosotros dos éramos la Maga y yo) es que, además de beber en exceso, tener una edad provecta y carecer por completo de familia, el buen pobre diablo padecía de Alzheimer, aunque en una fase aún no muy avanzada. Se le notaba en todo: en el andar vacilante, en la mirada extraviada, en la voz entrecortada. Pero se le notaba sobre todo en las cosas que decía: todos los días decía exactamente las mismas cosas, exactamente en el mismo orden y con exactamente las mismas palabras (todos los días decía exactamente las mismas cosas, exactamente en el mismo orden y con exactamente las mismas palabras). Pero el buen hombre las decía como si fuera la primera vez que las decía, como si no las hubiera dicho nunca antes, porque para él cada vez era la primera vez, porque tenía menos memoria que un pez, porque vivía enfangado en un pantanoso presente continuo y nebuloso. Por eso nunca llamó a Maga por su verdadero nombre.

2

Pero un día, los vecinos se hartaron del olor fuerte y nauseabundo, mezcla de alcohol barato, colonia Nenuco y basura, que despedía el buen pobre diablo y lo echaron a la calle. O, a lo mejor, de lo que se hartaron fue de que aquel hombre dijera siempre exactamente las mismas cosas, exactamente en el mismo orden y con exactamente las mismas palabras (de que aquel hombre dijera siempre exactamente las mismas cosas, exactamente en el mismo orden y con exactamente las mismas palabras). Sea como fuere, el caso es que lo despidieron.

Cuando me enteré, se me partió el corazón, pero no por el pobre diablo, que era tan insensato y estaba tan desvalido que, por más que la miraba, no llegaba a comprender muy bien el alcance de la carta de despido que blandía en la mano como si fuera una hoja muerta por los rigores del verano; ni por mí: a mí tampoco me gustaba mucho aquel olor infernal, mezcla de alcohol barato, colonia Nenuco (que se administraba a raudales, con la idea de que le ayudaría a disimular los otros olores, pero no era cierto: los amplificaba), basura, y no sé si añadir azufre; ni me hacía demasiada gracia que siempre estuviera repitiendo las mismas cosas. Por quien yo lo sentía de verdad era por la «Vaga».

En cuanto me llegó la noticia, que me dio el propio conserje, mostrando a la vez una tormenta con gran aparato eléctrico en el fondo de sus ojos grises, me dejé arrastrar por la cólera más ciega: llamé por teléfono al administrador de la comunidad de vecinos para decirle que él era un hijo de puta y su secretaria una zorra, y después traté de agredir al presidente de la comunidad de vecinos; pero todo fue inútil, el buen pobre diablo se marchó un día, andando tristemente calle abajo camino de la jubilación, la locura y la muerte, para no regresar jamás, llevándose consigo su agrio olor, mezcla de alcohol barato, colonia Nenuco, basura y azufre, y un magro cheque de despido con los bordes arrugados asomando por el bolsillo de su mono azul sucísimo.

Y lo que, sin duda, ya todos imaginan es que, desde entonces, la Maga siguió buscando infatigable al buen pobre diablo y no había salida o entrada a casa que no se precipitara a la garita acristalada con la esperanza de encontrarlo. Y pasaron los días y las semanas y los meses, y Maga no perdió la esperanza de volver a encontrarlo algún día. Y me gustaría poder decir que sí, que aún lo sigue buscando, pero eso ya no lo sé, porque a mí también me apartaron, no solo del buen pobre diablo, sino también de mi familia y de mi casa y de la garita acristalada y de aquel parque que no era nuestro, sino también de Maga. Pero seguro que sí, que lo sigue buscando, porque a la Maga no solo le gustaba el pobre diablo sino también su olor (aquel fuerte olor a alcohol y a colonia Nenuco y a basura) y el que siempre estuviera repitiendo exactamente las mismas cosas, exactamente en el mismo orden y con exactamente las mismas palabras.

Y no sé si esta historia hubiera servido para sustentar una delgada columna en el suplemento dominical de El País o cualquier otro periódico, o a lo mejor le sobran o le faltan algunas palabras.

CODA

Y, como se puede suponer, el hijo de puta del administrador y la zorra de su secretaria y el abyecto presidente de la comunidad de vecinos sustituyeron inmediatamente al viejo conserje por otro. Por otro que no era tan viejo ni tan pobre diablo como el anterior. Por un hombre que no tenía Alzheimer ni repetía siempre exactamente las mismas cosas, exactamente en el mismo orden, con exactamente las mismas palabras. Por un hombre que vestía un mono azul bastante limpio que no olía a alcohol barato ni a colonia Nenuco, aunque a veces sí que irradiaba un ligero hedor a basura. Por un hombre que no estaba casi nunca en la garita acristalada, pues andaba siempre de acá para allá, barriendo las hojas muertas, fregando las escaleras del portal, quitando el polvo de las puertas de los ascensores, arreglando enchufes, pintando pasamanos, sustituyendo bombillas o acarreando cubos de basura.

Mas lo cierto es que, desde su llegada, la Maga jamás se acercó a él: nada más verle, abatía las orejas tristemente, miraba ostensiblemente en otra dirección y se alejaba trotando suavemente hacia el parque.

Y puedo jurar que tampoco yo le dirigí jamás la palabra a aquel impostor.

Y lo que tienen que ver entre sí estas dos historias que nada tienen que ver entre sí es que ahora, en este preciso instante en el que estoy terminando de escribirlas trabajosamente en un viejo ordenador con pantalla de fósforo verde, es que yo me siento así. Igual que aquella mujer que vivía atormentada e ignoraba que estaba a punto de ser devorada por una serpiente melancólica. Igual que mi perra, Maga, que buscaba infatigable una presencia, un olor y una voz a pesar de que sabía que ya no volvería a encontrarlas jamás.

Etcétera.

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